martes, 21 de noviembre de 2017

DE LOS ESCÁNDALOS DE HOLLYWOOD Y LA CORRUPCIÓN DE LA SOCIEDAD ENTERA

De nuevo el mundo se rasga las vestiduras por un escándalo sexual. Muchas veces lo ha hecho para enmascarar su hipocresía, como protagonista de hechos peores que ocurren en su intimidad. Esta vez, a más de la doblez de los allegados del protagonista, que ahora lo repudian, está la indignación de la multitud que juzga con aparente ingenuidad la vieja costumbre de los favores sexuales a cambio de la fama.
Casi un centenar de actrices en busca de la gloria terminaron siendo víctimas de Harvey Weinstein, el productor que podía hacerles realidad los sueños.
La indignación, en este caso, más que juicio ponderado es arrebato. Un dictamen sesgado que pierde de vista la mitad de los hechos.
Que el productor haya aprovechado su poder, como tantos machos sin escrúpulos, para conseguir lo que cualquier hombre honrado procura de una mujer con respeto, maneras amables y galantería, es indudablemente condenable. ¿Pero esas revelaciones tardías de las víctimas -los casos datan de 1980- no resultan sospechas? Si a cambio de la fama se oculta la agresión sexual, la culpa con el abusador es compartida.
A diferencia de quien reducida por la fuerza invencible del agresor se resigna al atropello sin obtener nada a cambio, en este caso la concesión o el ocultamiento del supuesto abuso iba en pos de un beneficio. Por eso la denuncia resulta extemporánea. Primero había que esperar el resultado de la acción pecaminosa.  
Lo que dos seres humanos trancen en su intimidad sexual no es de mi incumbencia, ni de la de nadie. Que mientras no se cause daño, la gente sea dichosos con la libre expresión de sus instintos. Pero qué triste es que el sexo, que tiene otra finalidad, se haya convertido en moneda con la que se tranzan acciones criminales. Hoy se soborna con favores carnales, no solo con dinero. El sexo compra influencias, paga servicios, se ofrece, se exige, se comercia, se tranza en las altas esferas sociales, se negocia entre los delincuentes, sirve de puente entre el bien y el mal, es el incentivo por el que el hombre honrado se tuerce. Es, en fin, una magnífica carnada.
Por eso, quedarse solamente con la idea de que Weinstein es un “depredador sexual” es hacer una interpretación ligera del asunto. Es no ahondar en la degradación del comportamiento social y en el campo de las trasgresiones que pacta el hombre para satisfacer sus intereses.
Todo hace parte del espíritu corrupto del ser humano, en que por igual son culpables quien ofrece como quien recibe. Luego no es inocencia dejarse sobornar. Inocencia es resistir, inocencia es denunciar.  Pero hoy, corrompidas hasta las altas cortes, los involucrados buscan pretextos para demostrar que son honrados. En una tergiversación amañada de las responsabilidades. Se proclaman inocentes porque siempre el otro fue el culpable. La falta, aducen, es de quien instiga. ¡Falacia! La falta es también de quien accede.
El ser honrado es recto. Siempre se mantiene erguido, impávido ante la tentación por fuerte que resulte.

Luis María Murillo Sarmiento MD. 

sábado, 14 de octubre de 2017

MI ÍNFIMO SER, MI MUNDO INFINITO

Tan infinita es la creación que hasta la Tierra que me parece inmensa no alcanza a percibirse en la enormidad del universo. La Tierra es nada en la grandiosidad, y yo soy la nada de la nada. Y, sin embargo, en mi ser inapreciable el universo cabe. Cosas del Creador que domina lo infinito, que da infinidad a todo lo creado: al macrocosmos y al microcosmos. Que hace caber lo gigante en lo minúsculo.
No soy yo y el efímero instante, no soy yo y la aparente brevedad de mi vida, no soy yo y el estrecho lugar que me envuelve. Existe dentro de mí un mundo espacioso y profundo de sentimientos, pensamientos y sucesos infinitos: un universo entero.
No estoy circunscrito al tamaño inapreciable de mi ser, no existo en virtud de la cantidad de seres que me adviertan. Existo por mí y para mí, tejiendo un entramado que con la lucidez de mi razón y la fuerza de mi voluntad llegará a ser laudable o reprochable.
Mi historia es más que mi diario, es la de mis padres, la de mis abuelos, la de quienes me antecedieron y sembraron en mí sus recuerdos; la de mis hijos, la de mis nietos, la de otros seres que llegarán para trazar, sin querer, mi futuro. Será el devenir en otro mundo sin la carga pesada de mi cuerpo.
Soy la imaginación que no deja de zurcir pensamientos. Que reflexiona, concibe y discierne. Que fabrica ilusiones, y tal cantidad de nociones produce, que si materiales, necesitaría un lugar inmenso para conservarlas. Pero en la mente infinita de mi ser limitado se guardan.
Soy un gigantesco manojo de afectos: de felicidad, de angustia, de dolor, de sueños y preocupaciones. El mundo es enorme, mi ventura pequeña para que lo inquiete. Y aunque lo externo se vista de sombras, mi cielo se tiñe de azul, y refulge. Es mi subjetividad, a la que la mano divina ha encargado mi dicha.
Soy más que yo mismo, soy todos mis seres que en un mundo tenso yo amo y me quieren. La familia pequeña y extensa, los amigos que alegran mi esquina, las personas que luchan conmigo persiguiendo los mismos principios, las que respaldan las mismas ideas y se regocijan con mis ideales, las almas, en fin, que confiadas caminan conmigo.
Soy más que mi ser, mi mundo interior lo desborda. Un buen artista a pesar del detalle en la multitud como un punto me hubiera plasmado. Si acaso la cara, en un pincelazo burdo, hubiera pintado.
Del pincel prodigioso del Creador agradezco el detalle, el mundo admirable y sin límite, interno y externo, en el que yo existo.     
Me asombra el cuidado con que fui concebido, la prodigiosa conexión entre el todo y la nada, esa evolución admirable y constante, que sumido en la ciencia no admito fortuita. Más que la fe, es la razón la que admite que alguien muy grande inició lo creado.
Gracias Señor. La magnificencia de la creación me extasía, la grandeza de mi mundo interior me deslumbra, comprender la causalidad y la finalidad me ilusiona. Veo la bondad tras la humareda de las conflagraciones que los hombres encienden, entonces, la infinita gratitud que te debo en mí surge.  


Luis María Murillo Sarmiento MD.

viernes, 8 de septiembre de 2017

LA PAZ ESTÁ EN CAMINO, LOS ENEMIGOS DE LA PAZ NO EXISTEN

A las manos del carismático pontífice que nos visita han debido llegar los escritos de diversos autores de la Tertulia Acorpolista*: idealismo poético, angustia por la incertidumbre y pensamientos reflexivos sobre la paz que se confunden en un libro de 154 páginas, “La paz está en camino”, publicado con ocasión de la visita del pastor universal.

Con asombro un día encontré mi pensamiento incluido en el proyecto, y agradecido di el visto bueno para que pretéritas palabras líricas y pasadas opiniones sobre el proceso de paz brotadas de mi pluma terminaran en el mensaje al papa.

Escucho los pensamientos bondadosos expresados por Francisco con dulzura y siento, como pecador, la necesidad de contrastarlos con los míos. Creo que los versos en que invoco la paz y en que me entristezco con la mortandad absurda y fratricida se armonizan con su sentimiento, ¿pero qué hay de mi prosa que se exalta y que juzgan con dureza los acuerdos que ofrecen la paz estable y duradera?

La magnanimidad del sucesor de san Pedro me sonroja, al punto de tener que releer todos los escritos que sobre el proceso de paz he publicado. Al final el corazón hace una pausa y la razón retorna al análisis imperturbable de los argumentos. Me tranquilizo. Solo el devenir dirá si mis temores son justificados.

No soy enemigo de la paz, porque la ansío. Porque me ilusiono cuando, el material de guerra de las Farc, me dicen que será fundido; porque me alegra verlos lucir su traje de civil en vez del odioso camuflado; porque me complace verlos en vida de familia en zonas veredales; porque me regocija que la gente no escuche en el campo el traqueteo de sus fusiles, ni en las ciudades el estruendo de sus bombas. Pero me aterro cuando sus jefes a la sombra de la generosidad de los acuerdos dan señas de persistir en un modelo que no es otro que el ignominioso de Cuba y Venezuela. Cuando veo que la magnanimidad con un agresor despiadado va más allá de la rebaja de la pena y el perdón, y demanda la reforma de la Constitución para satisfacerlo.

¿Si el corazón auténticamente arrepentido -me pregunto- sufre, magnifica su falta, implora el perdón y anhela resarcir al agredido, por qué las Farc ocultan los bienes de la reparación y se señalan víctimas?  ¿Por qué quien ofreció el perdón a las víctimas al firmar el primer acuerdo de paz -en vez de suplicarlo-, insiste al lanzar su movimiento, en extender sus manos “en señal de perdón”, cuando solo los violentados pueden perdonar?  

Conozco el contenido del acuerdo, que casi nadie leyó por soso o por pereza; tiene la impronta de las Farc y sus ansias comunistas.

Quien deteste vivir en opresión debe saber que el comunismo es totalitario. ¿Y si a la dicha de una paz transitoria sigue la instalación progresiva de una dictadura cuál habrá sido, entonces, la victoria?  Las condiciones están dadas: no hay poder en Colombia que no se haya sido corrompido. Hasta los magistrados de las altas cortes delinquen como cualquier bandido. Cualquier populista de izquierda con carisma, que ofrezca solucionar los males -aunque no lo pretenda, ni lo intente-, tendrá de la masa el voto asegurado, y las Farc, que políticamente en este instante no significan nada, entonces podrán ascender al poder por puertas o resquicios que un gobernante con tal particularidad les abra.

Si ellos exigen leyes que prohíban el paramilitarismo, como si alguna vez nuestra normatividad lo hubiera permitido, nosotros exijamos que constitucionalmente quede blindada nuestra democracia. Que se la acate, que nadie, ni nunca, pueda coartar la libertad, que nadie deje de ser libre por expresar su pensamiento, que la pluralidad política se mantenga, que se respete siempre la propiedad privada.

Si tales garantías me dan las Farc y las leyes y reformas constitucionales derivadas del acuerdo me sereno; ni en cuenta tomo el pago de la reparación que ante el desinterés de las Farc saldrá de mi bolsillo, ni la tristeza de ver gente de bien tras de las rejas, cuando los culpables de los peores crímenes se libran de la cárcel. Y probablemente lo haga la mayoría de los que critican el acuerdo, porque los enemigos de la paz... no existen.

Luis María Murillo Sarmiento MD.

* Tertulia de Acorpol (Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro de la Policía Nacional)

sábado, 3 de diciembre de 2016

CAVILACIONES SOBRE LA COMPRENSIÓN

Intuimos la comprensión como una función eminentemente mental relacionada con el entendimiento, como tal, objetiva pero fría. Un juicio de la razón parece inconmovible porque está obligado a mantener la verticalidad de sus dictados que deben ser ajenos a los vaivenes del ánimo y del sentimiento. La comprensión como elemento del científico tiene que ser imperturbable. Pero en el campo de las relaciones humanas la comprensión sin perder objetividad tiene que adentrase en la subjetividad de las conductas. Ser objetivo, vaya paradoja, es penetrar en el mundo de la subjetividad para entenderla.
La voluntad confiere al hombre libertad para actuar de forma tal que a diferencia de las leyes naturales su pensamiento obedece a una lógica personal y no a una regla universal. En consecuencia, los cursos de su acción son “infinitos”. Pueden ser sensatos o imprudentes, buenos o malos, sesgados por el interés, cohibidos o animados por la creencia. Y aunque  a la luz de la moral sean reprochables –lo intachable no genera controversia- , sus motivos deben entenderse para que sea integral la valoración de la conducta.
El porqué de un comportamiento aporta enseñanzas al conocimiento de la mente humana con fines científicos o  con propósitos terapéuticos individuales de índole psiquiátrico o psicológico. Pero también, de manera menos profunda y sistemática, influye en la respuesta de los individuos a la acción de sus semejantes, como pilar de la convivencia en armonía. Entonces, la comprensión pasa de una condición rigurosa a una disposición afable, emparentada con el afecto y la empatía, que llega a enaltecer a quien hace ese ejercicio.
Conocer las motivaciones de un proceder puede ser sanador al conducir al perdón, más, cuando la contraparte aporta el arrepentimiento. Pero en sus extremos la comprensión puede inducir una peligrosa magnanimidad, en la que todo resulta disculpable; y en la que en franca distorsión aparecen condiciones tan extremas como el síndrome de Estocolmo, en el que la comprensión se convierte en unión afectiva con el victimario. En tales casos se precisa más razón y menos sentimiento. Realmente el ejercicio ponderado de la comprensión demanda un equilibrio entre lo racional y lo afectivo.
Pero dejando de lado las perversiones de este atributo, como la indulgencia irrazonable y desmedida, consideremos la comprensión que brota de la disposición afectiva -distinta a aquella que es competencia de la ciencia- como una auténtica virtud, porque traduce la bondad de quien quiere ser solidario ante el sufrimiento, de quien quiere compadecer en la desgracia, de quien anhela entender para disculpar, de quien reconoce la necesidad y espera servir, de quien quiere transigir en la diferencia y regocijarse con la satisfacción ajena.
Frente a las fricciones la comprensión ha de jugar un papel afortunado cuando las partes interpretan que se trata de una acción recíproca, de vasos comunicantes y no de embudo, con ánimo desprendido y generoso, en que no se pretende dominar ni someterse.   
La comprensión, en fin, aunque es una disposición natural, como instrumento de confraternidad y motor de las buenas relaciones humanas es imprescindible para la convivencia, y debe ser inculcada, fomentada y exaltada por quienes soñamos con un universo en armonía.

Luis María Murillo Sarmiento MD.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

MI VOTO POR EL NO, CONSECUENCIA DE UN PLEBISCITO AMAÑADO Y DE UN ACUERDO QUE ROMPE CON LAS NORMAS

Ya vive el país las dichas de la paz: el paro armado del ELN con sus ataques a la Fuerza Pública y la incineración de automotores, que anuncia la nueva Colombia con “paz estable y duradera” que ofrece el presidente Santos.
Ese es el país que nos espera, el mismo, aunque las Farc no existan. Porque la paz es más que un acuerdo con esos subversivos. La paz es el fin de toda la violencia, el control de todos los salvajes, el imperio de la autoridad y la justicia que asegure que no habrá más criminalidad, al menos colectiva, en esta tierra.
Plebiscito y acuerdo, cobijados premeditadamente con la bandera blanca de la paz, han desdeñado la blanca de la rectitud en razón de sus esguinces, que desafían principios del derecho y de la ética.
El plebiscito no es por la paz -primera tergiversación deliberada-, es por la ratificación de un acuerdo por el que las Farc desaparecen como grupo armado sin exponerse a las sanciones que merecen. Pero ni la connotación de su desmovilización puede llenarnos de optimismo. No existe la garantía de que sus miembros por cuenta propia no vuelvan al delito; no existe la garantía de que dejen definitivamente el narcotráfico.
El cuarto punto del acuerdo sobre “solución al problema de las drogas”, tan extenso y detallado sobre la sustitución de cultivos -que lo convierte en toda una reforma agraria manilarga-, y sobre prevención del consumo y “enfoque de salud pública” de los adictos, elude los aspectos penales de la participación de las Farc en el tráfico de estupefacientes. De sus 24 páginas, solamente tres y media se refieren a la “solución del fenómeno de producción y comercialización de los narcóticos”, sin hacer nunca mención a la responsabilidad penal ni moral del grupo subversivo. Peor aún, sin la garantía de no reincidir en el delito. Jamás se alude a las Farc como grupo traficante, pero sí a la “relación entre paramilitarismo y narcotráfico”, cual si fuera con los paramilitares el acuerdo. Y toda acción del Estado en la materia se advierte contra el crimen organizado, no contra los grupos subversivos. Solo cuando propone el documento “abordar el tema del esclarecimiento de la relación entre producción y comercialización de drogas y conflicto”, piensa uno que apunta al grupo guerrillero, y con la sospecha, por desgracia, de que servirá para sustentar el narcotráfico como delito conexo del político. Los cultivos seguramente seguirán creciendo, porque no se contempla otra arma que la erradicación manual que ya probó su ineficacia con la duplicación en solo un año de las hectáreas de coca cultivadas  
Tampoco respeta el acuerdo el ordenamiento jurídico, porque para satisfacer a los bandidos hace trizas la normatividad, desapareciendo con una sanción transicional toda la equidad de la justicia. La paz estable y duradera no la proporciona un acuerdo negociado con criminales que imponen sus condiciones para que la sociedad se libre de ellos. La proveen la autoridad y la justicia, soberanas e inflexibles. La debilidad en la autoridad y la impunidad en la justicia, animan al delincuente a ser cada vez más temerario. Por ausencia de esos dos principios cada vez vemos más vándalos, más atracadores, más homicidas, más corruptos.
El recuerdo de una negociación generosa con quien debía rendirse es una mala señal para los delincuentes que faltan por vencer. Es empoderarlos para que a tal punto llegue su osadía que el Estado no vea otro camino que negociar con ellos. Aún falta que el Gobierno negocie con el ELN, con los Úsuga, con los Puntilleros, con los Pelusos, y con cuantas bandas más surjan observando tan estimulante ejemplo. Y mientras tanto, la sociedad asombrándose de que no vaya a la cárcel un conductor que causa una muerte en medio de su borrachera. ¿Con qué argumento lo privamos de la libertad, si los crímenes más horrendos cometidos con toda la intención se dejan sin castigo? Y nos quejamos porque los paramilitares, igual de sanguinarios, solo pagaron 8 años tras de rejas. Es la inequidad de la justicia: si los crímenes de las Farc son excarcelables, todos, sin importar su autor, merecen amnistía. Al menos los subversivos mostraran arrepentimiento, pero qué duros, qué parcos han sido en demostrarlo.
Más que de paz tenemos que hablar de autoridad, porque cuando se negocia la autoridad, la autoridad se pierde. Y sin autoridad no hay paz. Este conflicto es fruto de su ausencia. Si el acuerdo es el modelo a seguir con todo delincuente, que se acostumbre la sociedad a ser subyugada por los malhechores.
El tema agrario, primer punto del acuerdo, realiza la reforma que las Farc no pudieron imponernos por la fuerza de sus armas. La Reforma Rural Integral, como se la denomina, es un plan iterativo en reparticiones gratuitas de tierra y en subsidios, que sin mayor examen se oye bien, pero que en profundidad es riguroso socialismo, que de seguro no aceptarían todos los colombianos que cabalgan por el “sí”, si hubieran leído el contenido del acuerdo. Son obligaciones del Estado, dirán con despreocupación quienes ignoran que el Estado es apenas un concepto y que sus recursos provienen de los contribuyentes. Pero es que nada hay más candoroso que un colombiano alegrándose por las condenas millonarias al Estado mientras es él quien las paga sin saberlo.
El tema de las víctimas, quinto punto, tampoco es para tragar entero. ¿Puedo perdonar yo lo que a otros les hicieron? ¿Qué fundamento filosófico tiene ese razonamiento? Que perdone el ofendido, no una mayoría de votantes que no sintió el martirio en carne propia. Que perdonen, si es que puede exigirse que lo hagan, quienes sufren la angustia de un familiar que raptado por las Farc aún no aparece. ¡Ah, si algo fuera del presidente Santos o los negociadores!
Los crímenes son estremecedores, no son una fría cifra de muertos. Vistos individualmente, cada uno es una crónica que desgarra el alma, pero son una mera estadística para quienes sin haberlos sentido tan alegremente los perdonan. ¿Hubieran aceptado Natalia Ponce y la familia del grafitero Diego Felipe Becerra la casa por cárcel para sus victimarios? ¿Merecen las víctimas de las Farc menos que ellos? Si alguna vergüenza y algún arrepentimiento tuvieran los guerrilleros de las Farc serían ellos mismos los que alguna forma de expiación pidieran. Luego no están a la altura de la generosidad de los acuerdos.
¿Y cómo van a reparar a sus víctimas las Farc? ¿Barriéndoles el andén? ¿Cuidando sus jardines? ¿Quién pagará las indemnizaciones?, si dicen las Farc que dizque están quebradas. Las pagará el Estado, es decir, los colombianos que no atentamos contra nadie. Urge por ello una reforma tributaria que solvente los billonarios costos. Por eso va primero, por conveniencia, el plebiscito. Luego la luna de miel con Santos terminará: cuando el primer mandatario presente al Congreso su reforma.
Modificar la Constitución y hacerle apéndices no es de regímenes maduros. Incorporar el acuerdo al bloque de constitucionalidad es menospreciar la Carta Magna, alterándola como quien hace un traje que agrade al delincuente. Definitivamente no se tiene noción de lo que una Constitución entraña.
La participación en política, segundo punto, parece una buena alternativa al uso de las armas. Es saludable que organizaciones políticas armadas -si bien las Farc han sido más un cartel del narcotráfico- hagan el tránsito a agrupación política, pero no, de nuevo, a espaldas de la Carta. Establece esta en su artículo 122 como inhabilidad para ejercer los cargos públicos las condenas por pertenecer a grupos armados ilegales, y la comisión de delitos de lesa humanidad o narcotráfico. Gracias a los arreglos de la justicia transicional de nuevo se burlará la Ley de Leyes. Que se funde el partido de las Fuerzas Armadas Revolucionar de Colombia, estoy de acuerdo, pero con gente limpia, o con la que ya no deba castigo por sus crímenes.
Vistas mis objeciones al acuerdo, documento en redacción penoso, profuso en la disonante jerga de género y paupérrimo en lo técnico y en lo gramatical, hago manifiestas mis réplicas al plebiscito.
Comienzo por decir que no es honrado. Porque no es honrado manipular los requisitos para asegurar un resultado. La ley 134 de 1994 determinó para la aprobación de un plebiscito la mayoría del censo electoral (hoy 17449973 sufragios), pero hace un año, pensando ya en la refrendación popular de lo acordado, se reformó la norma mediante la Ley Estatutaria 1757 del 6 de julio del 2015, en la que solo se exigió la participación de más de la mitad del censo electoral vigente (8724987 votos para su aprobación). Temeroso el Gobierno de no contar con los sufragios necesarios hizo aprobar a las volandas la Ley Estatutaria 1806 del 24 de agosto del 2016, que redujo el umbral aprobatorio al 13% hoy conocido (4536993 sufragios). Si no es fraudulenta la rebaja, ¿con qué adjetivo he de tildar una reducción de 13 millones de votantes? Y el esguince ya se tenía planeado, pues otra ley tramposa, la 1745 del 26 de diciembre del 2015, reformó la Constitución para que contrario a lo ordenado pudiera coincidir con actos electorales el referendo que entonces se pensaba que iba a ser el medio por el que se aprobara lo acordado. Como el pueblo poca cuenta se da de estos tejemanejes, que el juego sea sucio o limpio no ha importado.
De otra parte, mal puede ofrecer el plebiscito una paz estable y duradera, porque aun sin la presencia de las Farc, son muchos los escenarios de violencia. El uso de la paz en la pregunta es indebido, solo es un anzuelo para asegurar el voto. No es creíble prometer la paz a un país curtido por la guerra, que de conflicto en conflicto ha vivido desde su surgimiento. Por mera estadística es esa la tendencia. Sin haberse completamente emancipado ya peleaban centralistas y federalistas, en la Patria Boba. Ocho guerras más hubo en el siglo XIX, en cuyo ocaso la de los Mil Días fue el saludo a una nueva centuria cargada de conflictos. Contienda hubo durante todo el siglo XX: la liberal-conservadora y la que heredó el tercer milenio por obra de postulados maoístas y marxistas-leninistas. A la que se sumó la de la delincuencia organizada, con verdaderos ejércitos que imponen su ley en pueblos y ciudades, extorsionan, asesinan, fuerzan paros armados y se burlan del Estado. A los ya conocidas se sumarán los disidentes de las Farc y buena parte de los desmovilizados.
Que gane o pierda el plebiscito parece secundario porque en este país en general no cambia nada. Cambian los protagonistas, pero siguen indemnes los problemas. Se depuró el Congreso con la Constituyente, pero el Proceso 8000 demostró que el nuevo parlamento era igual o más corrupto; se acabó con el cartel de Medellín, pero aparecieron los Úsuga y los Rastrojos, por solo mencionar unos ejemplos.  Sin embargo, por la seriedad de lo tratado, es deber de todo ciudadano ahondar en el objeto de sus decisiones. El colombiano, empero, es poco reflexivo. Intuyo la ligereza con que decidirá su voto. Por vocación es facilista y no va a leerse lo acordado. Humildemente agacha la cabeza, es resignado, de pronto le faltó más herencia indígena altiva y obstinada. Se prevé que gane el “sí”… indefectiblemente.
No sé si votar con el corazón sea decir “sí” al plebiscito, por aquello del perdón, o decir “no”, por un dolor solidario con las víctimas que no debe pasar inadvertido. Pero votar con la razón es sopesar los puntos del acuerdo, valorando si realmente sienta los pilares de una paz estable y duradera. Mi análisis me obliga a mantenerme en inflexible negativa, con tal convencimiento, que sería mío el único voto si solo un sufragio por el “no” tuviera el plebiscito.
Si gana el “no”, y de verdad la paz nos interesa, nada impide, aunque el Gobierno mentirosamente afirme lo contrario, que volvamos a negociar lo rechazado. Amenazar con la guerra si no se vota “sí”, si no es coacción es un dislate. Igual los pusilánimes dijeron para que Uribe no fuera presidente. La historia demostró que no era cierto.  
Si gana el “sí”, celebremos todos que una guerrilla tan letal se encuentre desarmada, aunque se hubiera podido pactar su desmovilización cediendo menos. El falso maquillaje de la paz mejorará la inversión en nuestra patria, y de pronto podamos ufanarnos de tener un nuevo Nobel. Esperemos que el tiempo diga cuán infundados son los riesgos que animan mis temores. Ojalá nunca vivamos el esplendor del socialismo que reina en Venezuela.


Luis María Murillo Sarmiento MD.

lunes, 18 de abril de 2016

EL IDEALISMO CUATRO SIGLOS DESPUÉS DEL QUIJOTE

Aunque tiende el mundo a descarrilarse por el peso de la masa que marcha por inercia o en contravía de lo edificante y lo exquisito, existen siempre soñadores que se imponen la responsabilidad de hacer de la humana una especie preeminente. Soñadores que encumbran lo bello, románticos que exaltan el amor, filántropos que enaltecen la bondad, creadores que elevan la ciencia, quijotes de lanza en ristre y armadura espiritual dispuestos a las causas nobles. Luchadores a los que la adversidad, aunque triunfe, nunca los derrota.  
Siempre habrá hombres que sueñen por los conformes con su realidad precaria y por los resignados a su módica verdad; siempre habrá hombres que conciban mundos ideales pensando en los demás. Seres para los que el propio interés es secundario y su ambición, entrega generosa; representantes del idealismo auténtico, aquel que no forja universos personales sino mundos en los que toda la humanidad tiene cabida. Idealista no es quien simplemente sueña, sino quien involucra a la naturaleza y a sus semejantes en sus sueños.
Sueña el loco, con la razón perdida; sueña el ingenuo, con su alma limpia y engañada; sueña el hombre lúcido y virtuoso con la fuerza de su argumentación inquebrantable. Todos la realidad transmutan, pero serán idealistas solo en la medida en que conciban una realidad magnificente.
Cuanto más material el mundo, más necesita de idealistas. No para arrasar lo material: para perfeccionarlo. Porque lo material no necesariamente se opone a lo sublime. No es materialista el científico que explora el universo para enriquecer el conocimiento de los hombres, ni el investigador que lucha contra las enfermedades para erradicar el sufrimiento, ni el justo que aspira a que lo material alcance para todos y no existan más pobres en la Tierra. El sueño, el medio y el fin enaltecen o rebajan las aspiraciones materiales. Serán, a diferencia de aquellos, materialistas sin grandeza, incluso miserables, los que buscan el conocimiento con ánimo usurero y los que hablan de justicia social sembrando encono y guerra. Se es idealista en la medida en que se sueña en lo material con fines nobles.
De los protagonistas inmortales de Cervantes, Quijote y Sancho no encarnan personajes antagónicos; no es el linaje, sino el ánimo, la bondad de espíritu la que da sustento a su hidalguía. Ambos, entonces, son hidalgos, cuyas diferencias se complementan y se integran. Igual, la humanidad no debe verse dividida entre sanchos y quijotes, sino perfeccionada por idealistas y materialistas que practiquen la bondad. Solo el bien y el mal son una división inconciliable.
Ver feliz al mundo es el ideal sublime, y la felicidad trasciende lo tangible. El Homo sapiens, sin embargo, acaso por falta de modelos -es un imitador impenitente-, ha ido anclando la fuente de su felicidad a lo corpóreo, olvidando su condición superior que le abre las puertas a las dichas trascendentes del espíritu, que residen en lo mental, en lo moral, en lo cultural, en lo afectivo y en lo religioso, desde luego. Acciones, principios, valores que engrandecen al ser humano y lo trascienden tras su muerte. ¿Podría ser, acaso, otro su legado?
El mundo en su decadencia está necesitando idealistas que lo encumbren, seres que con sus sueños perfeccionistas lo lideren. Ya no románticos de buenos sentimientos a los que todo se le va en deseos, sino adalides capaces de convertir en existencia real las utopías. Soñadores cuerdos, humanistas dotados de razón iluminada, de discernimiento claro, de sabiduría y de buen juicio moral en busca del bien universal. Ansiosos de contagiar su aliento a la multitud reacia que en su inercia se resiste a lo sublima, porque convertir un ideal en realidad demanda esfuerzo. La masa para lo intelectual es perezosa.
Se necesitan quijotes, en la más alta acepción de la palabra, que conduzcan a sus sanchos, y que encaminen a los descarriados por la noble senda del fiel escudero. 
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

LA ADOPCIÓN DE NIÑOS POR HOMOSEXUALES, UN EXPERIMENTO SOCIAL - Entre la sabiduría y la fuerza del poder



Las parejas homosexuales podrán tener hijos. No es un milagro de la naturaleza, tampoco una proeza de la ciencia en la que dos óvulos o dos espermatozoides originen una nueva vida. Es apenas el fallo de una corte con pies de barro1.
El problema no es que los niños se vuelvan homosexuales, aunque un ambiente propicio pueda favorecer, en quien tiene la predisposición, el desarrollo de esta condición; ni que Dios vaya a condenar a los gais y a sus defensores -si acaso una sonrisa ha de despertar en el Todopoderoso la torpeza humana-, sino que una criatura que por naturaleza tiene derecho a papá y mamá  deba someterse, sin haberlo consentido, a un entorno familiar extraño para satisfacer el capricho de unos adultos que anteponen su interés al bienestar de los infantes. . 
¿Será que quienes hoy celebran el fallo de la Corte hubiesen querido por padres a dos mujeres o a dos hombres? ¿Qué sustento moral tiene que obliguemos a otros a consentir lo que para nosotros mismos no admitimos? Viciado proceder que hizo carrera con la despenalización del aborto, en el que se cercena la vida desde el vientre por el querer de quienes no vieron su vida intrauterina amenazada. ¡Qué extravío! ¡Qué obstinación! Ese es el ser humano: egoísta y sórdido, indolente, indiferente. En quien el bien es un capricho utilitario; y por el interés egoísta de una minoría un niño bien puede ser sacrificado.
Realmente la adopción por homosexuales implica un asunto de profundo discernimiento ético que los peticionarios con apreciación sesgada por el interés particular no pueden resolver, pero sí, y en forma impecable, deberían hacerlo los magistrados de una corte, en quienes deben concurrir la imparcialidad y los atributos morales e intelectuales que demandan sus transcendentales decisiones. Han sido, sin embargo, los miembros de esta corte –salvo dos salvamentos de voto- demasiado corrientes, con pensamiento de poca hondura y a la moda –que siente que debe colmar a la minoría con privilegios- que hasta ha tenido que recurrir a los sofismas
La adopción no puede tener otra finalidad que la protección del niño. Luego priman los derechos del niño sobre los gustos de una minoría. Para acomodar su fallo a tan indiscutible axioma, la Corte deduce que impedir que un menor tenga una familia fundándose en la orientación sexual de una persona restringe de forma inaceptable los derechos del niño. El argumento a la luz de la lógica es sofisma, a la de la moral es un engaño. ¿Subestiman los magistrados de la Corte la inteligencia de quienes los juzgamos? Porque por poderosos que sean y a la altura de la divinidad de crean han de saber que son objeto del juicio moral, más íntegro, escrupuloso y exigente. Igual podrían argumentar que tomar en cuenta la capacidad mental o la calidad moral del adoptante restringe el derecho del expósito, y admitirían la adopción por retrasados mentales y bribones.
Desde luego que toda limitación reduce el potencial de adoptantes, pero si de la salvaguarda del menor se trata tienen que existir impedimentos. De hecho sobran hogares heterosexuales para recibir a las criaturas. No son los gais el único recurso. Y hay que tener presente que el proceso parte de una demanda para que los homosexuales puedan adoptar, nunca de que se esté violando a los niños el derecho de adopción. Luego intencionalmente confundieron las premisas para llegar a una conclusión improcedente. No es por el derecho de los niños a un hogar que parejas homosexuales deben adoptar.
Tampoco se trata de considerar perverso el cuidado de un niño por un homosexual, de sobra la historia nos muestra, de ellos, una multitud virtuosa. Pero la adopción implica más que cuidado: es la crianza en un entorno de franca intimidad homosexual. Entonces, no tergiversemos la esencia de la naturaleza pretendiendo que dos individuos del mismo sexo representen a papá y mamá.
Defender los derechos de los niños no es atentar contra los de los homosexuales. Y en este caso, por involucrar terceros –los menores- es válida la intervención de la sociedad. En otras circunstancias probablemente no proceda la injerencia. Tienen ellos todo el derecho a la vida privada, a ser felices a puerta cerrada, sin hacer público lo íntimo, sin escandalizar ni desafiar; tal como debe ser el comportamiento de todo ser humano, independientemente de su inclinación sexual.
La adopción como experimento
Cuando miles de millones de seres humanos en toda la historia de la especie han tenido padre y madre resulta extraño que tratemos de imponer la idea, en su reemplazo, de dos padres o dos madres. Y llevarlo a la práctica, independientemente de los adjetivos con que se califique el hecho, es un experimento. Lejos estamos de poder demostrar con honestidad que la orientación sexual de los padres no incide negativamente en el desarrollo de los hijos, como se ha afirmado. Con unas cuantas observaciones del ínfimo porcentaje de niños expuestos a este ambiente, frente a los miles de millones que constituyen la humanidad actual, no se puede lograr una conclusión si atenuantes; más cuando son los parcializados partidarios de la adopción por homosexuales los que presentan los halagadores resultados. Ha de saberse que sus contradictores también sustentan con estudios -con resultados adversos- su oposición a la adopción. Luego no existe por el momento un estudio suficientemente amplio y riguroso que nos conduzca a inobjetables conclusiones. Por el momento no hay más que manipulación de la verdad. En consecuencia, el fallo ha dado vía libre, irresponsablemente, sin las debidas consideraciones bioéticas, a un experimento. Y no son los jueces, sino los bioeticistas y los comités de bioética los que autorizan las investigaciones.
Estoy convencido de que verdaderos expertos en el tema no fueron consultados. Tampoco los niños, porque ¿qué puede importar al adulto omnisciente el concepto de un menor? Menos importante, aun, tomar su parecer cuando se pretende disponer de él como un objeto.
Hubiera sido bueno saber que piensan los niños de la adopción por gais, porque su parecer puede ser, por la similitud con la población que se verá afectada, predictivo de la reacción de los niños que adopten los homosexuales. Como de la reacción de la población infantil ante niños de hogares tan disímiles. Pensemos que por más adopciones de este tipo que se lleven a cabo los hijos de parejas gais siempre representarán lo irregular –una pequeñísima minoría atípica- frente a los hogares estándares. ¿Será que acallaremos a los niños para que su ingenio candoroso y franco no incomode con sus comentarios? ¿Les impondremos leyes contra la discriminación como las mordazas con que hoy se coarta la libertad de expresión de los adultos?
Ha dado la corte el banderazo para un experimento social sin garantías. Sin seguridad para los sujetos objeto de investigación y obviando todo consentimiento. Sin considerar si el ensayo es realmente necesario y benéfico para la sociedad, sin la certeza de que no causará perjuicio mental o emocional, sin tomar precauciones ante un posible daño, sin tomar en cuenta la libertad del afectado para abandonar la prueba, sin advertir las restricciones que imperan en la investigación con seres vulnerables. En fin, violando todos los postulados éticos.
Se aprovecha la falta de acudientes para disponer de los niños a su arbitrio. ¿Darían los padres biológicos autorización para este tipo de adopciones? Dar un hijo en adopción no siempre entraña desinterés, por el contrario, muchas veces constituye un sacrificio en espera, para el vástago, de un mejor futuro. ¿Pero será el que les augura la Corte un mejor futuro?
Un Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) indiferente
¿Quién es en este caso el defensor y representante de los niños? No lo es el ICBF, que se ha manifestado con competencia, pero sin conocimiento; y que sin investigar y reflexionar seriamente el tema emite opiniones ligeras. Argumentar la discriminación sexual de los posibles padres, por ejemplo, es exabrupto. Es la naturaleza, sencillamente, la que los discrimina: ni con Corte de por medio, los homosexuales concebirán hijos. Que intenten engendrar dos mujeres o dos hombres a ver si lo consiguen.

¿Si la adopción tradicional es muchas veces percibida como estigma, cómo se sentirán los adoptados por homosexuales? ¿Les impondrán a niños mayores, con capacidad de razonar, padres homosexuales en contra de su voluntad, con el fingido pretexto de su protección?

He revisado un documento de 44 páginas2 en el que el ICBF da concepto “científico” sobre estas adopciones. Muestra, realmente, un sesgo hacia ellas, reuniendo exclusivamente conceptos y publicaciones favorables a la adopción por parejas del mismo sexo, y omitiendo la literatura con conclusiones opuestas. El manejo poco riguroso y parcializado de la información resta crédito a una conclusión científica.
Es tan notorio el interés en demostrar la bondad de tales adopciones que se excede en resaltar cualidades de los homosexuales y en señalar flaquezas de los heterosexuales, llevando al lector a concluir que el hogar tradicional es un peligro. Sorprendentemente descubre que solo el  2.7% de los indiciados por delitos sexuales son homosexuales mientras la mayoría de los agresores son heterosexuales. El incauto descubrirá más integridad en los primeros. Treta estadística, sencillamente. Ese es el porcentaje esperado de gais violadores en una población –la homosexual- tan reducida. De que de parejas heterosexuales nazcan los homosexuales ni Simón el Bobito se hubiera sorprendido. ¿De qué otra forma se puede obtener un óvulo y un espermatozoide?
La alusión que el documento hace a centenares de artículos no basta. En todo trabajo serio las referencias, para el debido análisis, son obligatorias. Sin dominar el tema del nivel de evidencia y grado de recomendación, el concepto del ICBF apenas se detiene en una entrevista con el psicólogo David Brondzinsky, autoridad en adopciones. Lastimosamente las opiniones de expertos solo ocupan el último lugar en la escala de evidencia. Positivo sí es que recomiende que los niños sean escuchados. ¿Serán oídos?
Epílogo
Resulta inevitable preguntarse hasta dónde el criterio de unos pocos con poder puede decidir asuntos fundamentales, sobre todo cuando va en contra del parecer mayoritario; más en estos tiempos marcados por el sesgo que solo busca empoderar a la minoría por su sola inferioridad numérica. Parece civilizado y sabio el acuerdo tácito social que pone en manos de instituciones pulcras el arbitraje de las diferencias. ¿Pero podrán tener carácter de veredicto final las decisiones que se toman sin esmero moral ni lucidez intelectual, por desidia, por ineptitud, o porque sencillamente no se busca el bien superlativo? 
Es triste ver que la ensalzada democracia, fundada en el poder del pueblo, termina a veces en instituciones dictatoriales que sojuzgan a los ciudadanos de donde emana su poder. Es entonces cuando uno piensa que es imperativo que el constituyente primario las refunde.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.
1. El 4 de noviembre del 2015 se conoció la decisión de la Corte Constitucional de Colombia de permitir la adopción de niños por parejas del mismo sexo.
2. “Concepto de carácter científico relacionado con los efectos que para el desarrollo integral de una niña, un niño o un adolescente podría tener el hecho de ser adoptado por una pareja del mismo sexo” (http://www.icbf.gov.co/portal/page/portal/IntranetICBF/organigrama/oficinas/asesora_juridica/Control%20Constitucional/Docs.%20intervenci%C3%B3n%20ante%20la%20corte/Rad.%20No.%20S-2014-230523-0101%20octubre%2024%20de%202014.pdf)

miércoles, 12 de agosto de 2015

ENTRE LA PLUMA Y EL ESCALPELO - UN GINECÓLOGO EMBEBIDO EN LAS LETRAS*



Médicos escritores han sido más que los que imaginamos. Probablemente la mayoría han pasado desapercibidos. Ni el paciente supo de las ocupaciones literarias, ni el lector de las actividades médicas. Acaso porque sobresalieron tanto sus letras que para su gloria solo se tuvo noticia de la actividad literaria, o porque el ejercicio médico fue tan notorio que el producto de su pluma pasó prácticamente inadvertido. También, no pocas veces, la literatura ha resultado una actividad solitaria y casi clandestina.

Del largo listado de médicos escritores solo aludiré a unos pocos, cuya mención podrá sorprender, dando validez a mis afirmaciones. Médicos escritores fueron el francés François Rabelais (1494 -1553), el ruso Antón Chéjov (1860-1904), el escocés Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), los españoles Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Pío Baroja (1872-1956), Gregorio Marañón (1887 -1960) y Pedro Laín Entralgo (1908-2001). Y entre nosotros César Uribe Piedrahita (1897-1951), Alfonso Bonilla Naar (1916-1978), Fernando Serpa Flórez (1928-2001), Manuel Zapata Olivella (1920-2004), y es Juan Mendoza Vega, actual presidente de la Academia Nacional de Medicina.

Mi vocación de la niñez a nuestros días
La vena literaria de mi padre me deslumbró siempre, y desde mi niñez quise emularla. Los centros literarios que se llevaban a cabo en el colegio el último día de la semana fueron mi tribuna. A veces me seducía la melodía de los versos, otras veces inflamaba mi pluma la imperiosidad de una crítica. Cincuenta años después descubro que sigo siendo el mismo, el arrobado con la literatura, con un blog bautizado Prosa y Poesía, y el exaltado con los sucesos diarios, que no puede dejar de opinar, con el blog titulado Reflexión y Crítica. Entre tanto, la atracción que ejerció la medicina desde mis años escolares me ha conducido por la ginecología, por la laparoscopia, por la colposcopia, y como actividad  médico filosófica por la bioética.

El médico bioeticista Pedro Sarmiento escribía en el prólogo de mi novela Seguiré viviendo que yo era médico por accidente, señalando la literatura como mi verdadera vocación. Debo decir al respecto que me siento por igual escritor que médico. Y que prevalece mi actividad médica solamente porque de ella derivo mi sustento. Con la literatura probablemente no habría sobrevivido. No soy mercantilista y no me imagino cobrando a mis lectores, no cuando siento que me honran cuando leen mis libros.

Extraña fascinación la mía. Escribo por necesidad, por la imperiosa necesidad de dejar un testimonio bien escrito  de mi relación intelectual o afectiva con el mundo.  Sin la constancia de mi pluma consideraría una invención, una mentira, mi paso por la tierra. Narcisista, quizá, disfruto leerme, pero poco pretencioso no demando lectores. De todas maneras siempre encuentro un receptor que se sintoniza con mi pensamiento.

La medicina no despertó, pero si estimuló mi pluma. Mi afición por las letras antecedió mi gusto por la medicina y me ha acompañado siempre. En Cartas a una amante, su protagonista –mi alter ego- lo proclama: “Mi oficio es escribir. No me concibo sin papel ni pluma, sin pensamientos, sin sentimientos, ni opiniones. La injusticia me inflama y únicamente escribiendo mi exaltación  se calma, el amor me conmueve hasta transformar las palabras en delicados mimos, la tristeza me arrebata el aliento, pero no le quita energía a mis palabras”.

Me agrada escribir lo que siento que puede degustar la razón o el sentimiento.  Lo dulce o tierno que embriaga el corazón, o lo reflexivo o polémico que inflama el entendimiento o enciende el debate. Hay en el fondo de todo un ejercicio filosófico, al punto que más que la trama, en mis novelas importan los asuntos filosóficos. Alguna vez alguien que hacía un análisis de Seguiré viviendo me contestó ante mi explicación de que no era una novela de acción, que sí lo era: “es de acción mental”, afirmó rotundo.    

Los motivos del médico escritor
Cada ser es un mundo ancho y profundo. Difícil pensar que los motivos que me animan a escribir sean los mismos que otros médicos han tenido, ni siquiera podría decir que la visión profesional que compartimos tenga una influencia similar en nuestras incursiones literarias. En mi caso, la práctica de la medicina me ha abierto las ventanas a un mundo que anhelo mostrar a mis lectores. Una novela sobre un moribundo, ya publicada, y dos en plena producción, representan en mi haber la conjunción entre la medicina y la literatura. Un libro sobre la historia de las enfermedades infecciosas y un ensayo sobre la deshumanización de la salud constituyen otras expresiones de mi temeridad con la pluma.

Esa pluma me ha servido para criticar, para ensalzar, para especular, para proponer, para imaginar, para desafiar, para bromear, para soñar. De pronto para hacer justicia por mi cuenta, como lo expresa por mí el protagonista de Seguiré viviendo: “para someter al que somete, condenar al que se niega a perdonar, herir al que hiere, torturar al que tortura, esclavizar al que esclaviza, para brindar satisfacción a los hombres maltratados; y casi nunca para satisfacer agravios personales”.

Motivos de inspiración
Me inspiran a inscribir el amor, las frustraciones, la tristeza, la injusticia, el indescriptible paraíso del amor correspondido como la ausencia insondable del desamor, la noche ansiada y soñadora, o la llena de sombras y agonía. La libertad, la muerte, la mujer, la infidelidad, la bondad y la perversidad del hombre. Mi pluma se anima con la ciencia y con la historia, y se expresa en multitud de géneros, más que por aptitud, por necesidad del pensamiento. De ahí que ronde la epístola, como el artículo científico, el texto crítico como el poema, el ensayo como la novela o el cuento.

Son temas reiterados en mis textos el instinto, la infidelidad, los celos, los amantes, el comportamiento sexual, el matrimonio, los hijos, la infancia, la mujer, la naturaleza humana, la ternura, el odio, la irresponsabilidad, el bien y el pecado, la injusticia, la autoridad, la delincuencia, el trabajo, la productividad desenfrenada, la deshumanización, la sociedad, el capital, las ideologías políticas, el puritanismo, los fundamentalismos, la muerte y la espiritualidad.

Los estados de ánimo modulan mi razón y la inclinación de mis escritos. Voy de la resignación al envalentonamiento, del dolor a la dicha, de la templanza a la pasión, del acatamiento a la rebeldía, de la indulgencia al castigo. Vaivenes propios de la naturaleza humana que propician la comunión o generan la ruptura entre quien lee y quien escribe.

Relación entre el autor y el personaje
El protagonista puede resultar un buen recurso para que el escritor exprese lo que piensa, para que lo atenúe o lo resalte, lo vuelva interesante y lo sumerja en una trama exquisita. No disfruto, sin embargo, que el personaje enmascare el pensamiento del autor. Me confieso protagonista de mis obras. En lo intelectual el protagonista y el autor se identifican. No pocas veces, debo confesar, he sentido celos de que el protagonista termine adueñándose de mis ideas y el lector le atribuya al personaje y no al autor la paternidad del pensamiento. En nadie como en mí el autor habla a través de sus personajes.

Mi cosecha literaria
Epistolario periodístico y otros escritos es resultado primordialmente de la crítica directa, explícita, incluso beligerante, al mundo que me tocó vivir. Como médico inevitablemente dedico algunas cartas al juicio de nuestro sistema de salud. Otras veces la opinión la formulo a través de un personaje, es lo que ocurre en mis novelas (Cartas a una amante, Seguiré viviendo y dos en elaboración).

En mis poemarios (Del amor de la razón y los sentidos, Poemas de amor y ausencia, Intermezzo poético y Este no es mi mundo) el estímulo para escribir proviene del amor en todas sus expresiones (del pasional al filial y al patrio), de la nostalgia, la muerte, de la naturaleza, las angustias existenciales, la maldad y la sandez humana. 

La atracción por la historia también espolea mi pluma. Así nació Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas, sobre las conquistas en el conocimiento de las infecciones.

Cartas a una amante es una novela epistolar que teje una historia de amor a través de cartas y con el propósito de presentar mis reflexiones sobre la vida de pareja.

En Seguiré viviendo, a través de un moribundo que  enfrenta su final con ánimo hedonista, especulo sobre la muerte y reflexiono sobre la sociedad y el mundo.

Que en un médico escritor no sirva la pluma para expresar sus preocupaciones y sus angustias y lo que su ojo crítico percibe en el ejercicio de su profesión sería inconcebible. Epistolario periodístico ya albergaba algunos pensamientos, pero como obra totalmente dedicada a la profesión surgió La deshumanización en la salud, consideraciones de un protagonista, ensayo en el que tras treinta años de ejercicio profesional me deslumbro con el progreso de la ciencia y me desencanto con la pérdida de la humanidad.

La influencia del médico en el escritor y del escritor en el médico 
El buen médico es profundo conocedor del ser humano, conoce sus desdichas físicas y afectivas, sus sentimientos y debilidades, sus fortalezas y flaquezas morales, y llega hasta a ver con indulgencia sus descarríos, interpretándolos como consecuencia de la enfermedad, más que como resultado de su perversión. A mí, además, la gineco-obstetricia me abrió un nuevo frente de reflexión: la alegría de perpetuar la vida, y la ternura reflejada en la dicha de la madre y en el milagro del hijo.

El médico conoce las tribulaciones de la pobreza, y sin importar la clase social de la que provengan sus pacientes, de todos conoce el dolor, la angustia y la desdicha. Esto, aunado a todas sus vivencias, hace que no falten motivos para inspirar al médico que tenga la vocación de escribir. De otra parte considero que el  médico inmerso en el arte y la literatura, el médico humanista, tiene más motivos que exalten su sensibilidad y más satisfacciones con el ejercicio de su profesión, aunque, también, más motivos para que lo atormente la angustia que produce la búsqueda de la perfección. 

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.

1. Escrito para la tertulia “Tienes la palabra”, para un foro sobre las motivaciones del médico escritor.