sábado, 19 de enero de 2013

PETRO, PROGRESISMO Y DEBACLE. Motivos para una revocatoria de mandato


Quien conoce las prácticas del comunismo y la izquierda ortodoxa no se lleva sorpresas con la actual administración de Bogotá. Ni la acrecentada ineptitud que a muchos de sus electores desconcierta está por fuera de lo presupuestado. Buenos para ver la paja en ojo ajeno, individuos como el Alcalde lucen en la oposición como contendores espinosos, arriesgados y expertos en el embate y el sofisma; en el gobierno, privados de autocrítica, son empecinados e infecundos.
Su política de aseo, con todo el caos que ha generado en la ciudad, es la mejor ilustración del ‘progresismo’ que esas izquierdas promueven. Se hace demagogia con los necesitados, se les ofrece la redención a los recicladores, sin medir las consecuencias fiscales se ofrecen rebajas de tarifas, se seduce y enardece a los estratos bajos, se ataca al capital privado y se presenta al empresario como la ruina de las clases pobres y no como generador de empleo y de progreso. Y en el afán de doblegarlo, sin previsión ni cálculo, se cambia un servicio de aseo privado y aceptable por uno ineficaz y público -de pronto con decir ineficaz bastaba-.
No hubo que evocar para remontamos a la Bogotá de antaño con toneladas de basura por las calles, bastó dejar que la mirada desprevenida captara las escenas para tener la imagen de la basura que dejó la ideología petrista en los andenes. Volvimos al pasado, cuando apenas barría un tercio de la ciudad la Empresa Distrital de Servicios Públicos, cuando ni siquiera se recogía la mitad de la basura, porque entre otros motivos permanecían varados la mitad de los camiones.
Pero es más tozuda la realidad que la soberbia y le tocó al Alcalde contratar con los privados. Tan sólo un ínfimo 18% quedó a cargo de su nuevo engendro.  Pero con ese engendro se revive la EDIS (Empresa Distrital de Servicios Públicos) hace 16 años por su ineficiencia liquidada. Volveremos a ver su incompetencia, sus despilfarros, su corrupción, su burocracia y la habitual extorsión sindicalista. Y este, como todos los males que nos propicie el alcalde afín al comunismo -condición que rechazará como ha refutado ser émulo de Chávez-, será pagado por los contribuyentes, las clases que tributan, que paradójicamente son las que más detesta.
No afirmo que lo privado sea perfecto, pero si adolece de alguno de los males que menciono es su problema; cuando los vicios son de las entidades públicas, la carga por vía tributaria se traslada al ciudadano. Es más fácil administrar un contrato que controlar una empresa viciada por la burocracia, la incompetencia, la irresponsabilidad y las depravaciones de lo público.   
Hemos visto en los afanes del Alcalde volver a la volquetas -que no cumplen con las normas de salubridad para la recolección de las basuras-, alquilar compactadores en condiciones cuestionables, vincular más personal que el requerido, retrasarle los pagos, traslucir desorganización, casar enfrentamientos; y en el repliegue, devolver volquetas y compactadores, reducir personal, fabricar explicaciones y volver a contratar con los privados.
Tal vez deba sentir satisfacción con cuanto ocurre: por la enseñanza que ha debido dejar a los votantes -los electores definitivamente merecen lo que elijen-, pero, también, y sobre todo, porque el infortunio de la capital puede ser un aleccionador suceso. Y si sirve  la desgracia bogotana para que el país se salve de ‘marchas patrióticas’*, izquierdas dogmáticas y progresismos similares, habrá valido vale la pena el sacrificio. 
Ojalá con esta elección no se olvide la enseñanza de que una mayoría dividida termina por padecer la tiranía de la minoría que vence. Unidos sus rivales jamás Petro habría sido ungido como alcalde**, Defecto de la democracia que obligar a actuar con astucia y a hacer alianzas entre afines para impedir el ascenso al poder del adversario. No siempre se vota a favor, a veces debe votarse contra alguien en previsión de la debacle. Es la divergencia entre la abstracción y lo concreto.
Vicio de la democracia que se basa en el número y no en las cualidades de los electores. Y que concede hegemonía a la base de su pirámide, menos culta pero numerosa, en detrimento del vértice, de pronto exiguo, pero más reflexivo y más independiente. La base con la dádiva, el halago y la promesa se asegura.  Bien lo saben los populistas como el alcalde bogotano, que firme en su proselitismo ofrece agua gratis y descuentos en tarifas de trasporte y de servicios sin importar si se corrompen las finanzas, porque en su lucha de clases solo quienes tengan pagaran los platos rotos.
El manejo de las basuras en Bogotá es ilustrativo ejemplo de la ideología de las izquierdas ortodoxas y del mal llamado progresismo en el que el progreso es el mayor damnificado. Tras un decidido interés por lo social que las encumbra y las hace llamativas, afloran las concepciones realmente retardatarias de la economía, traducidas en populismo improductivo y exacerbación de odios sociales.
El socialismo malgastador y pendenciero, no tanto el de los socialdemócratas -que evolucionaron de Bernstein a la Tercera Vía-, cultiva incompetentes al inducir la pobreza espiritual y la inutilidad de los desposeídos en un paternalismo inadmisible que castiga el denuedo del que tiene y fomenta el facilismo del que recibe gratis.
El estado paternal al socorrer sin compromiso ni contraprestación alguna arruina en el beneficiado su afán por esforzarse, lo libera de responsabilidades inexcusables  y lo sume en la mediocridad. Desestimula en cambio a los ciudadanos productivos castigándolos con tributos abusivos para mantener una masa improductiva. La senda correcta es facilitar las condiciones para que los desamparados accedan con su esfuerzo a los mismos derechos de quienes disfrutan el bienestar social. Enseñarles a pescar más que obsequiarles el pescado reza la sabiduría del pueblo.
Debemos entender que todo cuesta y que toda erogación del Estado lo es realmente de los contribuyentes, porque el Estado no es más que una noción que no saca recursos de la nada. La largueza de los gobernantes populistas o pasa cuenta de cobro a los contribuyentes o arruina las finanzas del ente que administran.
El alcalde Petro compra adeptos rebajando tarifas a los estratos bajos -realmente la ayuda proviene de los estratos altos que son los que subsidian-, y reduciendo indiscriminadamente el valor de los pasajes en el trasporte público a discapacitados, ancianos y estudiantes, cual si por esa condición no pudieran sufragarlo. Lo que demandan ancianos y discapacitados es un trasporte digno en que nos sean estrujados como todos los pasajeros que usan Transmilenio. ¡La hacienda pública demanda responsabilidad en su manejo!
Combatir la pobreza no es repartir los bienes de quienes los poseen, sino generar riqueza para todos. Crear condiciones para que el esfuerzo personal y honrado se traduzca en patrimonio. Repartir es dividir; generar, multiplicar, acrecentar los bienes para que todos tengan. Principio elemental del desarrollo y del progreso, que difícilmente entienden los que usurparon la denominación de progresistas.
Como todo cuesta no debemos generar cargas a nuestros semejantes, todos debemos producir para responder por nosotros mismos y por quienes trajimos a este mundo. No se trata como piensa el Alcalde de arrebatar a unos para disfrute de otros. Son inadmisibles los beneficios onerosos sin esfuerzo y a cargo de terceros. Todos tenemos que hacer frente a nuestras obligaciones. La pobreza no exime de responsabilidades. Solo los niños deben ser mantenidos por sus semejantes. Por su indefensión, como por ser su vida ajena a su deseo y consecuencia de los actos de sus padres. Hasta el anciano es responsable de su supervivencia porque tuvo toda una vida para planificarla.
No hay que sentir resentimiento ni envidia de los grandes capitales. Los grandes conglomerados económicos generan millones de puestos de trabajo, a más de multitud de servicios y productos que todos disfrutamos. Seríamos famélicos e infelices si todo estuviera a cargo del Estado. Las dádivas del Estado tienen un tope exiguo -pregúntele a un cubano- que solo llena a individuos mediocres y sin aspiraciones. Con el capitalismo, caricaturizando un poco, se puede llegar a tocar el cielo con las manos. Hoy la China comunista nos deslumbra, pero porque adoptó la economía capitalista. Siempre la riqueza de alguna manera generará empleo y desarrollo: es un axioma.
Considero que la pobreza es un estado de ánimo y que la miseria reside en el espíritu. Con voluntad, esfuerzo y ambiciones se remedia la falta de fortuna; la pobreza espiritual no la remedia nadie. Es por ello que un pobre puede llegar a ser un hombre acaudalado y un heredero rico derrochador y tarambana un pobre irredimible. 
El izquierdista despistado, amante del atraso y la contienda, es hostil al empresario y al capital privado. Imagina que despoja al pobre de la fortuna -que no tiene- y le resultan cosa vana sus acciones. Emprender, arriesgarse a toda suerte de adversos resultados, generar trabajo y contribuir al bienestar con sus tributos no son para un comunista dignos de admirarse.  Así que se le enfrenta y se le imponen cargas confiscatorias que frenan la prosperidad de las empresas, matando, en acertado símil, la gallina de los huevos de oro.
Uno esperaría con la caída de la producción industrial en Bogotá al finalizar el 2012 una mirada del Alcalde a las oportunidades que proveen los tratados de libre comercio firmados por Colombia, pero acérrimo enemigo del libre comercio seguirá hostilizando  a las empresas y casando peleas con el sector privado. Su ideal es castigar el patrimonio, así que deberían emigrar como Depardieu*** quienes tengan los bienes en su mira -del estrato tres en adelante- y veríamos entonces con qué contribuyentes realiza sus obras populistas. No será de su bolsillo ni del de los adinerados izquierdistas más ágiles en la verbosidad que en las acciones: tal es su coherencia, tal su filantropía. Ellos las buenas obras las realizan con el esfuerzo y el dinero ajeno.
En Petro percibo el talante para la aventura chavista, la resolución para la expropiación arbitraria,  el populismo empobrecedor, el resentimiento guerrillero, y el autoritarismo propicio para cercenar las libertades y emprender las persecuciones propias de los regímenes comunistas. Motivos que unidos a su ineptitud como alcalde son más que suficientes para convencerme de la necesidad de revocarle su mandato.

Luis María Murillo Sarmiento MD.
* Movimiento político integrado o respaldado por personas que se perciben tan afines a las Farc como Carlos Lozano, Piedad Córdoba e Iván Cepeda.
**Gustavo Petro obtuvo 723157 votos  -32.2%-, pero Enrique Peñalosa, Gina Parody, Carlos Fernando Galán y David Luna contendores con similitudes políticas y programáticas obtuvieron 1314929 -58.65% de la votación-.
*** Gerard Depardieu el famoso actor francés, al igual que muchos millonarios, ante los exagerados aumentos tributarios del gobierno socialista, del 75% para los más adinerados, optaron por  el éxodo; y en el caso de Depardieu por la ciudadanía rusa que le fue otorgada en enero del 2013. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

EL SEXO SÍ ES GROTESCO, LLAMEMOS A LAS COSAS POR SU NOMBRE

Ha dicho el senador conservador Roberto Gerlein Echevarría a raíz de un debate en el Congreso sobre matrimonio entre homosexuales que “merece repulsión el catre compartido por varones”. Y lo ha tildado de sexo asqueroso, excremental y sucio.

No sé si plantear el tema desluzca mis columnas, pero la razón me obliga a abordar una controversia colmada de argumentaciones necias y reacciones timoratas. Claro que la reacción del senador suena ofensiva, pero las imágenes que suscitan en la imaginación tales uniones no son menos desagradables. Y asquearse también es un derecho.

Con todo y haberse excedido en su declaración, Roberto Gerlein no se equivoca: el sexo es grotesco, y sin importar el género de quienes lo practican. Otra cosa es que por su profusión de excitación y de placer se le perdone todo. Y que hasta se lo encumbre como expresión sublime del amor para pasar el rubor que de otra forma a muchos causaría. Porque sexo y amor no son una unidad como se piensa, material el uno, espiritual el otro, pueden ir inclusive en contravía, y además, porque el que llamamos amor en las parejas de todo está impregnado menos de las virtudes de ese sentimiento. El enamoramiento, que es una condición sicótica, es a diferencia del verdadero amor, interesado, egoísta, esclavista y destructivo. Si no es mío, que no sea de nadie, o lo prefiero a muerto, repiten los amantes.

Mucho va de un semblante angelical al aspecto de unos genitales, mucho de la caricia delicada a la frenética agitación de un coito. ¿Habrá quien desprevenidamente descubra ternura en un acto que en apariencia más tiene de violento? Solo el arte y la literatura lo engalanan, al fin al cabo en eso reside su virtud, en trasformar el mundo.  ¿Qué no es bello cuando lo toca la pluma encantada del poeta?

Llamemos a las cosas por su nombre, dejémonos de tantos eufemismos. Reconozcamos que nos fascina el placer que proporciona el sexo, así, llanamente, sin maquillaje alguno, sin adornarlo de las virtudes que no tiene. Que es ordinario pero lo reclamamos como derecho inalienable, que es grotesco y sucio pero nos apasiona. Tan grotesco que sólo lo hace estético la belleza de sus protagonistas, por eso se tolera más el sexo lésbico que “el catre compartido por varones”, que a pesar de la tolerancia resulta repulsivo. ¿Y sucio? Desde luego, no por vergonzoso -aunque se utilice para avergonzar a las personas- sino porque la higiene así lo expone: es contaminante y fuente de enfermedades trasmisibles, al punto que los médicos consideramos saludable el uso del condón.

La función sexual es simple instinto. Ni glorifica, ni envilece y es la expresión más animal del hombre.

Pasarán los siglos y no cambiará el comportamiento sexual de los humanos por más tratados de moral que se promulguen –solo una transmutación genética conseguiría el milagro-, justamente por su carácter instintivo y natural, y porque circunscrito al mundo íntimo y privado –como debe ser- no tiene quien lo cohíba y quien lo juzgue.

No me incumbe lo que hagan los homosexuales en su privacidad, ni me pongo a imaginar una intimidad que me repugna, respeto su particular naturaleza y no comparto algunas de las prerrogativas sociales que persiguen. Y aunque procuro ver con ojos desapasionados -quizás más bien por ello-, temo que su actitud provocadora e irascible como respuesta podrá engendrar violencia. Hoy todo desacuerdo con ellos se condena. Se le da carácter de delito a la homofobia, sin distinguir entre la aversión y la agresión. A las fobias y a los sentimientos no hay ley que los acalle. La verdadera violencia contra todo ser pacífico sí debe reprimirse.

Apreciando desde mi gradería el espectáculo circense que pasa por mi lado solo pienso en la falta de juicio con que se razona, en la irascibilidad con que se reacciona, en la trascendencia que se da a lo que no la tiene, en la doble moral que se practica, en la falta de carácter y en la incapacidad de llamar a las cosas por su nombre, que no en esta materia, sino en todas, personifica al hombre.

Luis María Murillo Sarmiento MD.

sábado, 27 de octubre de 2012

CIMIENTOS PARA UN MUNDO QUE TRASCIENDA


Palabras de Luis María Murillo Sarmiento al recibir el Lauro de Oro
en el XIX Récord Nacional e Internacional de Poesía
de la Fundación Algo por Colombia.
Paraninfo Academia Colombiana de la Lengua
Bogotá D.C. Octubre 23 del 2012

El destino, al que el hombre culpa de sus males, y al que la prosperidad Implora, ha sido sin demandarle nada conmigo generoso. Gracias Agustina Ospina*, gracias Silvio Vásquez**, por tanta magnanimidad conmigo. Mi gratitud es inmensa, su manifestación rebasa mis palabras.

Hoy he venido a este augusto recinto de la Academia Colombiana de la Lengua, a recibir un laurel que muchos más que yo lo merecían. Lo saben desde su eternidad serena las glorias de la literatura universal que hoy desde su pedestal en este paraninfo me acompañan. También mis personajes en reverencia se hincan ante los protagonistas -más reales que quienes los crearon- de esta ““Apoteosis de la lengua castellana”, admirable mural de Luis Alberto Acuña.

Es humilde mi pluma, solitaria y tímida. Perseverante desde los años escolares, contendiente obstinada del escalpelo que brinda mi sustento. Se ha ido apoderando de mí, sin darme cuenta, pero sin pretensión alguna. Como una chifladura que se filtra camuflada en mis epístolas, en textos salpicados de crítica y de historia, en ensayos, en poemas y novelas, que se llevan mis horas en el inefable intento de escribirlas.

Obras sencillas para una audiencia casera y reducida,  conato literario que de pronto se han visto sorprendido con un enaltecimiento que traduce más la magnanimidad de quienes los prodigan que la calidad del autor que los recibe. De ello soy consciente, y aunque mi talla diste de la gloria que debería a mi patria, prometo en la medida de mis capacidades hacer algo por la literatura y ‘Algo por Colombia’.    

Algo en un mundo que demanda más luz en sus tinieblas.

Deslumbrado por lo material veo al inquilino de estos tiempos, aferrado a lo terrenal y limitado. Sin tiempo para vivir en la lucha constante por los bienes.

Al mundo predominantemente material y utilitario, contrapongo la dicha de otro forjado en lo intangible. En la contemplación filosófica del mundo, en el goce estético, en el amor, en la entrega generosa.

Un mundo que trascienda nuestro ciclo fugaz y restringido. Que se encumbre en la búsqueda de la felicidad, que indague en el sentido de la vida, en la sublime finalidad de la existencia. Que tienda a la inalcanzable perfección sin abatirse. Que dé a la muerte trascendencia, cual si fuera un nuevo nacimiento en que la parca no burle nuestro esfuerzo.

Lo material con lo corporal termina, lo espiritual sobrevive en la memoria de quienes nos recuerdan, en la mente de quienes sin haber vivido nuestro tiempo nos conozcan, quizás, tal vez, en una inmortalidad que en otra vida nos prolongue.

El arte expresa la espiritualidad del hombre. La creación denota una conexión con el espíritu, una sensibilidad que capta el valor de lo ignorado, que interpreta el valor del sentimiento, que busca la entraña, la esencia, la sustancia; que se sumerge en la intimidad del hombre transformando una llamarada genial en una manifestación estética que despierta la benignidad de otros espíritus.

Sí, el arte se hermana con los mejores sentimientos, el arte despierta inclinaciones humanísticas, y el humanismo hace mejor al hombre: lo modera en sus excesos materiales, lo ennoblece a la par con sus valores.

El arte es el abono a la semilla: a través de las letras podemos edificar los ciudadanos del mañana. No sólo despertarles sus talentos, sino poner cimientos para una humanidad virtuosa. La semilla, prodigioso grano, es un fruto que aguarda la cosecha, igual el niño es el embrión del hombre del futuro, la semilla que reaviva la especie, el germen de las generaciones.

A ellos una tradición debemos transmitirles, una huella tenemos que mostrarles, un riesgo tenemos que advertirles… un camino tenemos que indicarles.

Antecedí tus pasos, afirmo rotundo en un poema:

… porque antes que tú,
conocí yo el sol, la luna y las estrellas,
las olas del mar, las congojas, las sombras…
la perfidia humana.

Antecesor soy de tus yerros,
precursor incluso de tus faltas;
conozco el futuro de tu vida,
porque ya lo recorrió mi planta:
mis noches son tus días,
mi omega tu alfa.

Antecesor soy de tu suerte,
atalayador de tus riegos y venturas.
Soy la vanguardia de tus pasos,
la avanzada de tu mundo inexplorado.

Antecesor soy de tu historia
-un ciclo que siempre se repite-
memoria y moraleja dispuesta a tu enseñanza.


Al encuentro con la juventud he ido, asumiendo una cruzada que Agustina Ospina y Joseph Berolo comenzaron. Una expedición por claustros escolares y salones, en compañía de bardos y declamadores que proclaman lo bueno, lo útil, lo justo y lo bello, y lo siembren en el corazón de los infantes.
Una tarea no exenta de bemoles.

Trifulca, algarabía, desorden enmarcan el encuentro de las generaciones. Criaturas que no atienden, poetas que lanzan estérilmente al aire sus poemas, profesores que demandan silencio y  anuncian puniciones. Como al comienzo de los tiempos todo es caos. Allende, como en el devenir del universo, el producto será maravilloso.

El saludo, la inquietud y la pregunta surgen con el tiempo. Aprende a trabajar el escritor con el relajo, a inmiscuirse en el corrillo como uno más de los perturbadores. La gritería, a sus espaldas, de pronto se silencia, aún aturde, pero el preceptor embebido en esa tertulia improvisada no la escucha. De corrillo en corrillo el ejercicio se prolonga. La simpatía germina, no hay fisuras, ya se estiman el escritor y el estudiante. Ahora escuchan, ahora analizan y debaten. Ahora hilvanan los muchachos en un papel sus frases: oraciones erráticas algunas, de quienes no esperan más que cumplir con la tarea; otras profundas, otras agudas, cargadas de emoción e ingenio. Algunas develan la intimidad o dejan al descubierto los problemas: catarsis infantil.

El alma en unos versos se revela. Al compás de un poema declamado brota inesperada una lágrima furtiva. “Se me aguaron los ojos”, proclama una estudiante. Y otra, como de la chistera de un mago saca de su maleta sus recónditas y tímidas cuartillas. Ha encontrado en la tertulia el ambiente cómplice alentador para su don secreto.

Brotarán, seguramente, de este jardín de vocaciones escondidas escritores y poetas, espíritus que cultiven el arte y lo engrandezcan, pero ante todo tendrá que florecer  el germen de bondad si ha sido buena nuestra empresa. Que no se den necesariamente malabares con la pluma, pero sí, para siempre, de por vida, expresiones de humanidad y de ternura.  

Abonemos el campo, cuidemos la semilla, que a nuestra sombra el árbol crezca recto, proyectando sus brazos a los cielos. A ese reino que aguarda nuestro espíritu al final de todas las faenas. 

* Presidente Fundación Literaria Algo por Colombia
** Vicepresidente de la misma fundación.

miércoles, 27 de junio de 2012

LA REFORMA DE LA JUSTICIA, COMO EN “EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR” QUEDÓ AL DESNUDO*


Por fin todos, como en “El traje nuevo del emperador”,  nos hemos dado cuenta de la vergonzosa desnudez de la reforma de la justicia. Como en el cuento de Andersen, el suntuoso traje no existía. La realidad no fue la que hacían ver los embaucadores, ni la que imaginaron los candorosos embaucados.

Tanta energía derrochada para nada. El 9 de agosto del 2010, primer día hábil de su mandato, Santos se reunió con 78 magistrados de las altas cortes para conciliar un proyecto de reforma que por el enfrentamiento entre Uribe y los magistrados, particularmente de la Corte Suprema de Justicia, no pudo adelantarse a pesar de ser tarea de ese gobierno desde sus albores.

Vista al desnudo, la reforma aprobada en estos días no es más que un instrumento de beneficios indebidos.

Desde la susceptibilidad de los magistrados por la revisión de su régimen y sus funciones, hasta el zarpazo final de los parlamentarios en la conciliación de los textos del acto legislativo, la reforma fue siempre un escenario de tensión por la pérdida o por la adquisición de nuevos privilegios. La impunidad y la congestión judicial, verdaderos motivos para reformar la justicia, fueron en el debate poco trascendentes. La concesión de facultades jurisdiccionales temporales a particulares, abogados y notarios para resolverlas, es un recurso paliativo de un sistema judicial incapaz, que en vez de solucionar delega.

El suceso solo ratifica que la majestad de la justicia es un infundio, como embeleco la mentada honorabilidad de los ‘padres de la patria’. Y de hace tiempo: por ineficaz y tendenciosa la primera, por sórdida e indecorosa la segunda.

Qué intriguen los políticos no es noticia nueva, pero que los magistrados cabildeen sorprende. ¿Qué imagen nos dan de su decoro si es cierto el cabildeo en busca de la prolongación de su período y del aumento de la edad de su retiro? Definitivamente el apego al poder embriaga hasta a las altas cortes.

Me convenzo una vez más de la inutilidad de la Constitución de 1991. Entonces por disoluto revocamos el Congreso, pero bajo la sombra de esa constitución ‘perfecta’ nuevas vergüenzas parlamentarias padecimos: las del proceso 8000 –vínculo de políticos con el Cartel de Cali-. Bajo la protección de esa nueva carta otro congreso resultó, en proporciones alarmantes, representando a los narcoparamilitares. Ahora, otro “congreso admirable”, que de tal alcanzó a calificar el ministro Vargas Lleras, protagoniza un acto de indelicadeza inexcusable, legislando en beneficio de exparlamentarios subjúdice y en su propio beneficio.

Es nuestra eterna ingenuidad que cambia las sábanas para tratar la enfermedad. Es un hecho: la proclividad al dolo no desaparece cambiando las constituciones, sólo cambiando la gente y sus conductas. Los males de ayer son los de hoy, y hasta peores, porque paulatinamente se han venido degradando las costumbres.

¿Retrocede la justicia con la reforma ya aprobada? Sin lugar a dudas. La sola mancha en la conciliación es suficiente para descalificarla. Por lo demás, nunca el proyecto se centró en la resolución de los reales males, nunca fue bueno; por eso críticos imparciales -no aquéllos que temiendo perder sus privilegios protestaron- señalaron su inocuidad y sus vergüenzas. ¿Por qué, entonces, declararnos ahora sorprendidos? Así somos los colombianos, sin remedio histriónicos. Se han desgarrado las vestiduras hasta quienes lo permitieron y alentaron

¡La reforma de la justicia debe hundirse íntegramente!

Luis María Murillo Sarmiento MD

* El 20 de junio del 2012, tras haber sido aprobada en Cámara y Senado la reforma a la justicia colombiana, un grupo de parlamentarios encargado de la conciliación de los textos aceptados introdujo cambios no requeridos y abusivos que convirtieron el acto legislativo en una descarada norma a su favor. El Consejo de Estado lo calificó de acto vulgar y vergonzoso, el presidente Santos la objetó, el ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra, renunció, la ciudadanía empezó la recolección de firmas para un referendo en su contra y demandó a los parlamentarios ante la Corte Suprema de Justicia.
La conciliación de la reforma, entre otras perlas, moderó la pérdida de investidura, al punto de no perderse la curul definitivamente. Exigió, además,  una mayoría calificada en  el Consejo de Estado para hacerla más difícil. Se quitaron también los congresistas la prohibición de financiarse ellos mismos sus campañas, y consagraron que las acusaciones en su contra deben ser con documento de identidad y en nombre propios, no anónimas como se permite contra otros servidores. Y a exfuncionarios y excongresistas detenidos los dejo en un limbo favorable para abrirles las puertas de la cárcel.  

jueves, 14 de junio de 2012

LA ACTITUD FRENTE A LOS CRIMINALES*


No concibo que los criminales anden a sus anchas y la justicia sea frágil ante ellos; que hombres de bien sean sometidos por la escoria de la sociedad.

Veo la historia de Pablo Escobar, y otros que se le asemejan, y no entiendo como la sociedad los dejó llegar tan lejos. Si les hubiera dado muerte a tiempo -de todas maneras iban a terminar sin vida- no habría padecido el país tantos dolores. Y no es que se los ejecuta por maldad, es por necesidad, porque no puede la sociedad vivir amedrentada por el temor a sus atrocidades.

No acepto que el criminal tenga derechos, ingenua presunción del ejercicio teórico del derecho y de la ética: con debilidad no se enfrenta a los bandidos.

Ante tanta debilidad y negligencia del Estado, en que la impunidad campea, entiendo el valor de la justicia por la propia mano. Y no es un sobresalto instintivo precipitado por la conmoción de un suceso criminal. No, es un razonamiento que siempre me lleva a las mismas conclusiones: si la sociedad quiere sobrevivir y recobrar la calma tiene que obrar con severidad con sus malos elementos. Tiene que deshacerse de ellos.

Bien lo hacen las autoridades en nombre de quienes representan, bien lo hace la sociedad directamente.

¿Y un médico, me preguntan, hablando de exterminio? Penosamente sí. Una cosa es mi posición frente al paciente, que disminuido por sus dolencias demanda humanidad, y otra la postura frente a los autores de conductas viles, seres no débiles, sino altaneros, que no precisan la sensibilidad del médico, sino la firmeza de un custodio, el arrojo de un ciudadano dispuesto a la batalla en defensa de los principios que defiende.

Y si en la conducta humanitaria del médico cabe la cirugía radical para extirpar un cáncer, con mayor razón se justifican las cirugías extremas en la sociedad para extirpar sus lacras. Cuando el criminal no tiene remedio -redención- debe extirparse. Y en países como Colombia y México los criminales no tienen redención.

Aunque lo pienso sin apasionamiento, y creo ciertas todas mis deducciones, no deja de inquietarme la severidad de las acciones. Es entonces cuando quisiera escuchar a Dios corroborándome que es lícito y debido el ajusticiamiento de los causantes de graves e innegables daños, no como castigo -que mucho se parece a la venganza-, sino como erradicación de un mal intolerable.

Luis María Murillo Sarmiento MD

* Este texto que pertenece  a uno de los capítulos de mi próxima novela, lo he puesto en boca de uno de los protagonistas, pero palpita tanto el pensamiento del autor en su líneas, que he querido difundirlo con nombre propio y sin evadir la autoría.

martes, 7 de febrero de 2012

LITERATURA Y ÉTICA

En el lanzamiento de una de mis obras preguntaba, sin dar respuesta, si la literatura era un fin o sólo un medio, y especulando, dejaba la respuesta al auditorio. Hoy, dispuesto a abordar el tema, creo que debo resolverla. Tal vez no parezca difícil la respuesta.

La literatura es, en mi opinión, un fin cuando es la creación en sí misma el objetivo, y un medio cuando sirve de vehículo a otros fines: cuando lleva un mensaje más allá del arte. Y es en este punto en que la distinción de la literatura como fin o como medio se enrarece. La solución conceptualmente fácil, a la cuestión planteada, en la práctica termina complicada.

Pensaría, entonces, que la literatura goza, en forma sui géneris, de la doble condición –un fin y un medio-; y que es más el escritor, que el lector o el crítico, el que resuelve en su caso particular la duda, porque mensaje siempre habrá de descubrirse.

Es el creador, a diferencia del crítico que cree saberlo todo, el que sabe si puso arte a su mensaje, o si buscó un mensaje, como quien busca algún pretexto, que sirviera de armazón para su obra. El pintor puede más fácilmente plasmar sin opinar, retratar sensaciones sin que se comprometa la razón; el escritor habitualmente -¿habrá excepciones?- narra involucrándose, produce ideas, manifiesta intenciones, defiende ideologías.

Y es que la literatura es en últimas lenguaje, y el lenguaje, comunicación. La comunicación es su función por excelencia. Sólo que cuando quien lo utiliza lo engalana y lo convierte en expresión bella y brillante, nace la literatura.
Hasta aquí la relación entre la ética y la literatura no pasa de una disquisición conceptual, quizás inocua, en la práctica, sin mucha trascendencia. Pero otro enfoque está relacionado con la función ética de la literatura, situación en la que se convierte en medio para trasmitir principios y valores, y para defender enfoques relacionados con el bien y el mal, la moral y las costumbres.

No tiene que ser esa obligación de un arte, para ello bastaría el lenguaje corriente simplemente, pero siendo esa función un deber moral del hombre, cuando la asume el escritor resulta forzosamente literaria.

Y como no hay campo humano en que la moral no esté presente, las acciones de los hombres entre alternativas morales se debaten; y la literatura que escenifica esas acciones, lleva implícita la moral en su universo. Puede aparecer como hecho fortuito, inopinado, pero también como tendencia del autor orientada a un fin edificante y formativo. Habrá, desde luego, y por desgracia, autores que hagan apología del vicio y lo perverso.

Los valores en las obras literarias pueden presentarse escuetamente, pero con más frecuencia confundidos con la trama, y particularmente en el caso de la poesía, como sentimientos, más que como argumentación y raciocinio, propios de la obras narrativas.

Más allá, de la defensa o exposición explícita de los principios, hay valores implícitos enaltecidos en los sentimientos que se expresan, o condenas a comportamientos contra los que el escritor nos predispone mediante el manejo de nuestras emociones.

El amor es valor fundamental, y me atrevo a afirmar sin temor a equivocarme que es el más extensamente abordado en la historia de la literatura.

Y resolviendo en mi caso la pregunta, el ejercicio mental y mi creación artística van a la par, para mí, sin lugar a dudas, la literatura ha sido un fin y ha sido un medio.

Luis María Murillo Sarmiento MD

lunes, 5 de diciembre de 2011

LAS PRUEBAS SABER, ¿UNAS PRUEBAS MAL PLANTEADAS?

Más de treinta años de intenciones e intentos de aplicar exámenes de estado a la educación superior en Colombia precedieron a los ECAES, realizados por primera vez en el año 2003. Dos decretos del 2001 (el 2233 y el 1716) permitieron aplicar pruebas a estudiantes de Ingeniería Mecánica y Medicina, y otro del 2002 (el 1373) a estudiantes de Derecho. Pero fue el decreto 1781 del 2003 el que los reglamentó para todos los estudiantes próximos a graduarse en programas de pregrado de instituciones públicas como privadas. Y designó como ECAES (Exámenes de Calidad de la Educación Superior) las pruebas hasta entonces y por corto tiempo denominadas ECES y ahora bautizadas como Pruebas Saber Pro.

Declarado inexequible el decreto 1781 por la Corte Suprema de Justicia, se aprobó en el 2009 la ley 1324, que fijó parámetros y criterios para organizar el sistema de evaluación y que transformó de paso el Instituto Colombiano para la Evaluación –antes para el Fomento- de la Educación Superior (ICFES), entidad que acorde con las políticas del Ministerio de Educación aplica los exámenes.

Las pruebas se presentan como el instrumento para evaluar el nivel de competencia de los estudiantes que egresan del pregrado de la educación superior en todas sus modalidades: técnica, tecnológica y universitaria, y son requisito para obtener el título profesional.

La historia hasta este punto muestra un juicioso devenir en la supervisión de la educación por el Estado. Lo que no satisface es el contenido de las pruebas, del que por casualidad uno se entera. ¿Cuántas entonces serán las cosas buenas que la ley propone y que el desarrollo de las mismas desvirtúa?

El pasado mes de noviembre presentaron en el país los estudiantes de medicina la prueba Saber Pro. Al indagar por el resultado a los médicos internos que se entrenan en el hospital en que laboro, manifestaron decepción. “No era una prueba de medicina”, planteó como conclusión un estudiante. No había en las preguntas nada clínico que realmente midiera su competencia para ejercer su profesión, todo se basó en salud pública y administración. Algo que todo médico práctico sabe que para atender un paciente no sirve realmente para nada, una costura dirían los estudiantes. Una costura que sólo se vuelve relevante para quienes administran la salud: funcionarios que inflan tanto su saber como devalúan el valor del conocimiento clínico, acaso por haber suspendido su relación con el paciente, como consecuencia del trabajo burocrático. La medicina no es la misma en el quirófano o en el consultorio, que percibida desde el escritorio.

No alcanzo a comprender la objetividad ni los fines de la pruebas de estado. No cuando se pierde la coherencia entre la realidad y lo conceptualmente planteado. Porque no es éste el único caso en que las evaluaciones del conocimiento médico resultan tan absurdas. Doy fe de que en procesos de habilitación y acreditación de los hospitales ha prevalecido similar criterio.

Para el médico inmerso en la práctica clínica el ejerció acertado de su profesión no está determinado por normas que fijen las políticas de salud, sino por la lex artis que determina los criterios de la buena práctica. Tan elemental es la noción, hasta para las mentes menos iluminadas, que resulta incomprensible que no lo entiendan las mentes lúcidas de los evaluadores. Esa lex artis debe ser el fundamento de las valoraciones.

A la hora de un paro cardíaco es absolutamente irrelevante el conocimiento que pueda tener un médico de la ley 100 cuando lo que demandan las circunstancias es la preparación en el manejo de una entidad que causará la muerte si no se actúa con prontitud y acierto.

Y me he referido a la preparación y no al conocimiento, porque otro de los defectos de que adolecen los exámenes, y por el que su idoneidad es cuestionable, es el de considerar que conocimiento y pericia son lo mismo. Como si quien se aprendió de memoria el texto que enseña una técnica quirúrgica sólo por ello pudiera realizarla correcta y exitosamente.

Qué sea el Fosyga, qué subcuentas tenga, qué ley dicte las normas sobre el Sistema General de Riesgos Profesionales, qué sea el MAPIPOS, qué resolución contenga el Manual de Actividades, Intervenciones y Procedimientos del Plan Obligatorio de Salud, qué acuerdo fije el valor de la Unidad de Pago por Capitación, como multitud de leyes, decretos y acuerdos de este orden, son superfluas para quien ejerce la Medicina y no la Administración en Salud.

Riesgoso resulta para los pacientes que las pruebas de estado estén estimulando en los profesionales la adquisición de conocimientos inútiles para su atención en detrimento de los realmente necesarios para el diagnóstico y tratamiento acertados.

Si para desenvolverme como médico debo saber -no digo necesariamente conocer- esas tediosas normas, me niego a ejercer. ¡Sí. Dejo el ejercicio de la Medicina!, porque lo mío es la lex artix de mi especialidad y la ética y la humanidad con mis pacientes.

Más allá de las críticas que se puedan hacer al contenido de las pruebas, mi preocupación reside en las consecuencias que de ella se derivan.

El resultado de las pruebas Saber Pro sirve de referencia para estimar la calidad de las instituciones. Como en el examen del ICFES que se practica a los bachilleres, en que los colegios a toda costa buscan exitosos resultados, aún con artilugios como enviar a las pruebas Saber tan sólo a sus mejores estudiantes, las facultades perfectamente harán énfasis en los temas de las pruebas para obtener una buena ubicación en el ranking, sin importar que se desatiendan los contenidos realmente importantes de la carrera.

Más grave aún: Con un examen que no mide en realidad la calidad de los nuevos profesionales, ¿qué medidas correctivas pueden tomar las autoridades para asegurar la calidad de los egresados? Delicado asunto en todas las profesiones, pero funesto en la medicina, responsable de la salud y la vida de los colombianos.

Lo menos que se espera es que las pruebas de estado sean relevantes y pertinentes, valoren de manera integral, como reza la norma, los contenidos académicos y la formación humanística del estudiante, y realmente sirvan para fomentar el mejoramiento continuo de la calidad.


Luis María Murillo Sarmiento MD

martes, 29 de noviembre de 2011

LA PROPENSIÓN A LO GRATUITO: ¿EQUIDAD O PARASITISMO SOCIAL?*

El reconocimiento de derechos ha sido un logro de la evolución. Un tránsito de la barbarie a la civilización, un desafío a la selección natural en nuestra especie que logra vislumbrar y reconocer la dignidad humana.

De Perogrullo es que no somos iguales todos los humanos, pero en razón de la dignidad invocada justo sí es que todos dispongamos de igualdad en los derechos. Fundamentada en tal criterio, aparece la equidad como expresión de humanidad que procura que ni la condición ni la fortuna obren en contra del titular de los derechos. ¡Que el acceso a los beneficios sea a todos los hombres permitido! ¡Que todos tengan acceso a bienes esenciales! ¡No puede negarse a ningún ser humano el derecho a la salud, al alimento, al techo, a la instrucción, a los frutos de un trabajo!

El ideal es noble, su consecución una auténtica proeza. Realizable en la medida en que se disponga de recursos, imposible si las necesidades los exceden, y si la población por la fortuna menos favorecida no asume la responsabilidad que le concierne.

Ciertas mentes son reacias a reconocer los logros sociales alcanzados. De pronto por una tendencia a la oposición sistemática, quizás por una pretensión desbordada que rebasa el propósito del principio de justicia, reclamando que todo sea gratuito. Pero todo, obviamente, no puede ser gratuito, porque todo sencillamente tiene un costo. De algún bolsillo sale lo que a otros no les cuesta. Se dice que proviene del Estado, pero el Estado es apenas un concepto. Los gastos del Estado son de la sociedad, que es la que aporta los recursos. En últimas, los sufragan ciudadanos con obligaciones tributarias.

Por eso me atrevo a afirmar que la ‘justicia social’ llevada al extremo se convierte en un parasitismo social: “costumbre de quienes viven a costa de otros”, según la Real Academia Española. Divisa de las izquierdas, mayor tanto más extremas, que piensan más en repartir que en generar riqueza. Melindre, acaso, de tendencias humanistas que en la búsqueda de expresiones plenas de los derechos humanos nos están haciendo olvidar que existen también obligaciones. Hoy la gente sólo piensa en sus derechos, poco se detiene en los deberes.

La pobreza no por sujeta a justificados beneficios está exenta de responsabilidades. No resulta tolerable, por ejemplo, que derroche servicios públicos porque los tiene subsidiados; que descuide la salud porque es gratuita su asistencia; que procree descuidadamente seres condenados a las condiciones más adversas con el convencimiento de que su bienestar es asunto del Estado.
Bajo la perspectiva de la responsabilidad y la justicia -distribución de cargas y beneficios- conviene analizar con más detenimiento hasta qué punto la instrucción superior debe ser gratuita.

Comenzaré por afirmar que la educación es para el estudiante universitario una inversión de alta rentabilidad, una actividad con innegable ánimo de lucro. Habrá quienes por soñadores ingresen a las aulas, pero pensando en el producto económico de la ilustración lo hace la mayoría.

Cuestan las edificaciones, cuestan las aulas, cuestan los maestros, cuestan los implementos. Nada en nuestro mundo es gratis, pero en el ánimo de los seres humanos está que no nos cueste nada. Hasta los educadores que se solidarizan con la idea de una educación gratuita, no entregan sin remuneración sus enseñanzas. Es más, cada día demandan mejor pago. La frase lapidaria de J.F.Kennedy, “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”, en esta cultura del seudoparasitismo social no tiene cabida. ¿Por qué será que, sin importar la clase social, no duele el dinero que se gasta en vicios y en excesos y sí aflige el que en salud y educación se invierte? Porque con gusto se paga la cuenta del bar o la canasta de cerveza en la tienda de la esquina, con desagrado, en cambio, una cuota moderadora o un copago**.

Puedo dar fe de que los ciento treinta mil pesos -hoy ciento diez millones- pagados a una facultad de medicina privada y costosa hace treinta y un años han dejado, contados por lo bajo, más de dos mil millones de pesos. Médicos con mayor ambición y más trabajadores cuanto menos duplican esta cifra. En mayor o menor proporción el fenómeno es común a todas las carreras. Ese es el atractivo para que las personas realicen estudios superiores. Sin la seducción de la ganancia no estudiaría la gente.

La educación sí es un derecho, pero también, indiscutiblemente, es un negocio. No tanto porque existan instituciones que se lucran -al fin y al cabo para dar pérdida no se fundan las empresas- sino, y primordialmente, porque la rentabilidad está en la mira de los estudiantes. Una carrera significa la satisfacción de por vida de todas sus necesidades y la realización de todos sus proyectos. Si la educación superior tiene tan altos rendimientos, no tiene, entonces, por qué ser gratuita. Su usufructuario debe retribuir a la sociedad de forma alguna.

Una cosa es el derecho a estudiar, otro su gratuidad. El derecho debe garantizarse, la gratuidad es cuestionable. Para garantizarlo a los más pobres se deben asegurar los recursos mediante créditos expeditos, sin más requisito que el mérito con que se obtuvo el cupo en la institución educativa, sin más garantía que el compromiso de estudiar para ser profesional, sin exigencia de fiadores que lo vuelvan utopía; con tasas blandas, largos plazos de gracia, de pronto sin intereses, si la inflación y el presupuesto lo permiten. Pero que la Nación al menos recupere el capital nominal prestado para reinvertirlo en nuevos educandos. De esta manera la responsabilidad social la asuman el Estado y el beneficiario. Punto de equilibrio en que ni el estudiante queda huérfano, ni el Estado lo exime de sus obligaciones.

La gratuidad, en forma de beca, debe ser un estímulo para buenos estudiantes. Una excepción justificable, no un beneficio general que cobije hasta aquellos estudiantes proclives a la conspiración, el vandalismo y la anarquía.

Beneficiado por un crédito del Icetex para mis estudios universitarios doy testimonio de las cifras irrisorias que pagué por varios años para devolver el préstamo. No son, por tanto, las sumas ‘confiscatorias’ que muestran las protestas.

En el modelo paternalista actual los beneficiados de subsidios y otros auxilios no sólo no se dan por enterados de la carga que imponen a la sociedad sino que muchas veces critican sin compasión la ayuda que reciben. Tampoco existe quien les recuerde los esfuerzos que hace la sociedad para compensar su situación precaria; para brindarles salud, educación primaria y secundaria, y asistencia alimentaria gratis; y servicios públicos subsidiados en buena proporción. Hasta alguna contribución económica se le tiene que dar a jóvenes de estratos bajos para que no deserten de la escuela.

Con tanta necesidad y en tantos frentes no puede el país feriar su presupuesto en satisfacción de pretensiones desmedidas. La ley puede prometer el paraíso, pero son los recursos los que hacen que no sean letra muerta sus sanas intenciones.

El desarrollo económico y la desaparición de la brecha social sólo se alcanzarán si todos los colombianos construimos, si todos adquirimos conciencia de nuestra responsabilidad y aportamos en la medida de nuestras capacidades, si somos más un aporte que una carga a nuestros semejantes.

Luis María Murillo Sarmiento MD

* Suscitan este artículo las protestas estudiantiles que por estos días convulsionan a Colombia, oponiéndose a la propuesta educativa del Gobierno.
El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con clara vocación de estadista ha abordado la reforma de diversos sectores del Estado. Se percibe en sus reformas un ánimo correctivo y renovador que parece acorde con el lema de su gobierno: “Prosperidad Democrática”. Su ánimo respetuoso y conciliador, ha tropezado, sin embargo con la intransigencia de quienes no quieren, no entienden o no consideran suficientes las reformas. La enmienda educativa propuesta apuntaba a mayor cobertura, mayor calidad y mayores recursos para la educación superior. También contemplaba la existencia de instituciones con ánimo de lucro, innovación que a otros países permitió aumentar la cobertura. Este punto, en particular, odioso para quienes a sus años suelen trasegar por la izquierda, satanizando cuanto tenga el adjetivo de privado, generó las protestas. Condescendiente, el Presidente retiró el artículo polémico. Las protestas continuaron. Retiró entonces todo el proyecto. Pero ni así el incendio se sofoca.
** Pagos que realiza el afiliado al sistema de salud por cada consulta, tratamiento o intervención quirúrgica, y de los cuales están exentos los más pobres.

sábado, 5 de noviembre de 2011

LOS ‘ALFONSO CANO’ NO TIENEN OTRO SINO QUE LA MUERTE CRUENTA

Vuelvo a sentir con la muerte de ‘Alfonso Cano’ el regocijo que sentí con el abatimiento de ‘Reyes’ y ‘Jojoy’.
No puedo ocultar mi felicidad al ver la patria liberada de verdugos. Su muerte fue el destino que se propiciaron. Su suerte trágica y su dolor –si es que en su dureza tuvieron capacidad para sentirlo- no me regocija: no está en mi ánimo torturar al ser humano, pero sí proteger a la sociedad, aún con la contrariedad de tener que eliminar a quienes la violentan.
La sociedad tiene derecho a vivir en paz, luego tiene derecho a deshacerse de quienes más gravemente la perturban. La pena de muerte es una opción no prescindible. Debiera abrazar el horror a quienes sin razón lo siembran.
Para monstruos como los delincuentes mexicanos y los narcoterroristas colombianos no obra la captura sino el abatimiento. Roguemos por sus almas que sus cuerpos no tienen más signo que la fosa.
¡Salve Fuerzas Armadas de Colombia¡ El país las saluda agradecido.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

domingo, 23 de octubre de 2011

EL FUTURO DEL IDIOMA, ENTRE LA RESIGNACIÓN Y LA ESPERANZA

No es hoy nuestro idioma la misma lengua que nació en Castilla. De los Cartularios de Valpuesta(1) a nuestros días aquel lenguaje ‘prosaico’, aquella lengua frente al latín vulgar, adquirió hidalguía, inundó el mundo con la aurora de sus letras y millones de seres hablaron español en el planeta.
Y esa lengua se tornó distinta, no sólo por su ensalzamiento, sino por la indefectible transfiguración de sus palabras.
El castellano medieval a nuestros oídos nos resulta extraño. La avanzada de nuestros ‘chateadores’ resulta extravagante. Tal vez la más bella expresión del castellano sea para nosotros, hijos del siglo XX, la preciada expresión de nuestro tiempo.
Debo confesar que me horrorizan los diálogos del ciberespacio, las conversaciones en la web con la mutilación de las palabras, los vocablos desgarbados, la fusión chocante de los términos, las expresiones chabacanas, los usos equívocos de las palabras, las locuciones ajenas, la antipática aglutinación de caracteres, los incomprensibles neologismos, y la ausencia de los puntos, las tildes y las comas, entre otros tantos males.
Está en riesgo la vida del idioma, digo en mi desesperanza. Me pregunto, entonces, si ante la avalancha carece de sentido nuestro esfuerzo. Si de algo vale nuestra misión de soñadores. Y en medio de la nostalgia un sí rotundo emerge, entonces, en mis cavilaciones.
Para nuestra congoja, bien para nuestro regocijo, es el idioma una expresión viva y dinámica.
Dejamos atrás el facer(2), el dexaron(3), al ansi(4), el vassalo(5), la eglesia(6), la mugier(7), los fijos(8); y el osava(9) y el havemos(10) con la aparente ortografía de un niño de primaria. No escribiríamos en el presente nuestras obras con aquéllas expresiones, pero con deleite leemos a quienes con ellas las crearon, descubrimos en ellas hermosura. Sencillamente no caerán los escritores de sus pedestales por más que se transforme nuestra lengua. Anejos conservarán su gloria.
Los de hoy somos los autores responsables de este instante, de un ciclo en un largo devenir. Los hijos del chat innovarán la lengua pero seguramente no renunciarán a la expresión de sus abuelos. La grandeza del idioma es la antología de todos sus momentos. Cada época es dueña de su estética, porque la belleza sucumbe a las costumbres.
La ortografía, la sintaxis, la gramática cederán al uso y se trasformarán, pero ese idioma en permanente evolución seguirá siendo nuestro castellano. El de ayer, el de hoy y el que se hablará mañana; el que ha sido testigo de todas las vanguardias. Porque es el heredero de las mismas raíces, de la misma historia y de las mismas glorias.
No nos pertenece el porvenir, nuestro compromiso es el presente. Leguemos al idioma nuestro mejor esfuerzo, a las generaciones venideras, nuestro ejemplo y la más estética expresión de nuestro tiempo.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.
Miembro Fundador Naciones Unidas de las Letras
1. Documentos de siglo XII y copia de otros más antiguos del siglo IX, son hasta ahora el primer testimonio escrito un dialecto romance hipánico con palabras propias del castellano.
2. Hacer
3. Dejaron
4. Así
5. Vasallo
6. Iglesia
7. Mujer
8. Hijos
9. Osaba
10. Hemos

miércoles, 17 de agosto de 2011

LA REACCIÓN DE LA SOCIEDAD, PEOR QUE LA CONDUCTA DE ‘BOLILLO’


Desdice la violencia de la capacidad racional del ser humano, y sin embargo, difícilmente habrá sobre la Tierra individuo que no la haya ejercido contra sus semejantes. Definible y concreta es la rudeza física, más vaga la violencia sicológica. Publicitada y propia del macho la primera, velada y característica del género bello la segunda.

En un episodio nebuloso del que pocos detalles se conocen, el técnico de nuestra selección de fútbol, Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez maltrató a su acompañante, y la sociedad cayó sobre él como una horda. No hay hoy en Colombia hombre más despreciado. Alfonso Cano, el jefe de las Farc, con todo y sus abominables crímenes, de pronto es más querido.

Actuó muy mal ‘Bolillo’, pero la sociedad actuó peor. Se percibe un linchamiento moral. ¡Nada que resulte edificante! Salvaje apenas, como todo lo que impera sin razón y por la fuerza. Nada hay de formativa en la reacción de la sociedad contra ‘Bolillo’. Apenas trata de poner, como escarmiento, su cabeza en una estaca.

¿Dónde están las voces que se dirijan a quienes se están formando? Apenas escucho expresiones rabiosas que hablan de vengar la ofensa pero nada enseñan. No escucho voces que con amor convenzan de la dicha que las virtudes de la mujer prodigan. No ha habido tiempo en la andanada para exaltar a la mujer, argumento inmejorable para entender por qué hay que amarla a más de respetarla.

La sociedad se queja reiteradamente del machismo, pero desde hace tiempo que en su mira destructora tiene al hombre. La equidad en materia de género está tergiversada. Creo que si hubiera sido ‘Bolillo’ por la mujer abofeteado, hubiera pasado desapercibida la violencia. Se aplaudiría pensando que su acompañante debió ser por él irrespetada.

A esta sociedad de estereotipos sólo le cabe pensar en el hombre violento, abusivo y violador y en la mujer tierna, violentada y abusada. Siempre una inocente, siempre un culpable. ¡Qué falta de conocimiento de la naturaleza humana! Entre hombres y mujeres eternamente habrá seres exquisitos y almas malas. Y aunque la conducta es un hecho individual, la sociedad tiene grave responsabilidad en el comportamiento de sus miembros: ella es la responsable de formarlos.

¡Sociedad hipócrita! que alienta conductas que luego recrimina. Cuántos maltratadores y maltratadoras -y aquí el lenguaje de género si cabe - de adultos y de niños están hoy protestando, cuando deberían también estar haciendo un examen de conciencia y un propósito de enmienda.

¡Sociedad cobarde!, que sólo denuncia cuando se siente a salvo. Que opta por la humillación o la complicidad ante los criminales. Siempre como can asustado con el rabo entre las piernas. Si hubiera presentido peligrosidad en el técnico de fútbol, muy pocos lo hubieran denunciado. Así no se ha expresado contra ‘Cano’, ni contra ‘los Rastrojos’.

¡Sociedad indolente!, que para congraciarse con la mujer demuestra horror –quién sabe si sincero- por el 9% de los homicidios que se cometen en Colombia –que son contra mujeres-, pero nada protesta por los restantes crímenes. Al fin y al cabo en ese 91% sólo hay hombres.

¡Sociedad atolondrada!, que emite juicios sin saber juzgar. Que absuelve o condena ignorando el contexto de los hechos.

¡Sociedad incoherente!, que muestra indignación por hechos menos graves que por los que muestra indiferencia. Por eso convive con la corrupción y con el delincuente.

¡Sociedad destructora!, que actúa sin compasión cuando se ensaña, que no practica el perdón, que tampoco sabe del remordimiento.

¡Sociedad irracional, psicótica!, que se niega el placer de vivir en armonía, que se niega la dicha de amar y ser amado, de reconocer al semejante como hermano; la alegría de hacer el bien, la satisfacción de perdonar y de estar libre de rencores.

Le hace falta a nuestra sociedad mirarse en el espejo para sentirse culpable de cuanto critica, responsable de cuanto condena. Para ver en su ojo la viga que descubre en la mirada ajena.

Luis María Murillo Sarmiento MD

martes, 16 de agosto de 2011

UNA MIRADA MÁS OBJETIVA A LA CONSTITUCIÓN COLOMBIANA DE 1991

La conmemoración del vigésimo aniversario de la Constitución de 1991 ha exaltado los recuerdos de quienes vivimos la hechura de la nueva Carta: ver la confección de una Constitución no es favor que conceda a todas las generaciones el destino.

¡Cuántos testigos del suceso han muerto desde entonces! ¡Cuántos colombianos han visto la luz bajo la nueva norma! Aquéllos se llevaron el recuerdo de un suceso captado con sus propios ojos, éstos tendrán el conocimiento de lo que nosotros, subjetivos o imparciales, les contemos. Y en la embriaguez de la celebración, estamos narrando más con el corazón que con exactitud la historia.

Tal parece, con la alucinada apología de nuestra Constitución, que una Norma de Normas jamás hubiese existido en nuestra patria. ¡Ni sin igual, ni la primera! Dirá el tiempo que una más, que recogió de las pasadas sus aciertos, y que un día fue por fin sustituida. Ese es el acontecer inevitable de la Historia.

Que por fin se permitió el pluralismo político y la democracia participativa, se garantizó la libertad religiosa, fueron tenidas en cuenta las minorías, se reconoció a la mujer, se contemplaron los derechos fundamentales, se tuvo en cuenta lo social y se garantizaron las libertades individuales. Con estas y afirmaciones semejantes se argumenta que el mundo cambió, que otro sol nos ilumina y otro destino nos aguarda, porque el 4 de julio de 1991*, nació una nueva patria. ¿Cuánta emotividad y cuánta realidad sustenta el argumento? ¿No serán más las coincidencias que las diferencias entre la Constitución antigua y la ‘lozana’?

Reconozco en la nueva aciertos y cierta novedad, pero también advierto que la mayor parte de cuanto consagra, Constituciones más antiguas de Colombia también lo consagraban. Con mi aseveración la percepción de su virtud no cambia, pero sí la integridad con que debe presentarse nuestra Historia Patria.

Sin el concurso de la analogía resulta inverosímil un concepto imparcial de la Constitución examinada. La evolución de nuestra constitucionalidad muestra una fuerza vital que transforma nuestras Cartas. No han sido estáticas nuestras Constituciones y siempre algún legado han dejado a las que las subrogaron.

Por ello la de 1991 conjuga lo nuevo con lo añejo: aunque se redactó en estilo fresco, mantuvo trascripciones viejas; creó y modificó, pero mantuvo la mayoría de las instituciones; especificó nuevos derechos, pero salvaguardó los hasta entonces conquistados; refrendó principios y enfatizó otros nuevos. Más que crear, reorganizó y actualizó las normas.

Probablemente una reforma constitucional habría bastado. Para Estados Unidos en 224 años una sola Carta ha sido suficiente.


LA CARTA DEL 86, NI ESTÁTICA NI CADUCA
Centralista, católica, empeñada en la unidad nacional en un país sometido a sucesivas guerras, la Constitución subrogada fue promulgada el 7 de agosto de 1886.

En noviembre de 1894 comenzaron sus reformas. Sesenta y siete tuvo hasta la última, en 1986. La que consagró las consultas populares y la elección de alcaldes por el voto directo de los ciudadanos. Dos de sus reformas, la de 1977 y la de 1979, fueron inexequibles.

Y hasta reformas hubo a lo modificado, porque enmiendas sufrieron las enmiendas. Bástenos como demostración, la substitución de la reforma de 1921 por la enmienda de 1932, abolida a su vez por la reforma de 1936, que también derogó parte de la reforma de 1910. Sobrada razón tenga, entonces, al afirmar que nuestras Constituciones son colchas de retazos. Una treintena de remiendos tiene ya la del 91.
.
La Constitución de 1886, en consecuencia, no era al momento de su substitución la promulgada en el siglo XIX. Tenía ya un aire liberal, un ropaje social y una apariencia popular en virtud de sus reformas. Luego no podría tildarse de caduca. Ni marchita era una Carta con tantas transformaciones, ni errónea otra -la del 91- que en sólo veinte años ya ha modificado 54 artículos.


ENTRE LA SUBSTITUCIÓN Y LA REFORMA
Se intuiría que cambios radicales a la mayoría de las normas fundamentales que rigen el Estado demandan la substitución de una Constitución, y que modificaciones de menor envergadura sólo justifican la reforma. Pero ésta es una apreciación conceptual no refrenda por la praxis.

Las numerosas y extensas reformas que sufrió la Carta de 1886 probablemente representen mayor cambio que su substitución por la Constitución de 1991. Si algo es cierto, es que el texto suscrito en 1886 no era el mismo que nos regía en los agónicos días de nuestra penúltima Constitución, en 1991.

Bástenos entrever los importantes cambios que debió introducir una reforma de 22 títulos y 69 artículos, amén de otros transitorios. Tal fue el Acto Legislativo Nº 3 del 31 de octubre de 1910, primera reforma amplia, que ya había sido precedida por 24 breves. Y no fue la única transformación extensa. De semejante magnitud fueron el Acto Legislativo Nº 1, del 5 de agosto de 1936 con 35 artículos que derogaron 33 de la Constitución vigente y le modificaron 4; el Acto Legislativo Nº 1 del 16 de febrero de 1945, con 21 títulos, 95 artículos y varias disposiciones transitorias, que derogó 17 artículos de la Carta Magna, amén de otros reformados o substituidos; el Acto Legislativo Nº 2 del 24 de agosto de 1954 con 24 artículos; el Acto Legislativo Nº 2 del 24 de agosto de 1954 con 14 artículos; el Acto Legislativo Nº 1 del 11 de diciembre de 1968 con 77 artículos; y el Acto Legislativo Nº 1 del 4 de diciembre de 1979 con 65 artículos -única reforma de las mencionadas que fue declarada inexequible-.

De tal recuento se colige que la fecha de expedición no devela la actualidad de una Constitución. Su nombre no alude más que a la fecha de su nacimiento. Puede haber Cartas longevas pero modernas. Naciones que van a la vanguardia tienen constituciones viejas. La de Estados Unidos (1787), por ejemplo, se precia de ser la más antigua. Y apenas ha sido sometida a 27 enmiendas.

Si para remozarse no es imprescindible derogar la Ley Fundamental, tal vez exista en la derogatoria más que el cometido práctico: un sentimiento inconsciente de romper con el pasado. La sensación de un nuevo nacimiento, de un renacer inmaculado -auténtica quimera-.

LA CONSTITUCIÓN DE 1991: COSECHA DE CONQUISTAS PRECEDENTES
No sucumbió con la Constitución de 1991 todo el espíritu de la Constitución de Núñez**. Hay en sus artículos trascripciones textuales de la Carta del 86, y si incluimos sus reformas, la Norma de 1991 es heredera de su predecesora, se asemeja a ella como el hijo al padre: no idéntica, pero sí una expresión evolutiva, renovada.

Pero cuanto se especula de la Nueva Carta intenta erróneamente romper con el pasado, distorsionando, además, la percepción de lo que era el país en los tiempos en que fue concebida por la Asamblea Nacional Constituyente. Cada materia, cada artículo, si vamos a ser fieles a la historia, merece realmente un comentario aclaratorio. Trabajo arduo y extenso que no abordaré más que en la medida en que tenga que ilustrarlo.

La del 86, con sus reformas, terminó siendo una fuente importante de derechos. La que la sucedió consagra conquistas similares y derechos semejantes, Y los nuevos que se advierten no son más que el paso inevitable en la evolución que mostraban las reformas constitucionales de la Carta precedente.

La reforma de 1936, tan progresista, en la mejor acepción de la palabra, se había adelantado a la Constitución actual estableciendo como gratuita la enseñanza primaria; consagrando la protección de los derechos de los trabajadores, instituyendo su derecho a la huelga y erigiendo el trabajo como una obligación social protegido especialmente por el Estado. Tal reforma estableció deberes sociales a los particulares y al Estado, imponiendo a las autoridades la obligación de asegurar su cumplimiento. Se aludió a la función social de la propiedad señalando que: “se reconoce la propiedad privada pero con una función social sujeta a obligaciones”. A su vez, consagró en su artículo 16 que: “la asistencia pública es función del Estado. Se deberá prestar a quien careciendo de medios de subsistencia y de derecho para exigirla de otras personas, estén físicamente incapacitadas para trabajar”. Setenta y cinco años después muchos colombianos piensan que fue un logro de la constitución expedida en 1991.

La exaltación que se hace de la consagración de la libertad y la igualdad religiosa en la Constitución de 1991 hace pensar que antaño religiones diferentes a la católica estaban censuradas, y que sólo desde su promulgación se dio la libertad de cultos. Tal percepción es infundada. La de 1886 en su artículo 40 también la consagraba. Lo que sí ocurre es que La Nueva Carta, más laica y sin fervor católico, omitió aquéllo de que la religión Católica, Apostólica y Romana es la de la Nación. Punto de vista neutral que no cambia la preponderancia de aquélla religión, que se sustenta, no por privilegios, sino por ser la profesada mayoritariamente.

En tales circunstancias la novedosa holgura religiosa que se recalca de la Constitución de 1991 es inexacta, es en realidad la continuidad de una libertad de culto que existía de antaño y que brindaba a las asociaciones religiosas, ya en el siglo XIX, la protección de la ley (Artículo 47 de la Constitución de 1886).

Y multitud de iglesias antecedieron en Colombia a la Constitución de 1991. La Iglesia Bautista, por ejemplo, asentó en San Andrés en 1845, y muchas iglesias protestantes se radicaron en Cali, Cúcuta y la Costa Atlántica en las primeras décadas del siglo XX.

En 1991 al declararse la igualdad de las confesiones existentes, lo que se hizo fue apuntalar la extinción de todo privilegio a la Iglesia Católica. Privilegios que en su mayoría había perdido en la reforma de 1936, cuando se derogaron las normas de 1886 que pusieron la educación pública en sus manos y que prohibieron gravar los bienes de la Iglesia. En tales términos, la celebración de la libertad y de la igualdad religiosa con la promulgación de la nueva Constitución no es tanto el regocijo por una conquista de derechos, sino el festejo -extemporáneo- por la abolición absoluta de unas prerrogativas.

La elección popular ha sido una conquista progresiva -no intempestiva- de nuestra democracia. A la elección popular apenas aportó la nueva Constitución la de gobernadores, llevada a cabo por primera vez a cabo el 27 de octubre de 1991. Las demás ya hacían parte de la Constitución substituida. La elección del Presidente, en un comienzo a cargo de las Asambleas Electorales, se hizo por el voto directo de los ciudadanos tras la reforma constitucional de junio de 1910; la de alcaldes se introdujo en la última de sus enmiendas, la de 1986, y se hizo práctica en las elecciones de 1988.

En materia de pluralismo político es necesario advertir que partidos diferentes al liberal y al conservador existieron antes de la Constitución del 91. Uno de ellos, la Anapo, por poco se hace al poder en 1970. Para muchos, su candidato presidencial, Gustavo Rojas Pinilla, fue el auténtico triunfador en la contienda. Y si nos sumergimos más en el pasado, encontramos que el Partido Comunista Colombiano, fundado en 1930, tuvo candidato presidencial en muchas elecciones. Eutiquio Timoté, indígena, luego representante de una minoría, fue el candidato del Partido Comunista que enfrentó la candidatura presidencial de Alfonso López Pumarejo en 1934.

Y los numerosos congresistas, diputados, alcaldes y concejales elegidos por la Unión Patriótica son prueba del pluralismo que antecedió a la Nueva Carta. Otra cosa fue que miles de sus militantes cayeron asesinados como consecuencia de la intemperancia y de las confusas relaciones de ese partido con la guerrilla colombiana.

El derecho de petición, que se hizo popular tras la aprobación de la nueva Constitución, no es sin embargo novedoso, con idéntica redacción lo consagraba el texto original de la Constitución de Núñez, en 1886. La libertad de conciencia también estaba en su artículo 53 asegurada. Hoy es el artículo 18 de la nueva Carta.

La inclusión de la mujer tampoco fue un remedio de la nueva Norma; apenas afianzó las conquistas constitucionales de mediados del siglo precedente. No se les reconocía en 1886 a las mujeres el derecho al voto, menos la calidad de ciudadanos.

El acto legislativo de 1936, reformatorio de la Constitución, las habilitó para desempeñar empleos, aún aquéllos con autoridad anexa. Fue así como en 1955 por primera vez una mujer, Josefina Valencia, fue nombrada gobernadora. Un año después fue también la primera mujer con el cargo de ministra.

En 1954 con la exclusiva intención de otorgarles el derecho del sufragio se hizo otra reforma. Y el primero de diciembre de 1957 se las convocó a votar un plebiscito que en uno de sus artículos les reconoció los mismos derechos políticos de los varones. En consecuencia, en 1958 por primera vez en Colombia una mujer, Esmeralda Arboleda, fue elegida senadora. En 1961 fue también Ministra de Comunicaciones.

La Constitución de 1991, que no podía cambiar esa tendencia, afianzó los reconocimientos, incorporando la adecuada participación de la mujer en la administración pública. Además enfatizó el rechazo a toda discriminación y acentuó la protección a la mujer embarazada y a la mujer cabeza de familia.

Las minorías no estuvieron ausentes en la Constitución de 1886. La reforma de 1968, por ejemplo, estableció que debían tener participación en las mesas directivas de las corporaciones de elección popular. Y la de 1991, tan preocupada por el tema, tampoco resultó tan vanguardista. Tendrá que reformarse, por ejemplo, para que los homosexuales puedan constituir familia. Ésta se instituye “por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio”, reza el artículo 42 de nuestra Ley fundamental.

Sorprende que hasta la condena de la esclavitud haya sido exaltada como propia de la nueva Carta Recordemos, entonces, que el artículo 22 de la Constitución de 1886 ya la reprobaba: “No habrá esclavos en Colombia”, más aún: “el que, siendo esclavo, pise territorio de la República, quedará libre”. Y tampoco fue conquista de esa Carta, porque la abolición de la esclavitud en Colombia data de 1851. La Constitución de 1991, que escasamente refuerza el concepto, incorpora como novedad la prohibición de la trata de personas.

La pena de muerte prohibida en la Carta del 91, tiene una historia de ires y venires. Fue abolida por la Constitución de 1863, restablecida por la del 86 y vuelta a suprimir por el Acto legislativo Nº 3 del 31 de octubre de 1910, que además la sustituyó por una pena de prisión de 20 años. Lo que la Constitución de 1991 innova en la materia, es la condena de la desaparición forzada. Delito execrable, cometido más por las bandas criminales que por los agentes del Estado.

No desapareció en la práctica el Estado de Sitio de la Carta precedente. Ahora -cuestión de la semántica- le tenemos un nombre diferente. Tampoco fue el coco que popularizaron con desinformación y efervescencia. No fue omnímodo, sí iterativo y casi permanente.

Se transformó en la Carta Política del 91 en el Estado de Conmoción Interior, uno de los estados de excepción por ella contemplados. El Estado de Sitio apenas permitía suspender temporalmente las leyes incompatibles con el estado de excepción -igual que hoy-. Y como ahora, hacía al Presidente responsable de los abusos cometidos con sus facultades. Entonces tenía el control de la Corte Suprema y del Congreso. Hoy la Corte Constitucional ejerce los controles. También fue limitado en su vigencia: a tres períodos de 90 días lo restringió la nueva Carta.

El viejo Estado de Sitio fue tan ‘aplastante y terrorífico’ que resultó incapaz de someter a los movimientos subversivos. Ya sin él, que paradoja, vino a hacerlo un presidente decidido.

LO NUEVO DE LA NUEVA CARTA
Deben reconocerse como novedades en la Constitución del 91 la Fiscalía General, la Contaduría General de la Nación, la Defensoría del Pueblo, la Corte Constitucional, el Consejo Superior de la Judicatura, el libre desarrollo de la personalidad, la democracia participativa y la tutela.

En cierta medida lo es la Policía Nacional, ¡quien lo creyera! Demostración de que una institución esencial podía existir sin estar definida en la Ley Fundamental. Sin marco constitucional la Policía fue fundada en 1891. En años posteriores sólo una alusión casi casual se hace a la Policía Nacional en la reforma del 45. La Constitución de 1991 es finalmente la que la define. No para crearla -ya era centenaria-, forzosamente para reconocerla.

La administración de la justicia se vio aparentemente enriquecida con nuevas instituciones, pero paradójicamente la prodigalidad terminó en enfrentamientos. ‘Choque de trenes’, los medios los tildaron.

Más paradójico aún, la tutela, el más reconocido de los bienes la Constitución, se convirtió en el principal motivo de discordia. La revisión de tutelas contra sentencias de otras cortes por la Corte Constitucional -guarda de la supremacía de nuestra Carta- llevó a choques que no se conocían cuando sólo existían Consejo de Estado y Corte Suprema de Justicia en la Constitución pasada.

El Consejo Superior de la Judicatura, aunque nuevo en la vida nacional, ya había sido concebido en la reforma constitucional de 1979, que fue declarada inexequible. Y si prevalecen los argumentos para suprimirlo en la reforma de la justicia presentada al Congreso por el gobierno actual, habremos de pensar que su creación fue un desacierto.

La democracia participativa se consolida en la nueva Constitución con el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato. Expresión avanzada y superior de la democracia, no es totalmente nueva en la constitucionalidad colombiana.

El plebiscito ya había sido puesto en práctica en 1957, y las consultas populares existieron en Colombia desde la reforma de 1986. La revocatoria de mandato sí es, en cambio, legado de la nueva Constitución. Novedoso y significativo progreso de la democracia que permite al elector destituir al elegido. Figura improductiva, por desgracia, que no ha servido a los colombianos para deshacerse de ineficientes o indecorosos gobernantes.

El reconocimiento del libre desarrollo de la personalidad es expresión superlativa del respeto a la autonomía del ser humano. Puede obrar en su favor o en contra suya: Para que sientan holgura los espíritus exquisitos que escapan a lugar común… para que se echen a perder las naturalezas disolutas. ¡Pero dueño es el hombre de su propia vida!

La tutela, apenas un mecanismo para hacer expedito y efectivo el reconocimiento de los derechos fundamentales, es hoy por hoy la más popular y reconocida innovación de la Constitución de 1991. Ninguna como ella ha sido tan práctica y tan útil.

Y así como innovó, la Constitución del 91 también regresó ciento cinco años al pasado, para restablecer la figura del Vicepresidente, abolida en la reforma de 1905. Igual, por el antojadizo vaivén de nuestras normas, en 118 años la reelección presidencial existió, fue abolida y ha nuevamente regresado. Caprichos constitucionales por los que también el Consejo de Estado estatuido en la Constitución de Núñez y de Caro, fue abolido por el Acto legislativo No. 10 de 1905, pero restablecido por la reforma de 1914 y heredado por la actual Constitución.

CONSTITUCIÓN DE 1991, UN BALANCE ENTRE PROPICIO E INFRUCTUOSO
La Constitución de 1991 nació de la esperanza. Aún recuerdo la ilusión en medio de las bombas, el entusiasmo en medio del horror del narcotráfico, la fe en medio del asedio subversivo, del exterminio de tantos dirigentes, del sacrifico de autoridades valientes e impolutas.

El sueño en la nueva Constitución surgió de la convicción de que no habría otra fuerza capaz de contener los males.

Ver en la presidencia de la Asamblea Constituyente a Antonio Navarro Wolff y a Álvaro Gómez, encarnación del secuestrador y el secuestrado, del ex guerrillero izquierdista y el hombre de derecha, nos hizo fantasear con la concordia, ignorar incluso que afuera, las Farc y el Eln seguían abriendo fuego y que los narcotraficantes presionaban por dejar en la Constitución su impronta -finalmente consiguieron que la extradición no se incluyera-.

El deslumbramiento con la Constitución actual, en mi criterio, proviene del rumor mediático que hizo ver partida con ella la Historia de Colombia. Y de un ensalzamiento que tiene fundamento más en las motivaciones de la Carta que en sus desenlaces.

No cambio la Constitución la esencia del país a pesar de sus fines bien intencionados. Gracias a la algazara, sin embargo, millones de personas por primera vez supieron qué es y para qué sirve una Constitución, y tuvieron los colombianos una mejor percepción de sus derechos. Pocas, probablemente, han ponderado tanto al ser humano.

Fue como un sueño de hadas, que paulatinamente se fue desvaneciendo. Apenas tres meses después de promulgada, el boom del M-19*** se deshizo: en las primeras elecciones bajo la nueva Carta el movimiento sufrió un estrepitoso descalabro.

Se revocó el Congreso para purificarlo, pero los que lo sucedieron padecieron males peores y mayor vergüenza. El “Proceso 8000” y la “parapolítica” ocurrieron a la vista de la Constitución que nos devolvería el decoro.

Su devoción social tampoco sirvió para aplacar el horror de las acciones subversivas, al fin y al cabo lo social no es más que su pretexto. Vino a ponerlas en retirada la valentía de un mandatario que no sucumbió a la indecisión de quienes lo antecedieron, no era cuestión de Constitución sino de arrojo.

Éticamente Colombia está peor que en los aciagos años de los carteles de Medellín y Cali. La corrupción asedia por todos los costados, se avizora la Patria en el abismo. Y es que la sola Constitución no basta mientras no se transformen las costumbres. Está el país frente al mismo hombre de la Constitución pasada y con los mismos males. Mientras no exista determinación moral no habrá norma que cambie nuestra suerte.

Luis María Murillo Sarmiento M.D.

* Fecha de la promulgación de Constitución Política de Colombia.
** Aunque mencionada como Constitución de Núñez, su inspirador, realmente tuvo la redacción y la impronta de Miguel Antonio Caro. Más aún, no fue sancionada por el presidente Núñez, sino por el designado José María Campo Serrano.
*** Movimiento subversivo que dejó las armas y se constituyó en la Alianza Democrática M-19. Obtuvo en la Asamblea Nacional Constituyente la representación mayoritaria.


Nota: Un simple clic en el computador permitirá al lector consultar los auténticos avances constitucionales y confirmar o rebatir cuanto sostengo. Allí, en el ciberespacio, reposan los textos originales de las Constituciones citadas con todas sus reformas.