jueves, 19 de mayo de 2011

UNA CORTE SUPREMA QUE GENERA SUSPICACIAS

¿Me defrauda la Corte Suprema de Justicia de Colombia. Sonroja que enseñe con sus fallos que por la legalidad la verdad debe ser sacrificada.

El auto inhibitorio en el proceso contra un político probablemente relacionado con las Farc*, hace pensar que tocó a la más alta jerarquía de la justicia en el país el síndrome que venía manifestándose en niveles inferiores de la rama judicial: la idolatría por la forma y el desprecio de la verdad. Con ese proceder en caso de reconocidos delincuentes vamos perdiendo la confianza en nuestros jueces.

Repentinamente hemos descubierto que la legalidad está siendo la fuente de la impunidad. Los criminales viven en Colombia amparados por las decisiones judiciales.

Y con la decisión del caso Borja otros temores nos asaltan. ¿Será por cobardía que los magistrados de la Corte Suprema de Justicias encuentran argumentos para no encausar a los políticos aparentemente vinculados con las Farc? ¿Por qué la Corte contra la ‘parapolítica’** sí actúa? ¿Será que la justicia está parcializada? Porque extrañamente, con evidencia que ha sido cuestionada, y con delitos*** ni siquiera para la época tipificados como tales, se condenó a prestigiosos militares que no hicieron más que defender la democracia tras la toma del Palacio de Justicia.

¿Qué respeto se puede sentir, entonces, por quienes profieren los fallos judiciales? Que juzguen los lectores la confianza que se debe tener en quienes intencionalmente ignoran la verdad, elemento esencial de la absolución o la condena.

Cuando los jueces contradicen lo evidente, la justicia definitivamente está amañada.


Luis María Murillo Sarmiento M.D.

* Las menciones al ex congresista del Polo Democrático, Wilson Borja, en computadores del terrorista de las Farc ‘Raúl Reyes’ fueron desechados como prueba por la Corte Suprema de Justicia por haber sido recogida la evidencia por los militares del operativo, que no tenían funciones de Policía Judicial como la norma lo establece; y además por no haberse consultado a la autoridad ecuatoriana.
** Nombre que se terminó por designar el vínculo de políticos con miembros de las autodefensas o paramilitares, inquebrantables enemigos de las Farc.
*** El delito de Desaparición Forzada, que alude primordialmente a privación ilegal de la libertad, asesinato y desconocimiento de la suerte y paradero de la víctima.

domingo, 8 de mayo de 2011

COMITÉS DE BIOÉTICA Y HUMANIZACIÓN

El concepto de que no todo lo científica y técnicamente posible es correcto, es en bioética un criterio fundamental, además irrefutable. De nada sirve el progreso científico si no es para servir apropiadamente al hombre. Se equivoca el científico que encamina su conocimiento a la destrucción del mundo, como el investigador que con el noble fin de aportar beneficios a la humanidad arrolla al ser humano que hace objeto de experimentación para proporcionar los conocimientos de la noble causa.

Pero, también, lo científicamente permitido desde la perspectiva ética puede resultar censurable en la práctica si no se es irreprochable en su aplicación.

En la asistencia, de igual manera, no basta una técnica impecable. Y no basta porque lo técnico no rebasa habitualmente la dimensión orgánica, ni siquiera -por efecto de la parcelación del cuerpo por las especialidades médicas- la contempla toda. Otra dimensión, la espiritual, demanda una atención que no desestime las necesidades afectivas, que las anteponga incluso a las dolencias físicas.

El ser humano es más que la sumatoria de sus órganos, es también la suma de sus sentimientos y de sus pensamientos. Éstos a diferencia de aquéllos -tan semejantes en su anatomía y su fisiología, en todos los miembros de la especie- son los que le confieren identidad al individuo. En ellos –intelecto y afecto- realmente reside la persona.

Tras de un órgano enfermo hay un ser que sufre. Una existencia que en contraste con el animal irracional tiene conciencia de su padecimiento y aventura posibles desenlaces; sufre y se siente vulnerable.

Tratar al ser humano implica, en consecuencia, atenderlo íntegramente. Calmando la dolencia física y serenando su espíritu, porque la dimensión espiritual del hombre; aquello que no es físico ni orgánico, que reúne lo inmaterial del ser humano: su alma, su psiquis, su mente, su intelecto, no puede quedar abandonada.

El arte de curar es compasivo

La medicina debió nacer más por la aflicción ante el dolor ajeno que por el interés en el conocimiento de las enfermedades. Con poco que ofrecer en los tiempos remotos de su nacimiento, el mundo oscuro de los conocimientos sanitarios debió inclinarse por la piedad con los dolientes. Mitigar el dolor, el anímico más que el corporal, ante la impotencia de sanar, fue propósito primordial de la medicina antigua. Los adelantos científicos y tecnológicos, muchos siglos después, terminaron por anteponer la capacidad curativa a la caridad, sin reparar que la compasión no debía perder vigencia. El hombre enfermo mientras cura sigue padeciendo.

Si reconocemos que la enfermedad está ligada al sufrimiento, no podemos disociar la curación del sentimiento humanitario: el arte de curar es eminentemente compasivo, Lo fue incluso cuando la enfermedad fue interpretada como fruto del pecado.

He afirmado en un ensayo previo, “La deshumanización de la salud, consideraciones de un protagonista”, que se necesita cierto enternecimiento por quien sufre para querer abrazar las ciencias médicas, por lo que un misántropo no encaja en la asistencia. Creo que la reiteración del párrafo resulta conveniente: “Las ciencias de la salud nacieron para curar, o para aliviar en su defecto. El arte de curar demanda virtudes que sobrepasan en número y magnitud la de la mayoría de los oficios. Quien atiende a un enfermo no puede ser un desalmado. Debe ser sin excepción benévolo. Las cualidades que reclama el paciente, son a la vez las que se esperan de la medicina: compasión, caridad, generosidad, bondad, amabilidad, consideración, afecto, diligencia, que no son otra cosa que la expresión de la humanidad en alto grado”.

En salud el trato humanitario es un axioma. No debe pasarse por alto que el paciente es sensible a nuestros actos y que la aplicación de la técnica, aunque cure, con frecuencia produce temor y sufrimiento.

Aunque el maremagno al que llegó la atención sanitaria sea pródiga en manifestaciones descorazonadoras, es deber moral de quienes asisten al paciente conferirle a la atención sanitaria un rostro humano. Tenemos la obligación de volver a humanizar la medicina.

La humanidad, un asunto bioético

La humanidad es más que sentimentalismo, es la expresión sublime de la beneficencia asentada en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana. Son las acciones que persiguen el completo bienestar del paciente, colmando la totalidad de sus necesidades. Que hacen posible que el enfermo se entregué al cuidado del equipo sanitario sin ansiedad ni desconfianza.

No siendo éste un asunto menor, se comprende que la humanidad deba asentar en los dominios de materias tan importantes como la moral, la ética y la bioética.

El trato humano, por fuerza, pone en juego los principios bioéticos de la no maleficencia, de la beneficencia, de la autonomía y la justicia.

Al ejercicio afectivo que hacemos de la aflicción, se suman poderosos argumentos racionales y filosóficos que fundamentan aún más el comportamiento que surge de la sensibilidad per se.

El respeto por la dignidad procede de muchas corrientes filosóficas: del humanismo griego, del humanismo del renacimiento, del humanismo cristiano, del humanismo materialista. Luego la dignidad es un valor universalmente reconocido y absoluto. A ninguna condición está subordinado, Ni a la raza, ni al sexo, ni a la edad, ni al credo, ni a la condición social. Es patrimonio de todo ser humano, un derecho natural del que gozan todos los miembros de la especie, y del que derivan todos los demás derechos. Del reconocimiento de la dignidad surge la humanidad como deber moral.

Cómo la humanidad se fue eclipsando

Hemos visto esfumarse la urbanidad y las buenas maneras del comportamiento humano, hemos visto convertir en rutina el sufrimiento, hemos menospreciado el valor terapéutico de las palabras, hemos transmutado la paciencia en productividad que agobia; nada es apacible porque nuestro mundo marcha a las carreras, relegando las dichas del espíritu. En semejante vértigo las actitudes humanitarias van quedando relegadas.

Causas generales como particulares del entorno sanitario explican esa pérdida de sensibilidad.

Indudablemente la masificación y la que denomino parcelación del cuerpo humano, consecuencia lógica del desarrollo del saber y de la especialización de la medicina, están entre sus causas. Como lo están, también, la comercialización de la medicina, el desmedido ensalzamiento de la técnica, el afán de producir, y el descuido en la selección y formación del personal sanitario.

En la multitud la individualidad carece de importancia. Todos los paciente son anónimos cuando se atienden muchedumbres, más aún cuando el tiempo atenta contra la atención y cuando todo ha de hacerse a las carreras.

La humanidad es el trato individual, personalizado, no la comunicación con la muchedumbre. En consecuencia la multitud deshumaniza. Y no sólo por convertir al paciente en insignificante fragmento de un tumulto, sino por el sinnúmero de personas que se entrometen en la relación del profesional con el enfermo, amenazando la privacidad del acto médico. La intromisión lo priva de la espontaneidad, al imponer reglas, estipular límites, determinar tiempos, coaccionar fórmulas, no en procura de la calidad, sino de la productividad y la estadística.

El progreso de la medicina asombra. Sembró esperanza donde se percibía fatalidad. Y llegó a ser el conocimiento tan extenso y tan profundo, que no hubo médico que pudiera albergarlo totalmente en su saber. Surgieron así las especialidades médicas y desapareció el médico omnisciente. Pero más que acabar con el médico que ‘todo lo sabía, terminó, desafortunadamente con el médico que todo lo escuchaba. El especialista no suele prestar atención más que a las quejas concernientes a los órganos y sistemas que son de su incumbencia.

La comercialización de la medicina deshumaniza, no porque la medicina de empresas deba ser insensible por naturaleza, sino porque se ha regido más por las leyes del mercado que por los postulados de la ética.

El encumbramiento de la técnica no pocas veces hace ver como flaqueza la actitud piadosa, en otras ocasiones su celo por restablecer la salud y prolongar la vida se traduce en trato encarnizado y sufrimiento.

En la formación del personal sanitario la ética como la humanidad apenas clasifican al ocurrente remoquete de ‘costuras’. Son materias en las que no se reconoce trascendencia. La adquisición de la habilidad resalta como la cuestión fundamental, sin reparar que su aplicación escrupulosa depende de los principios que se alientan y se inculcan en los educandos.

La selección de personal con vocación humana es necesaria, sin el sustrato de la benevolencia el milagro de la humanidad no se consigue. La humanidad auténtica no obra a la fuerza, es espontánea. Es una autoimposición moral. Obrar contra la voluntad es imposible.

Características del comportamiento humanitario

El ejercicio de la medicina nos demuestra que un ademán amable obra como un buen medicamento, y que una actitud displicente, por el contrario, puede hacer fracasar un tratamiento. Es la trascendencia de comportamiento humanitario en el alivio del paciente. Sencillamente el dolor exige más que un analgésico.

La aflicción del alma se mitiga con gestos y palabras. Por ello hasta los casos científicamente fallidos no están humanamente perdidos. Mucho se puede ofrecer a pacientes crónicos como terminales: no la cura, pero sí las condiciones que hagan más agradable la vida, que le demuestren que para los demás es valiosa su existencia.

El trato humano requiere convicción: la espontaneidad le confiere sentimiento, lo vuelve auténtico y lo perpetúa. Es el afecto con que se prodiga el que convierte en humano el suceso técnico acertado e impasible. La técnica, sin embargo, es también requisito fundamental del trato humano, pues no basta servir, hay que tener conocimiento para hacerlo. Quien filantrópicamente intenta atender un paciente con trauma medular, probablemente lo deje parapléjico si desconoce la forma correcta de ayudarlo.

La aspiración de cómo queremos ser tratados es habitualmente la guía más práctica para el comportamiento humanitario. Nos anticipa al efecto de nuestras acciones. La humanidad tiene siempre el rostro amable, ese es un requisito primordial e ineludible. A partir de este axioma, aparecen todos los valores inherentes, las virtudes con las que nuestro comportamiento será definitivamente humano: altruismo, afecto, amistad, caridad, cordialidad, comprensión, diligencia, generosidad, honradez, humildad, indulgencia, justicia, prudencia, rectitud, respeto, responsabilidad, sinceridad, tolerancia, veracidad, entre la multitud de cualidades que involucra.

La humanización demanda personal sanitario y administrativo ético y sensible, que mitigue la angustia y siembre el sosiego en el corazón de los pacientes.


Acciones en humanización de un comité de bioética

Mucho es lo que un comité de bioética puede aportar en materia de humanización. Puede por ejemplo formular recomendaciones para rescatar la privacidad y autonomía del acto médico; despertar el interés de los profesionales por la vivencia del paciente y el efecto anímico de las dolencias; inducir al trato solícito y amable; promover el respeto a la intimidad del paciente y la reserva de la historia clínica; orientar en la toma de decisiones con el paciente terminal, haciendo más humano el proceso de morir; señalar a las empresas de salud los principios que deben asumir en el cuidado de la vida humana, aleccionar en el reconocimiento de la existencia y la salud como bienes absolutos, anteponiéndolos al lucro, y admitiendo al enfermo como fin y nunca como medio, y guiar en la búsqueda del equilibrio entre los intereses administrativos relacionados con la productividad y los eminentemente asistenciales,

Un listado más detallado, y sin embargo apenas fragmentario de asuntos que tienen que ver con el trato humanizado en las instituciones de salud, es el que presento en las siguientes líneas:

Abolición de filas, demoras y trámites innecesarios.
Revisión y adecuación de tiempos de consulta
Instauración de mecanismos para facilitar la asignación de citas
Ofrecimiento de espacios físicos seguros, cómodos y placenteros
Hospitalización en condiciones dignas
Restricción del aislamiento innecesario del paciente y la marginación de la familia
Flexibilidad del sistema de visitas
Supervisión de la calidad y los horarios de comidas (prevenir ayunos prolongado sin indicación médica por conveniencia organizacional)
Limitación de las remisiones por causas administrativas (evitar la dispersión de la atención de los enfermos)
Creación de instancias que velen por la satisfacción de los pacientes
Seguimiento a la atención de los enfermos enfocada al buen trato y su satisfacción
Observación en el trato de los dictados de la urbanidad
Abolición de actitudes prepotentes o impasibles con el enfermo y sus familiares
Establecimiento de estrategias para mejorar la relación y la comunicación
Generación de confianza entre el paciente y el personal sanitario
Promoción de comportamientos amables
Erradicación de actitudes que precipiten sentimientos de abandono en el paciente
Exhortación de actitudes sensibles ante el dolor
Orientación del manejo del paciente terminal
Respeto por las creencias y opiniones
Reserva y cuidado de la historia clínica
Cuidado del pudor del paciente
Confidencialidad de la información privada compartida por el paciente
Motivación a la participación del enfermo en el proceso terapéutico
Fortalecimiento de la comunicación con el paciente y sus familiares
Relevancia de la información exacta, clara y sencilla de las decisiones médicas
Respeto de las determinaciones del paciente
Claridad de las indicaciones médicas

Atento a muchos de los aspectos arriba enumerados, el Comité Bioético Clínico del Hospital de Kennedy de III Nivel de Bogotá, del cual he hecho parte desde su creación, acordó hace varios años algunas pautas para humanizar la atención, que inspiradas en el “Decálogo del trato humanizado” del Hospital Central de la Policía Nacional, se denominaron los “Mandamientos del trato humanizado”, y los presento como ejemplo de trabajo de un comité en pro de actitudes humanas en la atención de los pacientes:

1. Tocar a la puerta antes de entrar
2. Llamar al paciente por su nombre
3. Saludar y despedirse con amabilidad.
4. Identificarse ante el paciente, explicándole con sencillez y claridad el motivo de nuestra presencia.
5. Resolver satisfactoriamente sus inquietudes con honestidad, sin herir ni engañar.
6. Solicitar su consentimiento para examinarlo o para practicarle cualquier procedimiento.
7. Darle indicaciones claras y precisas
8. Respetar su privacidad y cuidar permanentemente su pudor
9. Evitar que nuestras indicaciones le causen incomodidades innecesarias
10. Comprender sus sentimientos y actitudes y proporcionarle apoyo en sus necesidades afectivas.
11. Mantener la más celosa reserva sobre lo que de él conocemos por razones clínicas o gracias a su confianza.
12. Ser solícito, atendiéndolo con prontitud y diligencia, no haciéndolo aguardar innecesariamente.
13. Servirle con humildad y nunca con prepotencia.
14. Presentarle disculpas cuando no podamos satisfacer sus requerimientos.
15. Tratar con respeto a sus familiares, suministrarles la información pertinente y darles muestras de apoyo y solidaridad.
16. Estar atento al bienestar y seguridad del paciente.
17. Infundirle seguridad y no generarle ansiedad innecesaria.
18. Respetar sus creencias y opiniones.
19. Preservar sus sentimientos de esperanza.
20. Brindarle apoyo, solidaridad y orientación a él y a su familia en enfermedades terminales
21. Evitarle demoras, trámites filas y desplazamientos innecesarios.
22. Brindarle orientación clara y suficiente para la realización de sus trámites y la ubicación de las dependencias a las que se remite.

El trabajador de la salud, objeto del trato humanitario

He enfatizado en los apartados anteriores la humanidad en el trato del enfermo, pero los criterios expuestos no dejan de ser aplicables al personal sanitario que suele llevar sobre sus hombros sus propias angustias y buena parte de la aflicción de sus pacientes.

La humanidad con el equipo de salud debe ser otro campo de interés para los comités asistenciales. Cuando se ignora el trato digno las compensaciones personales que retribuyen los esfuerzos se aminoran y el oficio de curar termina por enfermar a quien lo lleva a cabo. El ejercicio profesional en condiciones adversas desilusiona a los trabajadores soñadores, a los más ‘prácticos’ los transmuta en insensibles.

En la órbita de la humanización con los trabajadores sanitarios aspectos de análisis ineludibles y obvios son las condiciones de trabajo, la estabilidad, el ambiente laboral, el descanso, la relación entre la empresa y el trabajador, la seguridad en prevención de enfermedades y accidentes laborales, la confianza en el personal, los mecanismos de control, las relaciones entre los miembros del equipo de trabajo, el mundo afectivo del trabajador, el agotamiento físico y emocional, la insatisfacción personal, la autoestima del trabajador, los síntomas psicosomáticos del estrés, la carga laboral, la pertinencia de las actividades, el exceso de formatos que entraban el acto médico, la carga asistencial excesiva, la rutina, el error asistencial inducido por el trabajo desmedido, la remuneración, aspectos nocivos de la contratación, la distribución del trabajo, la objeción de conciencia, y la capacitación y actualización del personal.

Así, sin desamparar a unos ni a otros, ni a pacientes ni a trabajadores, los comités de bioética cumplen una labor trascendental en materia de humanización en las instituciones. Al tender la humanidad como un puente entre los frutos de la ciencia y su aplicabilidad, entre la dolencia física y la aflicción espiritual que la acompaña, entre el trabajo técnico y la labor piadosa, los comités encauzan la actividad asistencial.

Su competencia en la solución de los dilemas esclarece la forma de armonizar la ciencia con la ética, la productividad con la filantropía, y la generosidad con la riqueza. Y determina la forma en que el ejercicio de las ciencias de la salud compendie las bondades del ayer con las fortalezas del presente.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

-REVISA EL ENSAYO LA DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD, CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA

lunes, 25 de abril de 2011

LOS DELINCUENTES AL AMPARO DE LAS DECISIONES JUDICIALES

¿La justicia a quién debe servir? ¿A la sociedad o a los bribones? ¿A quién debe rodear de garantías? ¿A las personas de bien o a los hampones?

La deducción es obvia, no sin embargo para los jueces que en Colombia nos asombran con sus desconcertantes fallos. Un juez de menores de Bucaramanga -¡de menores, óigase el dislate! – acaba de conceder la libertad a ’Chucho’, el más importante guerrillero tras de rejas, con argumentos nimios que pierden valor ante la peligrosidad del reo. Más no es sólo este caso: la lista de disparates de quienes administran justicia resulta interminable.

Que dejen en libertad a criminales, no por no ser culpables, sino por haber sido capturados en allanamientos a horas en que dizque no estaban permitidos los registros, liberarlos porque la detención se dio sin haberles anunciado formalmente su captura, anular un juicio porque la prueba que demuestra el dolo fue obtenida engañando al delincuente, deja traslucir, con los criminales, una magnanimidad inadmisible.

¿Es acaso la administración de justicia un juego para ellos? ¿Se están vendiendo a los facinerosos? ¿La cobardía los hinca ante los malhechores? ¿Por interpretaciones obsesivas de las normas admiten los resquicios que esgrimen mañosos defensores?

Con fallos extraviados la justicia en Colombia va perdiendo su razón de ser. Porque la protección del ciudadano y la acción contra la impunidad son los pilares que respaldan su existencia. Actuar de tal manera no sólo deja de lado, sino invierte el objetivo: se favorece al delincuente y se pone en riesgo al ciudadano.

Cuando lo bueno, lo necesario o lo oportuno se pierde por el efecto de la forma, se extravía el camino. En la forma reside lo superfluo; en el fondo, la esencia de los actos. ¿No será que apegados a la forma los jueces prevarican? Si no legalmente, sí desde la perspectiva ética, porque en conciencia saben que están faltando a la verdad y a sus funciones.

No debe haber inmunidad ante el delito, no debe haber prerrogativas para que el delincuente escape, no debe haber concesiones que oculten fechorías. La comisión de la falta es la única verdad inexorable. Y el conocimiento de la verdad es el objetivo primordial de la justicia. Si una cámara oculta grabó sin autorización al delincuente, la prueba no puede invalidarse. Rechazar la prueba es negar la realidad; negar la realidad, torcer el fiel de la justicia. 


Los fallos deben basarse en la verdad sin importar la forma en que se obtenga la evidencia. Si grave falta en su consecución hubiera, no puede haber motivo para favorecer al delincuente –razón de Perogrullo-. Lo habría tan sólo para sancionar a quien en forma aborrecible –a través de un crimen, por ejemplo- consiguió la prueba.

La eficacia de la justicia sólo se alcanza mediante el discernimiento lúcido, la probidad y la aplicación efectiva del derecho. Sin pragmatismo los fallos son inocuos. Debe entender el juez que prevalecen los derechos de la sociedad amenazada sobre los del delincuente que los atropella, que en la resolución de los dilemas el mal menor es siempre tolerable.

Y el mal menor puede el desconocimiento al malhechor de una prerrogativa inaceptable. El respeto de los derechos del criminal es cuestionable. No son tantos como sus defensores anhelaran. Cuando uno viola un derecho, tácita e inobjetablemente está renunciando a que se lo respeten. Y en últimas, así como prima el bien colectivo sobre el particular, priman los derechos de las víctimas sobre los de los victimarios. Ante la peligrosidad del delincuente sus privilegios resultan secundarios.

El panorama es sombrío: la delincuencia asedia, la autoridad se rezaga frente al auge del delito, y sus pocos logros se desvanecen con los fallos judiciales. Si no rectifica la justicia su andar, la sociedad intimidada tendrá que elegir entre claudicar ante los criminales o hacer justicia por su propia mano. No lejos estamos de que en la sociedad inerme surjan ‘grupos de limpieza’ para sembrar el horror entre los delincuentes – con víctimas inocentes, desde luego-, como lo hicieron los paramilitares ante el empoderamiento de la subversión y la mirada negligente del Estado. Y por necesidad tendríamos que aceptarlos.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

domingo, 12 de diciembre de 2010

WIKILEAKS* Y LA INMORALIDAD DE LOS QUE ESPÍAN Y LOS ESPIADOS

¿La justicia a quién debe servir? ¿A la sociedad o a los bribones? ¿A quién debe rodear de garantías? ¿A las personas de bien o a los hampones?
La deducción es obvia, no sin embargo para los jueces que en Colombia nos asombran con sus desconcertantes fallos. Un juez de menores de Bucaramanga -¡de menores, óigase el dislate! – acaba de conceder la libertad a ’Chucho’, el más importante guerrillero tras de rejas, con argumentos nimios que pierden valor ante la peligrosidad del reo. Más no es sólo este caso: la lista de disparates de quienes administran justicia resulta interminable.
Que dejen en libertad a criminales, no por no ser culpables, sino por haber sido capturados en allanamientos a horas en que dizque no estaban permitidos los registros, liberarlos porque la detención se dio sin la presencia de un funcionario que debía ser espectador de la captura, anular un juicio porque la prueba que demuestra el dolo fue obtenida engañando al delincuente, deja traslucir, con los criminales, una magnanimidad inadmisible.
¿Es acaso la administración de justicia un juego para ellos? ¿Se están vendiendo a los facinerosos? ¿La cobardía los hinca ante los malhechores? ¿Por interpretaciones obsesivas de las normas admiten los resquicios que esgrimen mañosos defensores?
Con fallos extraviados la justicia en Colombia va perdiendo su razón de ser. Porque la protección del ciudadano y la acción contra la impunidad son los pilares en que asienta su existencia. Actuar de tal manera no sólo deja de lado, sino invierte el objetivo: se favorece al delincuente y se pone en riesgo al ciudadano.
Cuando lo bueno, lo necesario o lo oportuno se pierde por el efecto de la forma, se extravía el camino. En la forma reside lo superfluo; en el fondo, la esencia de los actos. ¿No será que apegados a la forma los jueces prevarican? Si no legalmente, sí desde la perspectiva ética, porque en conciencia saben que están faltando a la verdad y a sus funciones.
No debe haber inmunidad ante el delito, no debe haber prerrogativas para que el delincuente escape, no debe haber concesiones que oculten fechorías. La comisión de la falta es la única verdad inexorable. Y el conocimiento de la verdad es el objetivo primordial de la justicia. Si una cámara oculta grabó sin autorización al delincuente, la prueba no puede invalidarse. Rechazar la prueba es negar la realidad; negar la realidad, torcer el fiel de la justicia.
Los fallos deben basarse en la verdad sin importar la forma en que se adquiriera la evidencia. Si grave falta en su consecución hubiera, no puede haber motivo para favorecer al delincuente –razón de Perogrullo-. Por mucho debe ser, si acaso, motivo de amonestación de quien aporta la evidencia.
La eficacia de la justicia sólo se alcanza mediante el discernimiento lúcido, la probidad y la aplicación efectiva del derecho. Sin pragmatismo los fallos son inocuos. Debe entender el juez que prevalecen los derechos de la sociedad amenazada sobre los del delincuente que los atropella, que en la resolución de los dilemas el mal menor es siempre tolerable.
El respeto de los derechos del criminal es cuestionable. No son tantos como sus defensores anhelaran. Cuando uno viola un derecho, tácita e inobjetablemente está renunciando a que se lo respeten. Y en últimas, así como prima el bien colectivo sobre el particular, priman los derechos de las víctimas sobre los de los victimarios. Ante la peligrosidad delincuente sus privilegios resultan secundarios.
El panorama es sombrío: la delincuencia asedia, la autoridad se rezaga frente al auge del delito, y sus pocos logros se desvanecen con los fallos judiciales. Si no rectifica la justicia su andar, la sociedad intimidada tendrá que elegir entre claudicar ante los criminales o hacer justicia por su propia mano. No lejos estamos de que en la sociedad inerme surjan ‘grupos de limpieza’ para sembrar el horror entre los delincuentes – con víctimas inocentes, como siempre-, como lo hicieron los paramilitares ante el empoderamiento de la subversión y la mirada negligente del Estado. Y por necesidad tendríamos que aceptarlos.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

viernes, 29 de octubre de 2010

LA DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD, CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA - HUMANIDAD Y FORMACIÓN

La formación de los profesionales, hoy en día, dista de la que Hipócrates trazó en su juramento. Suyas o de sus discípulos, las frases de este ofrecimiento nos hacen pensar que el lucro no era lo importante. Reza el juramento: “A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mantenimiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo”. No puede pretenderse que hoy las cosas sean estrictamente las de tan remonto antaño, pero sus ideales sí deben ser motivo de reflexión que encauce nuestros pasos.

Costosa o gratuita, la formación es exigente, pues de ella depende la calidad de los profesionales que toman la salud entre sus manos. A las facultades con tradición educativa, se vienen sumando infinidad de escuelas que hacen exclamar al espectador desprevenido, con intención peyorativa: “la formación es un negocio”. De doce a casi sesenta facultades de medicina pasó Colombia en menos de veinte años. En otras profesiones de la salud la situación es semejante. Desde luego que alegra tal oferta, pero también preocupa: ¿Están todas ellas preparadas para formar un personal idóneo?

¿Qué tipo de educación proveen –técnica como humanística- aquéllas facultades que llaman ‘de garaje’? Y en el otro extremo: ¿habrá razón para temer que sólidas empresas dedicadas al negocio de salud –estas sí en recursos pródigas para fundar escuelas- incursionen en la academia fundando sus propias facultades para formar el personal sanitario? Si de aquéllas se cuestiona la calidad científica y humana de sus egresados, de éstas se presume un nivel académico envidiable, pero se teme algún desmedro de los aspectos éticos. ¿Será que el perfil del egresado traducirá las ambiciones de una empresa lucrativa? ¿Será, por el contrario, que las facultades de medicina y enfermería de las empresas de salud formarán profesionales tan incontaminados que rectificarán y consolidarán los postulados éticos en empresas que viven del negocio sanitario?

Las instituciones educativas tienen con sus educandos más compromiso que infundir conocimientos y desarrollar habilidades, tienen la obligación de acrecentar la idoneidad moral de quienes están formando, y antes que todo, descubrir las virtudes que les permitan ejercer a cabalidad su oficio. La selección del personal que accede a las carreras de salud no es por tanto tema intrascendente. El ejercicio humano de una profesión no lo consiguen las aulas de la nada. El avenimiento del estudiante con los valores depende de su propia naturaleza, que los acepta o los rechaza. La proclividad al acto humanitario está en la vocación del individuo. Hasta cierto punto se puede amoldar al estudiante pero nunca sin el sustrato de una inclinación humanitaria. Obrar contra la voluntad es imposible. Luego el primer paso en la consecución de personal asistencial humano es la elección responsable de los aspirantes. Teniendo esta materia prima como base, el discurso humanitario puede obrar milagros, pude conmover la fibra sensible de aquéllos a quienes se dirige, consiguiendo los mejores frutos. Sea en las aulas que los forman, sea en las instituciones de salud que los capacitan y actualizan.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

VER ÍNDICE DE ESTE ENSAYO

viernes, 24 de septiembre de 2010

LA MUERTE DE ‘JOJOY’, UNA MUERTE NECESARIA

Los criminales no son indestructibles. La arrogancia y la crueldad del segundo cabecilla de las Farc por fin han terminado. Y su abatimiento, como respuesta aleccionadora, llega en el momento en que las Farc desafiaban al nuevo gobierno con el asesinato en pocos días de casi medio centenar de uniformados de la Fuerza Pública. Ya no podemos albergar dudas los colombianos de la exitosa continuación de la Seguridad Democrática.

¿Y puede celebrarse una muerte sin que riña con principios altruistas? Sin lugar a dudas. Y los casos de ‘Raúl Reyes’ y del ‘Mono Jojoy’ son ilustrativos. Porque no se trata de regocijarse con el sufrimiento que esa desaparición pueda haber causado a un ser humano. No siento alborozo por el dolor que haya sentido al morir el jefe guerrillero -ojalá no haya sufrido-, siento complacencia, sí, porque su muerte significa el fin de sus acciones terroristas.

La tergiversación del motivo del júbilo nos traslada del acto explicable a la acción despiadada y vengativa. Si bien este enfoque no cambia los acontecimientos, si altera el enfoque moral que los sustenta. Aspecto que, sin embargo, poco suele preocupar al ser humano. Lo deduzco de la frecuencia con que los ciudadanos al exigir justicia claman realmente venganza, utilizando la ley como instrumentos de revancha.

El objetivo al perseguir a un delincuente no es martirizarlo con ánimo vengativo, sino poner a la sociedad a salvo de su asedio. Aislarlo, rehabilitarlo y reincorpóralo. En el peor de los casos, y paradójicamente, aniquilarlo. Situación extrema a la que debe recurrirse ante criminales irrecuperables, francamente sicopáticos, difícilmente controlables por la sociedad. Tal el caso del hoy dado de baja, y de muchos otros cuyo abatimiento también hemos celebrado, como Pablo Escobar, Rodríguez Gacha o ‘Raúl Reyes’.

La sociedad, tiene a mi parecer el derecho, diría aún más, la obligación, de deshacerse de los miembros que más graves perturbaciones le proporcionan.

La operación “Sodoma” además del júbilo que causa, nos corrobora que el Estado siempre tiene recursos para someter al delincuente. Los males de Colombia: guerrilla, narcotráfico y corrupción son dolencias derivadas de la falta de autoridad. Inexplicablemente el país sólo se atrevió a hacerles sentir el peso de la autoridad a los violentos desde el gobierno de Álvaro Uribe. Y la tarea es larga, compleja y dispendiosa. Baste decir que los colombianos vivimos el horror de organizaciones criminales, que sin apelativos revolucionarios, hacen y deshacen a sus anchas, y que también deben ser aplastadas con la misma determinación con la que ha sido aniquilad el cabecilla de las Farc.

Sembrar el terror entre los criminales es una buena forma de enfrentarlos. Una buena forma de disuadirlos haciéndolos conscientes de sus pequeñas dimensiones.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

EL NARCOTRÁFICO Y SU ETERNO DILEMA: ¿LEGALIZAR O NO LEGALIZAR?

La pérdida del control de la mente que tan conveniente resulta con fines terapéuticos –el control del dolor, por ejemplo, en una intervención quirúrgica- se convierte en hábito inconcebible cuando resulta de una determinación ociosa.

El permanente dominio de la realidad debería ser el propósito de todo ser dotado de razón. Sin embargo el ser humano en su curiosidad y en sus escapes suele ceder la potestad sobre su propia mente. Y de dominador se vuelve esclavo, subyugado por adicciones que a más de encadenar devastan la psique y la materia.

Y si la decisión tomada en desarrollo de la autodeterminación y el libre albedrío resulta reprobable, no otro calificativo que criminal habrá de darse al consumo inducido por los traficantes de las drogas.

No hay demanda sin oferta postulaba hace dos siglos el economista francés Juan Bautista Say, y aunque la extrema pobreza intelectual de los narcotraficantes hace improbable que hayan tenido contacto con la filosofía del pensador, lo cierto es que han explotado como nadie esa ley de la oferta y la demanda.

El fruto de su diabólico comercio deja, además de millones de adictos devastados, una estela de muerte, de guerras y venganzas. La penalización de ese comercio maldito, juiciosamente establecida, no ha servido para nada. La prohibición ha hecho, por el contrario más próspero el negocio. Cada capo caído tiene un sucesor inevitablemente.

Se burlan los hechos de los dictados de la razón y de la ética. Por ello cuando de legalizar se habla me consterno, pero debo admitir que no siempre lo sublime vence, y que el pragmatismo puede asegurar el éxito donde lo ideal apuntala la derrota. Si el fin puede moralmente en ocasiones justificar los medios, este es justamente el hecho en el que puede hacerse la excepción al universal principio. Si la prohibición del consumo hace inexpugnable al traficante, podríamos pensar que la permisividad puede arruinarlo.

Por años consideré que el comercio y el abuso de las drogas debían penalizarse. El fallo que admitió el consumo, amparado en el libre desarrollo de la personalidad, lo recibí con pena. Pero después de tanto batallar en el campo de los principios y los valores -como médico inmerso en un comité de ética-, hoy pienso que la libertad y la bondad son los principio más trascendentales, y que el individuo es dueño de su propia vida, así existan seres tan necios que dilapidan la existencia en una mísera adicción.

También creí que la batalla sin cuartel contra el narcotráfico terminaría con un parte de victoria, pero los traficantes sobreviven campantes haciendo sentir su poder corruptor y fratricida.

Ante la evidencia me doblego: son más devastadoras las secuelas del comercio ilegal que del consumo. No estoy renunciando a mis principios. Más que castigar a los viciosos hay que acabar con quienes producen y trafican. Y se acabará el comercio cuando todos los estados gratuitamente ofrezcan los venenos a todos los adictos. Rehabilitarlos será, entonces, junto con la prevención, el asunto primordial de sus políticas.

Hasta un perverso deleite me sorprende cuando imagino reducido a nada el valor de tantas toneladas de alcaloide en el instante siguiente en el que todos los gobiernos de la Tierra tomen la trascendental medida. Una quiebra atronadora, una debacle histórica que sumirá a todos los capos en la miseria material –la moral les es innata- y sin poder para sus prácticas diabólicas.

De la praxis necesitan el derecho y la ética para poder triunfar.


Luis María Murillo Sarmiento M.D.

lunes, 2 de agosto de 2010

ÁLVARO URIBE VELEZ, EL PRESIDENTE QUE LE CUMPLIÓ A LA PATRIA

Álvaro Uribe Vélez redimió a Colombia. En justicia deberán reseñarlo así los textos de historia a las generaciones venideras. No es una afirmación apasionada en el momento de una sentida despedida, es una verdad sustentada en el recuerdo fresco y sobrecogedor de un país hincado ante su victimario, de una nación sometida por una guerrilla bárbara que llegó a ser tan poderosa como el mismo Estado.

Sin conocer la deplorable situación de nuestra patria en el momento en que Álvaro Uribe ascendió al poder, resulta difícil comprender el bien ganado aprecio del presidente entre los colombianos. Si yerros cometió, ‘errare humanun est’, y pesarán siempre más sus aciertos que sus equivocaciones.

Como un cáncer que silenciosamente invade el organismo de un paciente, la guerrilla fue infiltrando gradualmente a un país apático, incapaz de prever la catástrofe tras de las consignas sociales idealistas invocadas por los subversivos. Y como en la evolución de aquélla mortal enfermedad, un día el mal, en estado avanzado, se tornó evidente. Aún entonces, los gobiernos negligentes vieron pasar la enfermedad sin inmutarse. Salvo el gobierno de Julio César Turbay Ayala, los que lo precedieron como los que lo sucedieron actuaron con ingenuidad con la guerrilla.

Un día Colombia resultó sumida en una espantosa pesadilla. Los idealistas subvertidores del orden, no eran tales, sino bandas de bandidos despiadados que atentaban contra el pueblo por el que decían luchar.

Se volvió cotidiano el horror. Los criminales de las Farc y el Eln andaban a sus anchas. Centenares y aún miles de guerrilleros –como en la toma de Mitú en noviembre de 1998- irrumpían en pueblos y ciudades destruyendo cuarteles, saqueando bancos y asesinando a militares y civiles; formaban milicias en las grandes capitales para extorsionar a comerciantes y empresarios y para amedrentar con sus actos terroristas. Se tomaban las vías, y desde caminos polvorientos hasta transitadas autopistas supieron del horror del secuestro en los “retenes subversivos”. Nadie entonces pudo circular tranquilo. Los campesinos fueron obligados a marchar contra el gobierno, y a cumplir con los “paros armados” ordenados por la subversión so pena de ser asesinados. Entre tanto la guerrilla se llevaba a sus hijos, niños o adolescentes, para engrosar sus filas convirtiéndolos previamente en asesinos, Puentes, oleoductos, torres de energía fueron volados, el país semiparalizado. Los inversionistas extranjeros debieron irse o pagar ‘vacuna’, Los turistas entendieron que Colombia era un destino violento y peligroso. La Fuerza Pública era, entonces, incapaz de contenerlos.

Ante tantos uniformados muertos o secuestrados en emboscadas y tomas guerrilleras los gobiernos optaron por cerrar cuarteles dejando a la población a la deriva. Prefirieron mejor los gobernantes renunciar a la autoridad y tratar con delicadeza a la guerrilla, ¿Pusilanimidad o cobardía? Lo cierto es que muchos militares fueron llamados a calificar servicios por usar términos que pudieran ultrajarla o expresiones que llamaran a una guerra frontal y contundente. Hasta extensos territorios, como el Caguán, les fueron entregados en busca de una paz negociada impracticable. La toma del poder por las Farc, en esos momentos, no pareció imposible. Ese fue el país que en el 2002 eligió a Álvaro Uribe Vélez esperanzado en que su mano firme pusiera fin a los desmanes.

Comenzando el milenio era Uribe una figura apenas regional; un gobernador que relucía por el éxito de su gestión en su departamento. Pienso que fui de los primeros colombianos en intuir que los aciertos y la firmeza de ese gobernador serían para el país fructíferos. Finalmente mis compatriotas así lo percibieron.

Hastiado de gobernantes asustadizos y transaccionales con la autoridad, vi en ese hombre decidido y frentero, capaz de desafiar a las Farc sin asomo de cobardía, la persona capaz de devolverle al país los sueños que por décadas una subversión demencial y sanguinaria había convertido en pesadilla.

Uribe fue el primer mandatario capaz de tachar a los guerrilleros de bandidos, y de darles sin temor el calificativo preciso que les correspondía. El primero en declararle la guerra a las Farc, el más infame enemigo de Colombia. Hasta entonces los mandatarios actuaron con recelo y dejaron crecer la subversión sin inquietarse. Ante la desprotección del Estado era razonable que surgiera el paramilitarismo con todos sus horrores. También de su surgimiento son culpables. El país, por su pusilanimidad, era un infierno. Y deben saberlo quienes lo desconocen y recordarlo quienes lo olvidaron.

La labor de Álvaro Uribe fue incansable, ningún gobernante ha trabajado tanto. Gracias a ella Colombia volvió a ser un país viable. Basta comparar el país que recibió con el país que entrega para juzgar fructíferos sus años de gobierno. Su Seguridad Democrática fue más que cara dura con delincuentes antes intocables, fue más que proteger a los residentes en Colombia del peligro. Fue una tarea que recobró la autoridad para el Estado –su poseedor legítimo-, que infundió tranquilidad entre los colombianos, que restableció la confianza en el país y creó un ambiente propicio para el desarrollo.

Sus consignas patrióticas y su amor denodado por Colombia a muchos alentaron; orgullosos de nuestra nacionalidad volvimos a estar los colombianos. Su temple contagió el valor y el país volvió a sacar coraje donde antes residía la cobardía. Gracias a ese líder valiente y carismático la gente se sintió capaz de alzar la voz contra su victimario: difícil olvidar que más de doce millones de compatriotas marcharon contra las Farc un 4 de febrero.

Con Uribe Colombia recuperó su dignidad, ese es su principal legado. Colombia hoy apasiona, su economía en el contexto mundial es atractiva, sus encantos seducen al turista que los puede apreciar desprevenido, los empresarios volvieron a invertir sin riego de extorsiones, la inversión extranjera asentó en su suelo. El enemigo entre tanto se encuentra arrinconado.

Dos veces voté por Álvaro Uribe y por segunda vez lo hubiera reelegido. Siento que interpretó y puso en práctica las determinaciones que yo hubiera tomado. Por primera vez no me ha defraudado un gobernante. Valeroso y trabajador, cumplió a cabalidad con los propósitos que me llevaron a elegirlo. Su altísima popularidad al entregar el cargo no es gratuita, tampoco la posteridad podrá desconocer el valor de su legado. Y aunque no faltarán reacios y mezquinos detractores, habrá de prevalecer la gratitud de los colombianos que comprendimos el efecto provechoso de su obra.


Luis María Murillo Sarmiento M.D.

domingo, 13 de junio de 2010

EL FARISEÍSMO EN LA CONTIENDA ELECTORAL

La campaña presidencial colombiana ha adquirido en su segunda vuelta un tinte maniqueo. El candidato del Partido Verde -Antanas Mockus- y los ciudadanos que lo apoyan se han erigido como un bastión que menosprecia y trata de avergonzar al oponente: sólo ellos encarnan las virtudes.

La actitud es odiosa y rebatible. Es un raciocinio sofístico incapaz de sostenerse: los seguidores de Santos y de Mockus son iguales a todos los mortales. Es débil la condición humana. Hasta el adalid de lo correcto –Mockus- nos acaba de confiar en un debate que aceptó una jugosa dádiva del gobierno siendo alcalde. Y la aceptó por ser legal a pesar de que su conciencia le advertía que no la recibiera.

Realmente no sé si la legalidad que tanto pregona el candidato sea el remedio a los males de Colombia. Más que legal el país debe ser ético. Lo legal solo determina que algo está prescrito por la ley, no que persiga la bondad en sus fines.

Sentada la hipótesis de que quienes no siguen al ex alcalde bogotano prohíjan los vicios que corrompen a Colombia y que quienes lo acompañan son dueños de virtudes redentoras, tengo que preguntarme qué tan diferentes son los 3’134.222 colombianos que votaron por Mockus en la primera vuelta de los 6’802.043 que sufragaron por el otro candidato* ¿Realmente serán tan impolutos? ¿Jamás se habrán copiado una tarea? ¿No habrán hecho una trampa en un examen? ¿No habrán buscado una ‘palanca’ para buscar empleo? ¿No se habrán escapado de la universidad o del trabajo con pretextos mentirosos? ¿Jamás habrán sido con su pareja infieles? ¿No habrán hecho un cruce prohibido en una esquina? ¿No se habrán pasado un semáforo en rojo, o parqueado donde no debían? ¿No estarán recibiendo salud subsidiada sin tener derecho? ¿No estarán ocultando sus ingresos para no declarar renta? ¿Nunca habrán evadido sus impuestos? ¿Jamás habrán dicho una mentira? ¿Jamás habrán ofrecido una dádiva para agilizar un trámite? ¿O la habrán recibido en cambio de ofrecerla? ¿Será que nunca se han colado en una fila? ¿Será que no hablan por celular mientras manejan y esconden el teléfono cuando la autoridad se acerca? ¿Será que nunca han comprado artículos de contrabando, un CD o un DVD pirata? ¿Pagarán a las empleadas de servicio todas sus prestaciones? ¿Habrán siempre cruzado la calle por la cebra? ¿Cogerán el bus sólo en los paraderos? ¿Serán tan diferentes al resto de sus compatriotas? La respuesta es evidente, la sabemos todos. Es mejor ser más modesto. Confesarse más pecador que ejemplar es preferible: nada tienen que cambiar los intachables.

Planteada la campaña en estos términos, como una confrontación entre corruptos y virtuosos, entre buscadores de “atajos” e impecables, sólo podrán votar por Mockus los libres de pecado. Y libres de pecado, si somos rigurosos, no hay ninguno. Para un filósofo como el candidato Verde debe resultar un dilema interesante.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.


* Juan Manuel Santos

jueves, 10 de junio de 2010

MI SOLIDARIDAD CON LAS FUERZAS ARMADAS DE COLOMBIA

La justicia es apenas un concepto, sublime en esencia, se desploma de su grandeza teórica al ser aplicada por los hombres: el hombre no es perfecto. Pero si yerra el sabio, si el recto se equivoca, ¿que pueden deparar los fallos de juzgadores amañados?

Los temperamentos radicales tendrán siempre por blanco a las instituciones, es su natural tendencia a la anarquía, y entre ellas las Fuerzas Armadas serán siempre un objetivo. Mas uno espera que la justicia sea solidaria con la institucionalidad y la preserve. El juzgamiento en Colombia de muchos militares me deja la sensación de que algo no anda bien en la justicia.

Me duele el fallo contra el coronel Alfonso Plazas Vega. He estado convencido desde hace 24 años, cuando inició la recuperación del Palacio de Justicia, tomado por el M-19, que su acción decidida era en defensa de la democracia. Treinta años de cárcel, a los que hoy una jueza lo condena, no pueden ser el pago a una operación valerosa, valerosa por su valentía, valerosa por su trascendencia. Gracias a ella, con todo y su saldo trágico, el principio de autoridad no fue vencido. Un cuarto de siglo después una justicia en la que voy perdiendo toda la confianza convierte en delincuente al héroe.

Un chivo expiatorio piden los familiares de los desaparecidos, una condena resonante contra la Fuerza Pública piden los terroristas. Ambos han quedado satisfechos. ¿Y Colombia? ¿No deberían, acaso, prevalecer los intereses de la Patria? Hoy la justicia como quinta columna, parece estar a favor del enemigo.

Mejores pruebas requiere un juicio que el simple testimonio. Hoy los testigos se acuerdan y se compran. Hoy los aseveraciones arregladas son el instrumento favorito de todos bandidos que negocian las penas con las autoridades. Los testimonios como la palabra, hace mucho dejaron de ser fiables.

Entiendo que procede el juicio de rencores dispuestos a no dejar que sanen las heridas, al fin y al cabo la justicia humana es, por instinto, más vengadora que redentora e indulgente, Por algo la ley del Talión es su mejor antecedente. Quien clama justicia, clama generalmente venganza. ¿Cuántas veces el arrepentimiento sacia al ofendido? ¡Qué pague! es la frase que con mayor pasión se escucha en las audiencias.

Ha perdido grandeza la justicia: propensa a lo sensacional y lo mediático ha perdido discreción, propensa a lo político ha perdido ponderación, y ha olvidado la imparcialidad solidaria con ideologías.

Prepotentes y omnímodos, no sólo en Colombia, algunos jueces intentan remover las sepulturas para juzgar la historia. Ávidos de proferir sus fallos, abren heridas y remueven llagas para que nunca sanen. ¡Qué perversos!

La verdad que no se dilucida en el momento fresco de los hechos, menos se ha de aclarar cuando queda sumida en el pasado: los testigos mueren, la memoria falla, las pruebas se deshacen, el contexto de los hechos cambia, con los parámetros de los tiempos de paz no se pueden juzgar los hechos de la guerra. En cambio, el odio y el resentimiento se reviven.

No estamos con estos juicios insensatos, lejos de ver a un ex presidente tras de rejas. Las cosas juzgadas para los buenos de la historia ya no son inalterables. Algún juez se encarnizará con Belisario Betancur –el presidente de la época-, hombre bueno y colombiano ilustre. Nadie pedirá en cambio que se revoque la amnistía al movimiento guerrillero que aliado con el narcotráfico perpetró la toma. Al fin y al cabo la gente decente y sin resentimiento sabe que la amnistía contribuyó a la paz, y que muchos guerrilleros se convirtieron en ciudadanos útiles.

Siento con el fallo, que el espíritu de la subversión se ha enquistado en el corazón de la justicia. Hasta el ensañamiento con las aflicciones familiares y personales del procesado me lo indican.

Qué sepan nuestros militares que, aunque la justicia se parcialice contra ellos, cuenta con la solidaridad de millones de colombianos que sabemos que es gracias a su sacrificio que la democracia sobrevive.


Luis María Murillo Sarmiento M.D.

miércoles, 26 de mayo de 2010

POR QUÉ NO VOTARÉ POR MOCKUS

Tras del convencimiento la vacilación no cabe. La vacilación y la duda son propias de la debilidad y características del desconocimiento. La capacidad de rectificar, que puede ser virtud de sabios y de hombres honrados, como Mockus, no siempre es conveniente. No cuando traduce error y desacierto. No es bueno tener que desdecirse diariamente: acertar es la obligación de todo gobernante.

El ex alcalde de Bogotá, que trasluce la sensación de un hombre bueno, ha sido, a mi parecer, tomado por sorpresa por una popularidad no imaginada. Ante una admiración que puede exaltarlo al cargo más alto de nuestra democracia, Antanas Mockus parece improvisar un programa de gobierno a las carreras. Ha tenido que pasar, sin tiempo, de la expresión de sus principios filosóficos a las soluciones puntuales que los electores le demandan; de concepciones teóricas generales, a aterrizados asuntos prácticos. Y como falta madurez a su proyecto, sobrevienen sus dudas y sus rectificaciones. No obstante, el ciudadano que admira sus virtudes y se entusiasma con su filosofía no alcanza a percibir que el candidato no está listo para enfrentar enemigos perversos y retos delicados.

No considero, como médico, un exabrupto que Mockus estime como una buena paga la remuneración de un millón de pesos para mis colegas. Colijo, en cambio, que es una muestra de su desconocimiento. Al igual que las estimaciones del desmedido ajuste tributario que propuso. Las cargas que el prevé darían al traste con el ambiente favorable para la inversión. Inversión que no dudo que tenga prioridad en su planes de gobierno, pero que desvirtúa con sus juicios impensados.

Veo en Mockus un hombre contenido, por eso no fueron en su administración grandes sus ejecutorias en infraestructura, y el país lo que demanda es un gobernante dinámico, un gerente emprendedor. Su proyecto de “cultura ciudadana”, en cambio, fue probablemente el legado mejor de su alcaldía, a todas luces un modelo que debe replicarse; pero no hay que ser presidente para ello.

¿Podrá Mockus lidiar con el proyecto comunista y expansionista del dictador venezolano? ¿Será capaz de llevar a la extinción a la guerrilla? ¿No caerá, con su buen corazón, en las celadas que le tiendan? Ya ingenuamente se declaró –sin serlo- admirador de Chávez, enemigo peligroso, cómplice de las Farc, que no dudará en introducir en Colombia su mísero modelo, enemigo de la libertad y de la propiedad privada. ¿Querrán el fruto de ese contubernio –Farc y Chávez- los colombianos que voten por un gobierno débil? ¿Tan pronto olvidaron los horrores de las Farc, las vías intransitables por el sobresalto del secuestro, los pueblos asediados por las bombas, los niños asesinados en las tomas guerrilleras, la gente extorsionada, las masacres, las ‘vacunas? Y que pregunten los jóvenes deslumbrados por el Partido Verde, lo que vivió el país cuando ellos eran niños.

No hay férrea convicción cuando se duda, y sin férrea convicción no hay garantía de que los planes triunfen. En ese convencimiento indoblegable residió el éxito de la seguridad del presidente Uribe.

El discurso de Mockus traduce más dudas que firmeza. Además considero que carece aún de estructura su programa, por eso no me inclinaré por su propuesta. En el futuro, cuando su proyecto se decante, cuando exhiba la juiciosa estructuración de los programas que hoy ostentan los de los candidatos Vargas Lleras, Santos o Gustavo Petro –estudiosos sistemáticos de los problemas colombianos-, estará probablemente Mockus entre mis favoritos. Cuando el país esté en paz, votaré por un candidato para tiempos tranquilos que rija sus destinos. Pero ahora, en una patria aún convulsionada, votaré por Santos. Más convincentes que sus palabras son sus realizaciones. Me tranquilizan sus ejecutorias en el Ministerio de Defensa y su claro conocimiento de la economía, porque en la seguridad y las sanas finanzas fulgura el futuro de Colombia.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

jueves, 6 de mayo de 2010

LA DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD, CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA - HIPÓTESIS SOBRE LA DESHUMANIZACIÓN, UN ACERCAMIENTO AL ORIGEN DE LOS MALES

El mundo abrupta o imperceptiblemente se transforma; pero son más frecuentes los cambios invisibles, que sólo se advierten al comparar las épocas. Como el rostro del hombre, por ejemplo, que pasa de el del niño al del anciano habiendo visto siempre la misma faz el día anterior y el que le sigue. Así, inesperadamente, nos damos cuenta de que la urbanidad, la cortesía, la humanidad se han depreciado. Y comienzan a asaltarnos –a médicos, enfermeras y pacientes- las preguntas: ¿Cuándo se perdió la humanidad? ¿Cuándo el hábito volvió una rutina el sufrimiento? ¿Cuándo el arte de curar se volvió básicamente técnica? ¿Cuándo el médico perdió su pedestal? ¿Cuando el hombre de ciencia en su prepotencia se equiparó con Dios? ¿Cuándo la calidad total se dejó imbuir por la productividad sin freno? ¿Acaso cuando el enfermo se volvió otro cliente? ¿Cuando se olvidó el poder curador de las palabras?

Estas preguntas encierran dudas y a la vez certezas, y dejan la evidencia de las transformaciones radicales que ha sufrido el arte de curar. Para comenzar, el médico paternal, con visión integral del enfermo y su familia, capaz de auscultar las emociones con paciencia, es cosa del pasado. Con sus virtudes y defectos ese paradigma ha sido reemplazado. ¿Pero esa medicina más apacible y menos técnica debía substituirse? No del todo, es mi respuesta. No en todo aquello que ha significado el menoscabo de la relación del médico con el paciente.

Los cambios que se han dado, odiosos para el médico humanista, han resultado sin embargo inevitables. Creo que la masificación, la parcelación del cuerpo humano, el encumbramiento de la técnica, el afán de producir y la comercialización de la medicina son los verdaderos responsables.

La multitud hace invisible al individuo: en el montón se pierde la dignidad y el valor de las personas. En la muchedumbre uno de más, uno de menos, carece de importancia. Entre el gentío que atiborra en una noche las urgencias, el nombre de un paciente resulta irrelevante. Nunca se recuerda. Con frecuencia se olvida el motivo de ese anónimo que llegó a consulta. La masificación deshumaniza. Deshumaniza porque agota. El profesional agotado comienza a sentir como tortura la próxima consulta; el siguiente paciente es un suplicio. Deshumaniza porque en el maremagno se vuelve rutinario el sufrimiento. El caso doloroso y único conmueve; ante los mismos casos en sucesión indefinida termina anestesiado el sentimiento. La masificación deshumaniza porque vuelve anónimos a todos los actores, porque involucra demasiada gente: mucho intermediario. Ya no son el médico y su paciente en comunión privada; hasta el vigilante y el portero se entrometen. Todos en la multitud son para los demás intrusos, se ven con desconfianza. Por seguridad las instituciones de salud cierran sus puertas y deben exigir identidades. Ni los vigilantes conocen a los médicos, con mayor razón desconocen al paciente.

La fragmentación del cuerpo humano es obvia consecuencia del desarrollo de su conocimiento, nada hay que reprocharle. Ninguna mente alberga todo el saber de nuestra medicina. La aparición de las especialidades es un razonable desenlace. Pero su aparición, sin proponérselo, acabó con el médico omnisciente que atendía integralmente todas las dolencias. Hoy el especialista no está en condición de resolverlo todo, pero esa misma incapacidad volvió improductiva la atención de las quejas del paciente. ¿Para qué escuchar lo que no tiene posibilidad de remediarse?

En un comienzo la medicina fue ciencia –menos ciencia- y humanidad –más compasiva-, pero el tiempo la fue volviendo más técnica y menos afectiva. Humanidad y ciencia, en una relación inversamente proporcional, se fueron distanciando. Los mismos actos de preservar la vida al borde de la muerte, se fueron encarnizando, y sin ánimo de maldad alguno. Preservar la salud y la vida a toda costa, por obra de una visión desenfocada, se convirtió en el mayor bien a proporcionar al ser humano, pasando por alto hasta los sufrimientos que esa actitud provoca. No dejar morir no siempre es una hazaña.

Por cuántos siglos médico y paciente trabaron una relación humana y personal sin imaginar que con el tiempo el derecho la volvería un contrato, y que más adelante encajaría en un portafolio de servicio, jerga del entorno comercial, que también define al enfermo como cliente. Años apacibles –por desgracia poco técnicos- en que la relación médico-paciente se daba sin intermediarios, ni leyes del mercado.

“El trabajo del médico solo lo beneficiará a él y a quien lo reciba, nunca a terceros que pretendan explotarlo comercialmente”, reza el código de ética médica colombiano. Saludable o no, apenas es romántico. Difícil imaginar que en las empresas de salud todo sea filantropía sin ánimo de lucro. Pero hacer empresa con la salud no es censurable. Por efecto de la misma masificación, resulta necesario. De hecho los recursos privados, mejor administrados que los del Estado, tienen en la salud la posibilidad de demostrar su compromiso con la sociedad. Lo reprochable es ver la vida humana tan sólo como un negocio lucrativo. A la buena administración de los recursos y el manejo acertado de los negocios debe sumarse una contextura moral a toda prueba. Debe existir una clara jerarquización de principios y valores, un manifiesto sentido de justicia, un reconocimiento de la vida y la salud como bienes absolutos, una anteposición del paciente a lo económico; admitir al enfermo como fin, no como medio: reconocerlo como el propósito más importante de la organización.

La productividad y el afán de lucro son la enfermedad de nuestro tiempo. Gracias a este morbo todo se volvió vertiginoso. El mundo corre en un afán de producir sin tregua, relegando la tranquilidad y las dichas del espíritu. No vive, galopa contra el tiempo. Si es trabajador de la salud, salva una vida, recupera un órgano, hace una consulta apresurada -que estadísticamente se traduzca en jactanciosos rendimientos-, cumple lo urgente, corre de una institución a otra, y posterga lo espiritual –lo suyo y lo de su paciente-. Y en esa postergación lo espiritual se finalmente se olvida. Quien no sigue el modelo se rezaga, quien se rezaga sucumbe en este trote desbocado, en esta absurda “selección natural” impuesta por el hombre.

El conocimiento, motor del progreso tiene precio. La educación también es un negocio. Hoy el conocimiento es un incuestionable producto del mercado y puede valer más que los bienes materiales. Si éstos valen, tiene lógico asidero que cuesten los bienes que trascienden, como la educación, más si se entiende que los recursos que requiere su infraestructura no salen de la nada. De todas maneras la salud y la educación no son un privilegio, son un bien universal que debe asegurarse. Por más que cueste toda persona debe tener garantizado ese derecho. Cómo se logre depende del ingenio de quienes rigen sus destinos.

En la conjunción de tantos extravíos, de tantos males, aprietos y limitaciones resulta inevitable que la humanidad se pierda, en el afán de sobrevivir la vocación se distorsiona, la caridad se queda sin espacio, la acción desinteresada ante el ánimo comercial claudica.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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jueves, 18 de marzo de 2010

EL FEMINISMO, O LA INTEMPERANCIA DE UNA MINORÍA

El admirable desempeño de la selección femenina de fútbol de Colombia que acaba de conquistar el subcampeonato suramericano sub-20, ha traído a mi mente el asunto de los géneros que tan sesgadamente enfoca el feminismo. Este éxito, que sobrepasa los resultados de las selecciones masculinas, es la clara demostración de que valiéndose apenas de sus méritos las mujeres pueden sobrepasar al hombre.

Y es apenas éste un ejemplo de los muchos campos en que las mujeres pueden superarnos. Superarnos sin necesidad de las normas que las hacen percibir como minoría inepta -cuando se establecen cuotas en las que el requisito para un cargo está en función de los genitales y no de los merecimientos-, igualarnos sin tener que recurrir a las aberraciones del lenguaje que atropellan el buen hablar y la razón con el ‘todos y todas’, que dizque las visibiliza. Claro que las hace percibir… por su ignorancia. Reclamo frívolo al idioma; cual si los hombres nos molestáramos por tantas palabras femeninas con que se nos designa. Hasta machista, la voz que denota al prepotente masculino, es en apariencia femenina; y no ha aparecido el primer machista que quiere reformarla.

Me parece indolente que las feministas sólo perciban la violencia contra la mujer cuando, en Bogotá, por estas fechas, hay once hombres asesinados por cada mujer sacrificada; cual si debiera doler la vida humana sólo en razón del sexo de la víctima. ¿Y qué decir de la violencia de la mujer contra sus hijos? ¿Es que contra ella no deben las feministas pronunciarse? Así lo han de tener estipulado, como el silencio relativo a la violencia de la mujer contra el hombre en los hogares. Despreciable no es si se cuenta el martirio sicológico. ¿Pero qué hombre –frenado por su orgullo-, se atreve a denunciarla?

Ajenas a la irrefrenable atracción entre la mujer y el hombre, las feministas siembran inútilmente su cizaña, cual si quisieran arrasar con la ternura, con el maravilloso encanto que puede ser la relación entre los sexos en una vida libre de recelos y aprensiones. No más ayer una red feminista protestaba contra la Universidad de Antioquia y exhortaba a reclamarle airadamente por la vulneración de los derechos femeninos. ¿Pero qué acto tan perverso cometió su facultad de ingeniería? Pues haber incluido en su felicitación en el día de la mujer un mensaje de la escritora cubana Zenaida Bacardí de Argamasilla que las insta a ser mejores madres y mejores compañeras.

La particular iniciativa procede de una red de mujeres que dice luchar por sus derechos sexuales y reproductivos, y uno se pregunta: ¿cómo han de ejercer esos derechos? Porque si los sexuales se refieren a un disfrute, es obvio que no cabemos los hombres en su planes, dados el fastidio con que nos advierten -poco atractivas también las encontramos-. Y si a los reproductivos hacemos referencia, de tales tienen poco, porque pesa más el aborto que la maternidad en su defensa.

Con las particularidades de su género, que deben respetarse, hombres y mujeres, son seres equiparables, con cualidades y defectos. La lucha debe encauzarse hacia el respeto de la persona humana, por derechos semejantes para todos. Sesgar la visión a favor de un grupo humano y en detrimento de otro resulta a mi modo de ver inaceptable.

No es menos la mujer que el hombre en nuestros días. No existe campo que le esté vedado. En muchos ha desplazado al hombre, y en algunos proporcionalmente predomina. Celebro que lo hagan si la conquista es merecida.

En el medio en que me desempeño, soy testigo de que por género no se discrimina. Las escalas salariales de los médicos no reparan en el sexo sino en la función que desempeñan. Las médicas ganan lo mismo que los médicos aunque las feministas afirmen lo contrario. Hasta una celadora me contaba que le gustaba trabajar con hombres porque le dejaban las actividades con menor peligro. ¿Definitivamente el hombre no es tan miserable!

Me declaro rendido admirador del sexo femenino, me es imposible considerar la felicidad, sin la adorable presencia de la mujer sobre la Tierra.


Luis María Murillo Sarmiento M.D.

viernes, 12 de marzo de 2010

DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD, CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA - ¿CÓMO SER HUMANO?

La humanidad es un dictado del sentido común y del buen juicio, no exenta, en el caso de la asistencia sanitaria de determinada técnica; pues no basta servir, hay que tener conocimiento para hacerlo. Las necesidades y la atención de un niño, en gran medida difirieren, por ejemplo, de las de una parturienta, o las del paciente moribundo.

El punto de partida del trato humano es la convicción de quien debe prodigarlo. En su mejor expresión la bondad se da espontánea, llegando a los límites del sacrificio. Y ese sentimiento tiene como guía la aspiración de cómo queremos ser tratados. Es la consideración y el respeto hacia los semejantes, en los que de alguna forma nos vemos proyectados.

La humanidad nos obliga a anticiparnos al efecto de nuestras acciones, nos incita al diálogo, principal vehículo que trasmite sus virtudes, y a traducir en gestos y palabras los sentimientos compasivos. Porque la humanidad, aunque tiene un fundamento racional, se expresa con afecto. Sin cordialidad, ni simpatía, la humanidad no existe. Nace de la comprensión de que el ser humano es sensible y sujeto al sentimiento. Y se traduce en comportamientos responsables, afectuosos, rectos, amables, indulgentes, tolerantes, amistosos, agradecidos, respetuosos, comprensivos, sinceros humildes, serviciales, generosos, honrados, justos, veraces, diligentes y prudentes. Comportamientos que demandan el súmmum de virtudes, y que paradójicamente no precisan de mayores sacrificios.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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domingo, 7 de febrero de 2010

LAS LECCIONES QUE DEJA EL REFERENDO*

Muchas lecciones deja la ponencia del magistrado Humberto Sierra Porto sobre el referendo que busca la reelección del presidente Uribe. Los vicios que el magistrado advierte**, no hacen más que recoger los argumentos de sus enconados enemigos, y los temores, también, de quienes desde la postura reeleccionista advirtieron errores inauditos.
En este juego de intereses, politizado y ardiente, el decoro es el primer damnificado. En la polarización del debate ningún argumento se acepta al oponente. Los ánimos se alinean para someter por la fuerza, no por la razón, al adversario. La caballerosidad y el honor no suelen ser las virtudes de quienes rivalizan. El fin justifica los medios, en términos subversivos: todas las formas de lucha son válidas para derrotar al contrario.
Como defensor de buena parte de la obra de gobierno del presidente Uribe, intuí una segunda reelección sin contratiempos, asegurada por una popularidad sin atenuantes. El paso por el Congreso manipuló y manchó la iniciativa. La llenó de los vicios que hoy advierte una justicia, más habituada a emitir conceptos políticos que fallos en derecho.
Los referendos y las iniciativas populares en Colombia son pura pantomima. Están al arbitrio de quienes desde alguna instancia del poder lo manipulen. ¡No es definitivamente el pueblo soberano! Y habrán de darme la razón, seguramente, quienes hoy festejan, del referendo de la reelección, una ponencia adversa. Porque esa es sencillamente la suerte que pueden esperar todas las iniciativas populares. Sólo se precisan tinterillos que descubran los yerros en la forma.
Que de pronto nada esté perdido porque el fallo de la Corte Constitucional aún no se conoce, es lo de menos. Me preocupa, y debería a todos preocuparnos, la forma amañada en que los colombianos procedemos. Habrá quien analice en detalle todas las objeciones del magistrado Sierra, a simple vista algunas parecen valederas. Pero hay dos protuberantes, que por inadmisibles debo refutarlas. Recibidas como los vicios más sobresalientes, son a mi juicio las más desestimables.
Si los topes financieros para la recolección de las firmas se excedieron, nada tuvo que ver con los firmantes. Otra cosa hubiera sido si la financiación hubiera tenido por objeto la compra de las firmas. Resulta artero invocar contra el referendo este argumento. Para ilustrar con un ejemplo: si quien trasporta las firmas sobrepasa la velocidad que el tránsito permite, o utiliza para trasportarlas un vehículo robado, o mata con su camioneta a un transeúnte, ¿dejan las firmas de ser válidas y se debe desconocer la voluntad del pueblo? La respuesta es tan evidente que es perogrullada consignarla. Por lo demás qué responda el conductor por su contravención o su delito.
Sostener que las firmas no apoyaban la reelección inmediata del presidente Uribe***, es un argumento cínico, propio de quienes proceden sin decoro: acaso de quienes juzgan candorosamente. Pidan mi declaración, y la de todos los firmantes, bajo la gravedad del juramento, para que de la fuente original se conozca la verdadera propuesta que apoyamos. Un error de redacción no puede desvirtuar un proyecto que fue de pleno conocimiento público. ¿Pesarán más que la realidad las triquiñuelas? ¿No fue acaso el conocimiento pleno de que se pretendía una reelección inmediata la que exacerbó los ánimos de la oposición?
En pos de la victoria o frente a la derrota se debe actuar con rectitud y transparencia. Los sofismas apenas sirven a juicios amañados.

* Con miras a reelegir por segunda vez al presidente Uribe y haciendo uso de los mecanismos de participación democrática consagrados en la Constitución colombiana, se inició un proceso de convocación de un referendo. Tras cumplir con la recolección de las firmas de los ciudadanos que lo respaldaban, inició el trámite exigido en el Congreso y en septiembre del 2009 fue sancionada la ley que dio vía libre al referendo. En espera del concepto de la Corte Constitucional sobre la ley, se acaba de conocer la ponencia negativa del magistrado Humberto Sierra Porto que deberá ser debatida por la Sala Plena de la Corte Constitucional.
** Señala entre sus muchas objeciones la violación de los topes fijados para la financiación, la contabilidad del voto de 5 representantes que fueron sancionados por su anterior partido con el retiro del derecho al voto, la corrección de la pregunta del referendo en el Congreso, la radicación del proyecto sin contar con la certificación del Registrador y el inicio de las sesiones extras de la Cámara antes de que se publicara en el Diario Oficial el decreto que las convocaba.
*** Inadvertidamente la pregunta consignada en la iniciativa popular rezaba: “Quien haya ejercido la Presidencia de la República por dos periodos constitucionales, podrá ser elegido para otro periodo”, Tarde se dieron cuenta del error: el segundo período del presidente aún no terminaba. Entonces en el tercer debate en la Comisión Primera del Senado se hizo la corrección correspondiente: 'Quien haya sido elegido a la Presidencia de la República por dos períodos constitucionales podrá ser elegido…”.



Luis María Murillo Sarmiento M.D.

miércoles, 20 de enero de 2010

EL ARTE DE CURAR: HUMANIDAD Y CIENCIA

Las acciones de la medicina y de los profesionales de la salud en general, son en su mismo origen inseparables de la labor humanitaria, son indudablemente compasivas. Su quehacer tiene en la compasión origen, entendido origen en su doble acepción de nacimiento y fundamento: por compasión se emprenden, por compasión perduran. Y es que se necesita cierto enternecimiento por quien sufre para querer abrazar las ciencias médicas. Un misántropo no encaja en la asistencia. Las ciencias de la salud nacieron para curar, o para aliviar en su defecto, y se han mantenido y se perpetuarán para los mismos fines. Su objeto es el ser humano vulnerable, el ser humano frágil, rendido por la enfermedad, el dolor y el sufrimiento. Rendido por el dolor físico y por el dolor moral. Porque la humanidad a diferencia de la técnica, reconoce en la enfermedad una dolencia que rebasa el cuerpo y afecta la dimensión espiritual del hombre; aquello que no es físico ni orgánico, y que reúne lo inmaterial del ser humano: su alma, su psiquis, su mente, su intelecto, en últimas sus sentimientos, si se quiere negar lo trascendente.

El arte de curar demanda virtudes que sobrepasan en número y magnitud la de la mayoría de los oficios. Quien atiende a un enfermo no puede ser un desalmado. Debe ser sin excepción benévolo. Las cualidades que reclama el paciente, son a la vez las que se esperan de la medicina: compasión, caridad, generosidad, bondad, amabilidad, consideración, afecto, diligencia, que no son otra cosa que la expresión de la humanidad en alto grado. Luego la medicina y todas sus afines deben ser la materialización del concepto humanidad.

La humanidad se intuye, pero también se cultiva y se refuerza. De ahí la importancia de incluirla en los programas que forman a nuestros profesionales. Qué bien cabe en esta reflexión la exhortación del médico humanista Fernando Sánchez Torres cuando afirma que el médico no debe ser sólo componedor –mecánico- del cuerpo humano, sino que debe trascender lo simplemente corporal para ponerle arte a su oficio. Arte que es en sus palabras el alma, la pasión y el sentimiento.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

LA SANGRE DE SUS VÍCTIMAS RECLAMA EL EXTERMINIO DE LAS FARC

El secuestro y degollamiento del gobernador del Caquetá, Luis Francisco Cuéllar, por un comando de las Farc, es un crimen más en el largo historial de la barbarie del grupo terrorista. Uno más, porque son miles las atrocidades cometidas, y miles las que cometerán si no se las detiene. Pero es único y sobrecogedor como todo asesinato depravado. No se olvidará jamás el horror del collar bomba con que las Farc acabaron a una de sus víctimas. Y esos son apenas dos ejemplos de sus habituales demostraciones de sevicia. Las Farc son genocidas, en sus manos la humanidad perecería.

No merece la vida quien no es capaz de respetarla, todo derecho lleva consigo una obligación equiparable. Y no es difícil respetar la vida, truncarla es lo que para cualquier ser normal resulta insoportable.

¿Qué consigue un crimen repudiable, más que desear para los criminales la misma adversidad? ¡Si rehacer la Patria precisa la muerte de los subversivos –asesinos infernales-, abonemos el suelo con su sangre! Es lícita la destrucción de un genocida, es un derecho la defensa de la propia vida. No queda más alternativa que la aniquilación, no como conducta vengativa, sino como recurso final de una sociedad para someter a un agresor irredimible. Y pensar que su depravación es la encumbran los comunistas de América Latina hoy asociados en la Coordinadora Continental Bolivariana. Que su degradación es la que ganó la solidaridad del dictador venezolano que hoy esconde en su territorio a sus perversos cabecillas.

Una nación no debe arrodillarse ante sus victimarios, no puede perecer inerme y resignada. Un país de 45 millones de personas no puede dejarse arrinconar por ocho o diez mil facinerosos. Las Farc no sólo son enemigas del gobierno y de la fuerza pública, son enemigas de Colombia, luego todos los colombianos debemos participar en su aniquilación. Por más bárbaras que sean, no podrán sobrevivir a las armas del Estado.

Mano firme presidente Uribe. Más firme sí se puede. En un país de gobernantes pusilánimes, de líderes sin carisma o dispuestos a tranzar con los violentos, su talante resulta imprescindible.


Luis María Murillo Sarmiento

lunes, 16 de noviembre de 2009

UN ENFERMO MENTAL NO DEBE GOBERNAR A VENEZUELA

Llama a la guerra con Colombia el dictador venezolano. Cual ladrón que monta en cólera porque su víctima pone cerrojo a las puertas por las que pretendía colarse, Hugo Chávez, tan desvergonzado como cualquier malvado, ha perdido los cabales porque Colombia ha hecho acuerdos militares que obstaculizan sus planes delirantes*: Colombia no es tierra fértil para sus míseros proyectos. Expandir su carcomido socialismo en nuestra patria es imposible. Aquí son bienvenidos los norteamericanos; su democracia y su sistema nos convencen; nada supera la libertad que ellos defienden, libertad que agravia el vetusto proyecto del coronel venezolano. Cuanto menos le agrade ese convenio, al déspota, más lo defenderemos. Deja cierto placer hacer cuanto le amargue.

La mente del tirano está cada vez más trastornada. Enferma como la mente de todo hombre que pretenda dominar al mundo. Ante la mente enferma se precisa la atención psiquiátrica. Pero no en este tipo de hombres con poder, que se sienten intocables y niegan sus dolencias. En estos casos toca defenderse del enfermo.

La enfermedad mental contagia. En Venezuela, por fortuna, sólo aqueja a las mentes más endebles, en la Alemania de Hitler hasta las lúcidas se perturbaron. Acaso porque el líder de la nación bolivariana, aunque paranoide, mitómano, megalómano y maniaco, también es chabacano, y sus expresiones grotescas y chocantes previenen a quienes tienen algo más que él en su intelecto.

Es propio de quien pierde el contacto con la realidad aferrarse a proyectos fracasados. No más hace unos días que el mundo celebraba el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, símbolo de la ignominia que quiere revivir el dictador venezolano. El modelo de pobreza y aniquilamiento de la libertad propio de los regímenes comunistas se repetirá indefectiblemente. Ya lo estamos viendo. Un país que podría desarrollarse con sus recursos petroleros padece racionamientos de agua, de energía y de alimentos, mientras su presidente dilapida la riqueza en una revolución obsoleta y obstinada.

Con una constitución y unos poderes que sólo obran en su beneficio, se puede adivinar que Chávez no abandonará el gobierno de forma reposada. Sus abusivas intromisiones en el vecindario son el germen de un sentimiento que anhela acabar con el caudillo. En Colombia apenas las Farc celebran su invectiva, a los demás, en su contra, nos reúne.

El irrespeto a la soberanía de las naciones puede dar pie a que los estados afrentados se inmiscuyan en asuntos que sólo deberían incumbir a Venezuela. ¿Sería impensable que una alianza entre la oposición venezolana y los países molestos con su intervención lo derrocara? No es inconcebible, quizás es lo mandado. Medidas de excepción demanda la salud del continente.

Ni los venezolanos deben permitir que su país acabe en una dictadura como la cubana, ni las naciones latinoamericanas consentir que un desquiciado pretenda involucrarlas en su sueño imperialista, que reeditaría las atrocidades que vivieron los países de la órbita soviética. Nunca se debe desestimar al enemigo.

Chávez podrá ser un líder para Evo Morales o para Daniel Ortega, para los colombianos no pasa de ser un terrorista, en algo se nos parece a ‘Reyes’, el guerrillero dado de baja en Sucumbíos**.

Si los oprimidos por Chávez se sublevan, aciagos días esperan al caudillo. Triste final para un hombre que tuvo el poder para mejores cosas. El derrocamiento y la muerte no son ajenos a la suerte de todos los tiranos; quizás pase en la cárcel el resto de sus días.


Luis María Murillo Sarmiento M.D.

* Porque Colombia firmó un acuerdo que permite a Estados Unidos el uso de siete de sus bases militares en un programa conjunto contra el narcotráfico y el terrorismo, Hugo Chávez, presidente de Venezuela, llamó lacayo de la nación norteamericana a Colombia, mafioso a su presidente Álvaro Uribe y pidió a los venezolanos a prepararse para la guerra.
** Provincia del Ecuador donde fue muerto por las fuerzas armadas de Colombia el segundo comandante de las Farc y varios guerrilleros (1º de marzo 2008).

viernes, 13 de noviembre de 2009

DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD (CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA) - HUMANIDAD, ÉTICA Y BIOÉTICA

La humanidad no es simple sentimentalismo. El germen que transita los principios de no maleficencia y de beneficencia, alcanza en la humanidad su manifestación sublime. Efectivamente la humanidad mora en los terrenos de la ética; la bioética la tiene en sus dominios. La ética como disciplina del comportamiento humano, por fuerza la involucra. La contempla la bioética cuando vela por la dignidad e integridad de la persona.

El trabajo bioético advierte las tendencias intolerantes y crueles, fomenta la bondad, procura que la humanidad se infunda desde la cátedra, pero también que se vierta desde la alta jerarquía: desde la cima de la administración, desde los poderes del Estado. Busca que la violencia y la negligencia se transformen, como postula Diego Gracia -médico y bioeticista español-, en respeto y la diligencia. El objeto de la ética es la protección del débil; y retomando al mismo autor, debo afirmar que mientras la selección natural lo elimina, la ética lo cuida y lo preserva.

Los comités de bioética cumplen en últimas con el objetivo de humanizar la asistencia y la investigación sanitaria. Su función busca la armonía entre la técnica, la ciencia y la dignidad humana, en pos de un modelo ideal que como propone José Alberto Mainetti “integre la medicina de alta tecnología y la medicina humanística, con el objetivo de procurar los mejores intereses del individuo y de la sociedad”. Su papel es más que pertinente en un mundo que deslumbrado por las maravillas de la ciencia se olvida de los sentimientos. Bien señaló Gracia que la ética médica clásica era una ética de la virtud, mientras la actual está más centrada en el deber que en la felicidad.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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viernes, 30 de octubre de 2009

DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD (CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA) - ¿QUÉ ES DIGNIDAD?

Los movimientos intelectuales, filosóficos y artísticos, como el humanismo griego (siglo V aC) o el humanismo del renacimiento (siglos XIV-XVI) al destacar al hombre y sus valores enaltecieron la dignidad humana. También la han destacado el humanismo cristiano –espiritual- como el humanismo materialista desde sus propias ópticas. Altruismo, como filantropía nacen de ella y convergen en ella. La dignidad es, pues, la esencia de la humanidad que demando en este texto. ¿Pero qué es la dignidad humana?

La dignidad, ateniéndonos a criterios de plena aceptación, es un bien absoluto. Con lo que se quiere expresar que es independiente de toda circunstancia. Ni el sexo, ni la edad, ni el credo, ni la raza, ni el estado de salud, ni el abolengo, ni la posición social, ni ninguna otra condición la subordinan. Es un valor fundamental inherente al ser humano, que no se otorga, sino que se debe reconocer indefectiblemente: deja de ser opcional, debe admitirse. Y como valor fundamental, es pilar de múltiples principios, que se traducen en el respeto por el ser humano y que deben, sin condicionamiento alguno, a todos cobijarnos.

Aunque incorporada -la dignidad- a todo tipo de leyes y tratados que hacen obligatoria su observancia, considero que debe ser su fundamentación filosófica y moral la que inspire su respeto, la que mueva la conciencia de los hombres.

“La superioridad del ser humano sobre los que carecen de razón es lo que se llama la dignidad de la persona humana” afirma Oscar Garay. Criterio ya expuesto en el siglo XVIII por Immanuel Kant, filósofo alemán. Planteó Kant el valor relativo del ser irracional, frente al valor objetivo de los seres humanos. Reconoció a las personas como fines en sí mismos y sentó el impedimento moral –al no ser cosas-de usarlas como medio y de utilizarlas para nuestros fines. Concluyó por lo tanto que el ser humano no tiene precio: tiene dignidad. Los seres humanos no son en consecuencia negociables, son, como dice el pediatra y máster en bioética Joan Vidal-Bota, únicos e irreemplazables

Dada por sentada la dignidad, sobre ella se erigen todos los derechos: a la vida, a la libertad, a la expresión, a la propiedad, al credo y todos los que las leyes, tratados y declaraciones universales a los seres humanos le conceden. A todos –lo resalto- en razón de que la dignidad es compartida por todos por igual, como un derecho natural por el sólo hecho de ser de nuestra especie.

Pero ese reconocimiento tiene, a mi parecer, implícitas ciertas condiciones. Por ser digno al ser humano se le trata con humanidad, pero por ser digno se espera que actúe humanamente. No se espera humanidad de otra especie hacia la humana, pero sí de ésta hacia las otras.

¿Pero qué ocurre cuando el ser humano abandona su condición racional y actúa de forma feroz contra sus semejantes? ¿Su dignidad-supuesta un absoluto- se resiente? ¿Se menoscaba ese valor fundamental? Seguramente. Pero el asunto, contradictorio y polémico, no tiene relevancia cuando la atención sanitaria es el tema central de lo que expongo. En salud el trato humanitario es un axioma. La cuestión es trascendente en lo penal y en la conducta hacia los delincuentes. Sostengo entonces que la dignidad no es un bien ilimitado y que sí demanda una responsabilidad mínima del titular de ese derecho, porque ser digno es ser, también, merecedor de algo. Sin tanta disquisición la sabiduría popular sostiene que hay respetar para que lo respeten.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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jueves, 8 de octubre de 2009

DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD, CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA - HUMANIDAD, HUMANISMO Y DESHUMANIZACIÓN

El sentido humano del comportamiento tiene un fundamento racional, pero también afectivo. Puede proceder de diversas corrientes filosóficas, pero también de la sensibilidad per se. Es tan universal que tiene raíces en el humanismo -movimiento antropocéntrico-, como en las filosofías teocéntricas. El hombre, bien como centro, bien como satélite, en las diferentes doctrinas, suele ser objeto de compasión. Razonado y convertido en doctrina, como expresión menos reflexiva, o como manifestación personal, el sentimiento humanitario corre paralelo a la historia del hombre, porque la humanidad es una característica de nuestra especie. No se espera caridad de un animal irracional. La preocupación por el débil, por el afligido, por el enfermo es universal. Con toda razón ese sentimiento está presente en el surgimiento de las ciencias médicas.

Las filosofías antropocéntricas con su discurso sobre la dignidad humana, y las doctrinas teocéntricas con la prédica del amor hacia los semejantes como precepto divino, tuvieron papel preponderante en el alivio de los males terrenales. Muchos siglos antes de Cristo los templos fueron albergue de enfermos y desamparados. Y ni qué decir de la edad media en que las órdenes religiosas se dieron al cuidado del enfermo y a la creación de hospicios y hospitales. Ni la interpretación del sufrimiento como manifestación de pecado contuvo la piedad por los dolientes.

Llama en cambio la atención que la maquinización y la producción a gran escala, a diferencia de los movimientos intelectuales, filosóficos y religiosos, suele alejar al hombre del sentimiento humanitario. Ejemplo de ello pueden ser la revolución industrial –de inobjetables beneficios- y, en nuestros días, la obsesión por la productividad sin tregua que se cuela en todas las labores. Las ansias de poder y de dinero suelen cegar al hombre y su deslumbramiento puede atropellar muchos valores. Pero ni la producción, ni la economía, ni la ciencia, ni la tecnología encarnan las adversidades de la humanidad: por el contrario, en ellas funda el mundo su progreso. La ruptura entre ellas resulta por tanto inaceptable, porque en ningún momento son contradictorias. Sólo basta que la ciencia y la tecnología discurran por cauces morales aceptables. Ese es el papel que le encomendamos a la ética, y más recientemente a la bioética.

Pero la falta de humanidad puede transitar caminos todavía más temerosos. Su detrimento conlleva un endurecimiento que no conoce límite, un desdén de la beneficencia y un desprecio por el principio de no maleficencia, que concluye en los comportamientos más perversos que hacen posible los descuartizamientos y masacres que parecían inconcebibles, pero que hoy son tan frecuentes como el pan del día. Lejos estoy de imaginar la salud de tal manera envilecida, pero si degradada por un entorno en que la afrenta a la dignidad de la persona se ha vuelto cotidiana.

La tendencia deshumanizante vuelve al hombre al escenario natural de las especies, a la selección en que el más fuerte –y en este caso el más perverso- sobrevive, mientras se extinguen el bueno, como el débil. Una premonición apocalíptica que suprime de la Tierra definitivamente la compasión y la piedad.

La humanidad, como conjunto de obligaciones que se intuyen, es un deber moral más que legal, pero de obligatorio cumplimiento. Es un deber prima facie que debemos observar para hacer grato el paso por el mundo.


LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

DESHUMANIZACIÓN EN LA SALUD (CONSIDERACIONES DE UN PROTAGONISTA) - ¿QUÉ ES HUMANIDAD?

La humanidad es un término de ambiguas acepciones, tan incierto como la condición humana. “Errare humanun est” -humano es equivocarse- afirma la sentencia. Y por humano se agravia, pero por humano se sufre, por humano se injuria, pero por humano se consuela. Esa aparente contradicción del vocablo, resume en últimas, con precisión, al hombre.

La humanidad, es un fruto particular de nuestra especie; así se conjetura. Un logro propio de seres racionales, de entes con libre albedrío y con conciencia. Ante ese axioma no cabe esperar comportamiento semejante de los animales, pero sí de los hombres hacia ellos. No obstante la razón flaquea cuando la mascota mima al amo, y el amo –en esencia racional- procede con toda crueldad contra los animales. Imagen surrealista se arruina toda argumentación sobre la superioridad de la razón humana.

Pero porque el hombre es humano es posible humanizarlo. La humanidad es a la luz del diccionario la compasión de las desgracias de nuestros semejantes, y en ese sentido ha de entenderse a lo largo del presente escrito. La humanización aspira a que las personas hagan el bien, que se sintonicen los hombres con la bondad y con las buenas maneras. Hacerlos benignos es humanizarlos. En su transformación el bien y el mal, eterno conflicto de la naturaleza humana se resuelve a favor del débil, del necesitado, del que sufre, del que siente; de todo aquel sensible a nuestros actos: en potencia todo ser humano. Y aunque la humanidad abraza el bien y reprueba las acciones malas, paradójicamente también comprende al infractor, incluso lo perdona.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO M.D.

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