martes, 29 de abril de 2014

EXPERIMENTACIÓN EN HUMANOS: LIGEREZAS ÉTICAS Y CONDUCTAS CRIMINALES



INTRODUCCIÓN
Solemos intuir en la investigación científica un fin filantrópico y un ideal animado por el bien, sin embargo, ahondar en la historia de la ciencia, que con sus adelantos nos deslumbra, conlleva descubrir que la investigación científica muchas veces con la ética ha sido desdeñosa. En su afán de conocer la humanidad ha faltado a la escrupulosidad, ha sido poco sensible y hasta despiadada. 
La euforia por los grandes descubrimientos que han  provisto el progreso de la medicina  nos embriaga de tal manera que pasamos por alto las circunstancias en que se forjaron. Pero deberíamos pensar que buena parte de nuestro bienestar reposa en el sacrificio involuntario de seres humanos que fueron expuestos y  martirizados en pos de las conquistas.
Los tiempos cambian, con ellos el saber, las costumbres y hasta la apreciación moral de la conducta. ¿Cuántos abusos no habrá cometido el hombre en pos de un conocimiento con fines altruistas?  Los cambios de hábitos y paradigma hoy nos hacen juzgar con severidad muchos sucesos precursores, siglos atrás, de nuestros adelantos médicos.  
Las características peculiares del  entorno político, social y científico mitigan en parte las faltas, pero dejan cierto sabor amargo al imaginar el trato indolente que recibieron los sujetos pasivos de las conquistas de la ciencia. No es fácil juzgar cuando cambiamos el entorno, haciendo que nuestro juicio se trasporte con el conocimiento actual a sucesos acaecidos en épocas tan diferentes que ya vemos lejanas, empero, toda reflexión que hagamos de la conducta humana deja lecciones aplicables al presente y a la posteridad.  
De todas formas si aceptamos que el perjuicio causado por las investigaciones no puede desligarse de la motivación que las respalda y de la intencionalidad del daño, podremos admitir que mucho va de la investigación con fin filantrópico al ensayo monstruoso característico de la Alemania nazi. Estos experimentos serán siempre referencia obligada, para muchos la única, de la investigación practicada sin restricciones éticas. Pero no fue la primera, tampoco fue la última.
La intención marca una clara diferencia moral, independiente de ello, hacer del sujeto investigado un simple medio para alcanzarla se constituye en falta. El fin y el medio son, en consecuencia, cruciales en el análisis de los casos que voy a presentar. 
De una parte, sin claro interés malévolo, pero sin la consideración debida, se han llevado en el mundo y en todas las épocas infinidad de experimentos en los que sus máculas solo el ojo avizor de la ética deja al descubierto. Vale la pena conocerlos como elementos aleccionadores, y sin tener, por ello, que derribar de su pedestal a los hombres que con justicia han sido encumbrados por la historia y por la medicina. 
De otra parte existe el experimento siniestro en sus fines y en sus medios, en el que la maleficencia es el principio que lo encauza. Este sí, absolutamente en todo condenable. Lo encarna la experimentación nazi con su misantropía. 
Con los experimentadores nazis la investigación alcanzó un grado de ilicitud y de crueldad insuperable. Ellos rebasaron todos los límites de lo permitido y todo perjuicio imaginable. No fueron los únicos, tampoco los pioneros. Sí los que en más grande escala la efectuaron. Esa fue su defensa, en Núremberg. Allí expusieron ensayos que muchos años atrás los precedieron.  
Los errores y las infracciones se han conocido por la suspicacia de la prensa, pero también por las alarmas que provinieron desde el mundo médico; de esa voz crítica que purifica la disciplina desde adentro. Jean Heller y Eileen Welsome representan la primera,  el doctor Henry Beecher (1904-1976) la segunda. 
Este anestesiólogo, profesor de Harvard,  describió en “Ethics and Clinical Research” (New England Jornal of Medicine, de  junio de 1966) conductas que en 22 experimentos habían violado requisitos éticos; el consentimiento y el derecho de los sujetos investigados a recibir tratamiento, por ejemplo. Sus colegas lo criticaron al considerar que su artículo hacía parecer como proceder general lo que era una excepción. Adalid del consentimiento informado y de pautas para la experimentación fue objetado, elogiado, desacreditado y respaldado; y es ejemplo de las tantas preocupaciones que han contribuido al avance de la bioética.
Los juicios no son fáciles. Juzgar los aciertos y los errores de la ciencia, no es tarea menuda. No todo es tan manifiesto y tan sencillo como en el holocausto nazi. En esta tarea, le corresponde a la ética el análisis aleccionador, que ante todo previene.
Valgámonos, entonces, de los casos que he incluido en este documento para realizar el ejercicio que nos permita diferenciar entre lo incierto y lo evidente, entre lo sencillo y lo complejo, entre lo reprochable y lo justificable, y que nos lleve a sacar lecciones prácticas de tantas experiencias. 
LOS EXPERIMENTOS DEL PADRE DE LA GINECOLOGÍA MODERNA
Los experimentos del considerado padre de la ginecología moderna, James Marion Sims, son razón de júbilo para la medicina, pero también motivo de controversia ética. 
El afamado  médico estadounidense vivió entre 1813 y 1883, y fue uno de los más importantes cirujanos de su siglo. De la trascendencia de sus innovaciones dan cuenta los elementos y técnicas que perpetúan su nombre. La posición de Sims, el espéculo de Sims, y particularmente su exitosa técnica quirúrgica para la corrección de las fístulas vésico-vaginales. 
Los partos difíciles de aquélla época fueron causa habitual de este tipo de fístulas, que no encontraban reparación posible pese a los intentos reiterados. Empeñado en  descubrir la cura, Sims invirtió sus recursos en conseguir una docena de negras aquejadas de tal padecimiento. Construyó una enfermería y practicó un centenar de intervenciones. Una sola esclava, Anarcha, soportó treinta procedimientos. El éxito coronó su empeño. En 1849 su ensayo concluía, cuatro años después de haberlo comenzado. Con una nueva sutura de hilos de plata había conseguido derrotar las recurrentes infecciones. Entonces, en 1852, cuando el éxito estaba asegurado, comenzó a intervenir pacientes blancas, auxiliado, además, por la anestesia. 
No debemos, ni siquiera, preguntar por qué en época de esclavitud fueron las de la experimentación pacientes negras. Pero al menos dolor no hubieran soportado. Fue este motivo de reproche. De todas maneras juzgar no es cosa fácil. Sims, se dice, les administraba opio a las esclavas al final de las intervenciones. La anestesia, en 1846 apenas descubierta, no era, entonces, una técnica suficientemente conocida y aceptada. Treinta intervenciones en una sola enferma y en tales condiciones, y el sometimiento a Infecciones que pudieron poner a las pacientes al borde de la muerte, dejan, sin embargo, en entredicho la humanidad de la experiencia.  
Pero admitamos que desdibujados por el tiempo surgen debates bioéticos en torno de datos imprecisos. El principio de autonomía es muy moderno, ¿pero contaría Sims con la voluntaria aceptación de las esclavas? Porque bastaba entonces el consentimiento dado por los amos. De todas maneras parece que la fuerza brutal fue necesaria para dominar a las negras en las intervenciones. Son evidentes el abuso y la discriminación, pero a nuestros ojos, reacios a toda servidumbre; acostumbrados a un mundo libre y no de esclavos. 
La condenación  de Sims no la pretendo, por el contrario, trato de entender sus circunstancia y su tiempo. Su corazón, se afirma, lo acercó a  los pobres y lo llevó a realizar obras piadosas.  Debió existir, por tanto, buena intención en sus motivos. 

Pero en esta era de ciencia y de bioética, no solo interesan de los genios las  victorias, también la condición moral de las acciones; con ánimo aleccionador –por supuesto- y no punible. 
DESCUIDOS ÉTICOS DE NEISSER EN EL ESTUDIO DE LA SÍFILIS
Albert Neisser, famoso médico alemán, descubridor en 1879 de la Neisseria gonorrhoeae, microorganismo causante de la blenorragia, también llevó a cabo, en 1872, estudios para el tratamiento de la sífilis.
Ocho mujeres, entre menores de edad y prostitutas, hospitalizadas por enfermedades de la piel sirvieron a su propósito. Neisser, quien era dermatólogo, no contó con el consentimiento de ninguna. 
Animado por el deseo de obtener una vacuna les inyectó suero de pacientes sifilíticos. Tiempo después cuatro de las prostitutas desarrollaron la enfermedad. El científico salvó su responsabilidad aduciendo que no el experimento, sino el oficio de las pacientes, era la causa de la infección. 
Pocos cuestionaron sus métodos, la academia los respaldaba. Sin embargo, el psiquiatra alemán Albert Moll abrió un debate. La polémica llevó al gobierno a declarar que en toda acción médica no terapéutica ni profiláctica debía contarse con consentimiento del afectado. Aunque no fue una disposición obligatoria, se constituyó en punto de reflexión importante para la ciencia de la época. 
Moll preocupado por las prácticas alejadas de la ética publicó en 1902 “Ética médica: deberes del médico en todas las relaciones de su trabajo”, pero el mundo de la medicina todavía apático a estas reflexiones poca atención le puso a sus consejos. 
Dos siglos atrás, cuando aún nada se sabía  de los organismos infecciosos, y se llegó a confundir la blenorragia con la sífilis, pensando que aquella era un síntoma de esta, John Hunter, defensor de esta idea, antes que contagiar a otros con su experimento, se inoculó secreciones uretrales gonocócicas de un sifilítico, adquirió la lúes y murió de un aneurisma convencido de su error. 
LOS EXPERIMENTOS DE MENGELE Y LAS ATROCINADES NAZIS
Triste y escalofriante trasmutación, la de una profesión compasiva y protectora de la vida convertida en arma criminal de guerra. Tal fue la triste hazaña del doctor Mengele, experimentador nazi convertido en ‘ángel de  la muerte’, y cuyos  rasgos, bien conocidos, nos ilustran la horma de aquellos profesionales que en una Alemania psicótica dieron la espalda a los deberes médicos.  
Sus experimentos, partiendo del menosprecio por la dignidad humana y la obnubilada creencia de la superioridad de su raza, trasgredieron todos los límites éticos de la investigación y se adentraron en el campo de la tortura con ensayos inútiles y brutales. 
Habiendo tramitado su asignación como médico de campo de concentración, Josef Mengele llegó a Auschwitz (Polonia) el 30 de mayo de 1943. Tenía el grado de capitán, 32 años y un enorme interés por experimentar en seres humanos.  Allí fue nombrado director médico del campo de familias gitanas y tuvo entre sus funciones definir la suerte de los prisioneros  recién llegados, cuyo sino pasaba por la cámara de gas o el suplicio de sus investigaciones. 
La brutalidad de los campos de concentración no talló el aliento sanguinario de Mengele, solo favoreció la materialización de su temple desalmado, auspiciando las condiciones para el abuso, la tortura y el asesinato sin cohibición alguna.
Horrorizan las torturas físicas como sobrecoge el tormento psicológico de las víctimas en aquellos campos infernales. Las expresiones del holocausto dirigido por Mengele fueron muchas, pero con unos pocos ejemplos podemos retratarlo. 
Su fascinación por gemelos y deformes llevó a la muerte a varios centenares. Solo el 10% de los gemelos sobrevivieron a su estudio; al encanto de descubrir sus semejanzas y sus diferencias en la disección de sus cadáveres.  Su placer por las necropsias implicaba una suerte mortal para sus víctimas. Hijos de brazos de mujeres asesinadas por orden suya se convirtieron en combustible de los hornos crematorios o en sujetos para experimentar. Con ellos pudo estudiar los efectos de la inanición y seguir el agotamiento corporal  hasta la muerte. 
En aras de investigaciones fútiles los judíos podían ser amputados; inyectados en las venas o en el corazón con cualquier tipo de químico, insecticidas, por mencionar alguno; sometidos a vivisección para medir la resistencia al sufrimiento;  o inyectados en los globos oculares para cambiarles de color los ojos. De hecho su deslumbramiento por los ojos hizo que muchos de los de sus víctimas hicieran parte de un especial muestrario. Como los esqueletos deformes de sus inmolados, que constituían otra colección, con la que podía ilustrar la imperfección física de los judíos. 
Su curiosidad por la médula espinal dejó a muchos de los prisioneros parapléjicos o cuadripléjicos; y su curiosidad por el efecto de las bajas temperaturas sobre el cuerpo fue satisfecho sumergiendo en agua helada a los conejillos humanos de su experimento.
Las epidemias encontraron en él la resolución más fácil. La de tifus de1943 fue controlada enviando a 600 enfermas a las cámaras de gas. 
Y la Alemania nazi lo admiraba. De él sus superiores escribieron: “Como médico del campo de concentración de Auschwitz ha dado uso práctico y teórico a sus conocimientos ayudando a luchar además contra grandes epidemias con prudencia, perseverancia y energía, y a menudo en condiciones muy difíciles. Ha utilizado con gran celo su propio tiempo libre aportando una valiosa contribución a la ciencia antropológica. Como médico de la SS goza de gran popularidad y es respetado en todas partes”. 
Veintiún meses, Mengele estuvo en Auschwitz, de donde huyó diez días antes de que  el ejército ruso liberara el campo. Aunque capturado pocos días después, fue liberado: ignoraban los aliados su identidad y sus acciones. Ni siquiera en el Juicio de Núremberg se conocieron sus horrores. Tras de la guerra Mengele vivió en Argentina y Paraguay, y murió en Brasil en 1979. Perseguido sí, pero habiendo vivido más de tres décadas de impunidad.  
Aunque Auschwitz y Mengele son el símbolo de la barbarie nazi, aquel campo y aquel criminal están lejos de ser responsables de todos los horrores. Auschwitces y mengeles, en el Tercer Reich, hubo en exceso. Unos campos eran asiento de experimentación –los de concentración-, los otros se llamaban de exterminio. En la realidad ambos lo eran. Solo que en estos la esperanza de vida se contaba en horas o en minutos, pues a ellos llegaban los prisioneros para ser ejecutados. Aunque las principales víctimas fueron los judíos, también gitanos, homosexuales, comunistas y prisioneros de guerra fueron objeto de experimentación inhumana. 
En Polonia existieron a más de Auschwitz, los campos de exterminio de Treblinka y Majdanek. En Alemania, los campos de concentración de Neungamme, Dachau, Buchenwald y Ravensbrueck. 
En Dachau, en busca de la vacuna contra la malaria y de tratamientos contra la enfermedad, un millar de prisioneros fueron contagiados. La mitad murió. 
En Buchenwald, Carl Vaernet convencido de que podría encontrar la cura de la homosexualidad ensayó con hormonas, con la castración y la amputación del pene, y con la implantación de una ‘glándula artificial’ que no dio resultado, pero terminó con la vida de los homosexuales. 
Buchenwald fue también escenario de estudios contra el tifus. Noventa por ciento de los prisioneros inoculados para mantener viva la rickettsia fallecieron. La suerte de los otros fue variable. Unos recibieron vacunas y medicamentos experimentales, y fueron infectados  para probar la efectividad de la medida; otros, como grupo control, fueron contagiados y se les dejó sin tratamiento. Fiebre amarilla, cólera, difteria y viruela fueron, en Buchenwald, objeto de investigaciones semejantes. 
Allí también se experimentaba con venenos. Administrados en los alimentos, se esperaba la muerte del sujeto investigado para practicarle una reveladora autopsia. 
Ravensbrueck fue campo de estudio de las sulfamidas. Para determinar su efectividad se les provocaba heridas a los prisioneros, se las contaminaba como las heridas del campo de batalla y se les inoculaban los bacilos  tetánico y de la gangrena. Otros ensayos en este campo de concentración fueron los encaminados a la regeneración de tejidos. Los prisioneros eran sometidos a extracciones sin anestesia de hueso, músculos y nervios. Unos morían, otros quedaban mutilados. 
En el campo de  Natzweiler, en Francia (como en el alemán de Sachsenhausen)  la experimentación se realizó con sustancias vesicantes como el  gas mostaza y la lewisita, productoras de graves y extensas lesiones ampollosas en la piel y las mucosas. Estos químicos, usados como arma de guerra, fueron objeto de investigación para determinar el mejor tratamiento de los daños causados a la tropa. 
En Austria existieron los campos de concentración de Mauthausen y Gusen. El primero fue conocido como “el campo de los españoles”, por la concentración de republicanos que habían luchado contra Franco. Allí el médico Aribert Heim, apodado el “Doctor Muerte”, o el “Carnicero de Mauthausen” aplicaba a sus víctimas inyecciones letales en el corazón.  
En los investigadores nazis primaba el interés de conocer la tolerancia del organismo humano a condiciones lindantes con la muerte, así se estudiaron los efectos tóxicos y las dosis letales de medicamentos; la resistencia al hambre extrema para conocer, en las autopsias, sus efectos sobre el hígado y el páncreas; la tolerancia del organismo a las temperaturas bajas, observando las consecuencias de la congelación del cuerpo; y se practicaban, sin anestesia, amputaciones de miembros, trasplante de órganos y trepanaciones del cráneo para observar sus características anatómicas y para extraer el cerebro a personas conscientes durante el atroz ensayo. La obstinación por los hallazgos post mortem de los efectos que provocaban con sus experimentos fue constante en los investigadores alemanes.
Otra obsesión del régimen, fue la esterilización, como parte de sus planes eugenésicos, y llevó a cientos de miles de retrasados, enfermos mentales y  personas con deformidad o discapacidad a la esterilización sin su consentimiento, contra su voluntad y por la fuerza. En esta área tristemente sobresalió el doctor Carl Clauberg, con experimentos en Ravensbrück y en Auschwitz. Se buscaba el método más rápido y sencillo para aplicar masivamente. Radiaciones, sustancias tóxicas parenterales e intervenciones quirúrgicas hicieron parte de los experimentos. 
Los estudios sobre la hipotermia antecedieron a Mengele. Los inició la Luftwaffe en 1941, y los tuvieron a cargo los comandantes de Dachau y  Auschwitz  bajo la supervisión de Sigmund Rascher. Los prisioneros eran expuestos desnudos a temperaturas bajo cero o sumergidos por horas en agua helada. Entonces se medía la temperatura del agua, la del cuerpo al retirarlo y al momento de morir; y se contabilizaban el tiempo de inmersión y el que tardaba en presentarse la muerte. Como el restablecimiento de la temperatura corporal también revestía primordial importancia, dada la exposición de las fuerzas alemanas a un clima inclemente en el frente oriental, la forma de resucitar los cuerpos expuestos a temperatura extrema constituyó otra fase del experimento. 
Otro estudio de la fuerza aérea alemana fue sobre los efectos de la altitud en los pilotos, para ello los prisioneros eran recluidos en cámaras de baja presión, en las que convulsionaban y morían; cuando no, se les podía practicar en vivo la disección de su cerebro. Sigmund Rascher fue el médico responsable de estos experimentos, algunos realizados conjuntamente con Mengele. 
Rasher, sin embargo, a pesar de su apego al régimen, fue ejecutado en el mismo campo de Dachau por engañar a Himmler. Sus hijos eran de su criada y de no su mujer, aria, de raza superior… pero infecunda.  
Muchos de los autores de las violaciones fueron capturados y sometidos a juicio: Muchos escaparon. Doce juicios se llevaron a cabo por crímenes de guerra en Núremberg, la zona de ocupación norteamericana. Veintitrés  personas, veinte de ellas médicos, fueron juzgadas por experimentos con enfermos en hospitales y con prisioneros en campos de concentración sin su consentimiento, tratos crueles, tortura, homicidio y genocidio. Pocos –cinco- fueron absueltos y uno liberado; los demás recibieron penas que oscilaron entre la pena de muerte –siete-, la cadena perpetua y sentencias a varios años de prisión. Mengele, sin embargo, en ese momento pasaba para el mundo desapercibido.

 SHIRÕ ISHHI Y LA BARBARIDAD JAPONESA
Aunque menos conocidos que los experimentos alemanes del tercer Reich, los llevados a cabo por los japoneses durante las guerras sini-japonesa y del Pacífico (1937-1945), son igual de abominables. 
Un espíritu tan diabólico como el de Mengele estuvo al frente de aquellas experiencias. Encarnó en Shirõ Ishii, militar, médico y microbiólogo, que dirigió la sección de guerra biológica del ejército de Kwantung. A cambio de judíos, los japoneses de Ishhi contaron con prisioneros chinos, rusos, estadounidenses y europeos; y convirtieron en supremacía racial japonesa la supremacía racial alemana que por aquella misma época se proclamaba en el otro extremo de la Tierra. 
Los campos de concentración nazi tuvieron su equivalente japonés en los Escuadrones y sus centros de operaciones. El Auschwitz de Ishii fue el Escuadrón 731con todas sus filiales. Los experimentos, más que eso, fueron, como los de los alemanes, actos de ferocidad inigualable. Practicaron en sus víctimas vivisecciones, inoculación de enfermedades, extirpación de órganos (cerebro, hígado, estómago, pulmones) en vivo y sin anestesia, amputaciones, experimentos de hipotermia y congelamiento, inyección de aire en las arterias, pruebas de inanición, pruebas con armas químicas en cámaras de gases, estudios de tolerancia a la asfixia, entre las muchas barbaridades que hacía destellar la imaginación asesina. 
Entre tanto sus armas biológicas (cólera, carbunco, peste bubónica, tuberculosis, viruela, botulismo) causaban enorme mortandad en las unidades de experimentación, en los campos de batalla y en la población civil. 
Los juicios de Núremberg  para los criminales japoneses fueron los juicios de Jabárovsk, en Rusia, en 1949,  llevados a cabo tras el fin de la Guerra Mundial. Sin embargo la mayoría de los responsables se salvaron del castigo. Ni siquiera Ishii fue imputado. Había sido arrestado por los estadounidenses, pero los Estados Unidos evitaron la revelación y la condena de sus atrocidades a cambio del conocimiento obtenido en sus experimentos de guerra biológica. Su valor se estimó inapreciable, pues se dijo que eran irrepetibles en razón de los impedimentos morales. 
La información recaudada por Ishii le dio inmunidad hasta su muerte, que fue en 1959, cuando un cáncer apagó su vida
A diferencia de Núremberg en Jabárovsk  todos los médicos fueron amnistiados.
La moral fue trasgredida y la justicia burlada. 

EL EXPERIMENTO TUSKEGEE
Oculta de la mirada del mundo, en otro sitio del planeta, casi concomitante con las iniquidades del Tercer Reich, otra investigación perturbadora se llevaba a cabo. De nuevo, como en los tiempos de Marion Sims, los negros eran objeto de abuso y discriminación.
Campesinos norteamericanos negros, pobres y analfabetos fueron engañados en un experimento financiado por el gobierno federal para observar los efectos de la sífilis sin tratamiento y adquirir, así, un mejor conocimiento de la enfermedad para alcanzar su cura.
En 1932 se inició el ensayo en la ciudad de Alabama que le dio su nombre. Cuatro centenas de negros participaron en el "Estudio Tuskegee sobre sífilis no tratada en varones negros". La observación de pocos meses y el tratamiento ulterior propuestos por el doctor Taliaferro Clark terminó prolongándose por años. Los escrúpulos éticos alejaron a Clark del proyecto un año después de haberse comenzado.  
A los pacientes se les ocultó el diagnóstico tras la vaga información de una enfermedad que comprometía la sangre y se les ofreció para captarlos el tratamiento gratuito del gobierno. Nunca lo recibieron. Ni al comienzo, cuando el tratamiento de la sífilis era tóxico y de dudosa efectividad, ni años después -final de la década de los cuarenta-, cuando la penicilina ya era utilizaba masivamente para tratar la sífilis. 
A los sujetos del experimento se les ocultó el remedio condenándolos a las graves consecuencias de la enfermedad. Inmutable la investigación siguió adelante fiel al propósito de observar el desenlace natural de la infección. Desenlace que terminaba con la muerte. Solo concluyó el experimento con el escándalo periodístico, cuatro décadas después de su comienzo. 
El investigador científico Peter Buxtun, desoído en sus reclamos éticos, alertó a la prensa, y el periodista Jean Heller denunció los hechos en la edición del 25 de julio de 1972 del New York Times,  El Congreso de los Estados Unidos ordenó suspender el experimento, pero entonces, de los 399 pacientes solo 74 aún sobrevivían. Habían muerto 128 por la sífilis o sus complicaciones; de las esposas, 40 se habían contagiada; y de los hijos, 19 adquirieron la sífilis congénita.
Esta perversa aplicación de la ciencia, con ocultamientos, negligencia y engaños, que llegó a ser calificado como "la más infame investigación biomédica de la historia de los Estados Unidos", no fue sin embargo, para los investigadores, motivo de cuestionamiento moral. Uno de ellos, el doctor John Heller, director del experimento por varios años afirmó: “La situación de los hombres no justifica el debate ético. Ellos eran sujetos, no pacientes; eran material clínico, no gente enferma”. El estudio debía concluir hasta que todos los paciente murieran para hacerlos objeto de reveladoras autopsias. 
La respuesta ética al experimento Tuskegee fue el informe Belmont. 
CASO WILLOWBROOK Y LOS SUJETOS VULNERABLES
La escuela estatal de Willowbrook, en Nueva York, que existió hasta los años 80 del siglo XX, fue una institución para niños con retraso mental, que a fuerza de escándalos adquirió notoriedad.  
Se vivían, entonces, años de grandes avances en el estudio de la hepatitis viral, y las ansias de nuevos descubrimientos perfectamente rebasaban en su rauda carrera las consideraciones éticas. 
Las deficientes condiciones de salubridad de la escuela fueron propicias para la alta incidencia de la enfermedad, y esta, a su vez, para experimentar un nuevo tratamiento. Fue así como bajo la dirección del doctor Saul Krugman (1911-1995), profesor de la  facultad de medicina de la Universidad de Nueva York, se llevaron a cabo entre 1955 y 1970 varios estudios sobre la enfermedad. Uno de ellos tuvo por finalidad probar la efectividad de una inmunoglobulina. El Departamento de Higiene Mental del Estado de Nueva York lo aprobó y la Sección de Epidemiología de las Fuerzas Armadas lo patrocinó. 
Convencido, Krugman, de que podría dar solución al problema sanitario de la escuela, obtuvo gammaglobulina de la sangre de pacientes con hepatitis. Tenía la firme creencia de que podría proteger de la enfermedad a quienes previamente la recibieran, y de que podría, además, inducir una inmunidad prolongada. 
Setecientos menores participaron en el experimento. Un grupo lo constituyeron los estudiantes antiguos, otro los recién llegados. Del primero, unos recibieron anticuerpos protectores, los demás no, luego actuaron como controles. Los recién llegados a la escuela fueron inyectados con los anticuerpos, y un subgrupo de ellos, inoculados con el virus a través de malteadas contaminadas con materia fecal de estudiantes enfermos de hepatitis. 
Los niños protegidos con la inmunoglobulina efectivamente tuvieron una forma atenuada de hepatitis A. Los investigadores descubrieron, además, que en la escuela había dos formas de hepatitis, la A y B -ya diferenciadas por F. O. MacCallum en 1947-, y que los virus causantes de cada una eran diferentes.  
Surgieron cuestionamientos al estudio, pero el éxito minimizó sus fallas. Los reparos éticos fueron atenuados. Emplear en un experimento retrasados mentales, a quienes reconocemos como vulnerables, desagradó. No se escogieron por discapacitados, explicaron: su selección tuvo que ver solamente con la alta incidencia de hepatitis de la escuela. Hubo consentimiento informado, lo padres conocían los riesgos, se dijo en la defensa. Lo hubo, sin lugar a dudas, pero  incomodó que no fuera voluntario, pues fue condición para conceder el cupo escolar al estudiante. Se argumentó  que riesgo suplementario no existía, porque con o sin inoculación experimental igual iban los nuevos alumnos a enfermarse. Claro que el riesgo de contraer la enfermedad era elevado, pero no tenía por qué llegar al 100%. Tenemos que admitir que no todos los que enfermaron por el experimento hubieran enfermado espontáneamente. La inmunización, a Dios gracias, funcionó. ¿Será eso todo lo que cuenta? 
Alcanzo a adivinar en el doctor Krugman buenas intenciones, lejos su proceder de la conducta malvada. Afortunada su suerte que coronó con éxito el estudio; que le hace a la humanidad deberle parte de su bienestar. 
La hoja de vida de Saul Krugman va más allá del caso Willowbrook.  Su demostración de que la hepatitis A o ‘infecciosa’ de transmisión fecal-oral y la B o ‘sérica’ trasmitida por sangre, secreciones y relaciones sexuales, eran causadas por dos virus inmunológicamente diferentes fue ampliamente reconocida. A ello se suma su descubrimiento de que el suero de portadores crónicos de la hepatitis tratado con calor podía inducir anticuerpos en personas sanas, hallazgo que condujo al desarrollo de la vacuna contra la hepatitis B. Una de las varias vacunas contra enfermedades virales que lo tuvieron a él como protagonista. Se explica así el premio Lasker de Medicina que le confirieron en 1983 y su ascenso, en 1972, a la presidencia de la Sociedad Americana de Pediatría. 
Sin embargo si otro hubiera sido el sino de sus experimentos, y graves daños hubieran sufrido por falta de celo los sujetos de sus investigaciones, otra sería su fama y otro el recuerdo de sus ensayos. 
EXPERIMENTOS CON PLUTONIO
Los atropellos en el marco de la experimentación científica no se contuvieron con la condena universal de las barbaridades nazis. Diré, más bien, que pasó la experimentación de la intención criminal a la osadía moral. Dejó de tener la aniquilación entre sus objetivos, pero siguió violando gravemente la dignidad del hombre. Siguió existiendo, por desgracia, una historia subterránea, que por vergonzosa no reposa en sus anales de la ciencia, sino en las páginas escandalosas de los diarios, que pusieron la vergüenza al descubierto.  Tan irrefutable como para que este mea culpa tenga cabida:
“Miles de experimentos patrocinados por el gobierno fueron llevados a cabo en hospitales, universidades y bases militares en todo nuestro país. Algunos fueron poco éticos, no solo por estándares de hoy, sino por las normas de la época en que se llevaron a cabo. Fallaron tanto los tejidos de nuestros valores nacionales como los tejidos de la humanidad. Los Estados Unidos de América ofrecen una disculpa sincera a nuestros ciudadanos que fueron sometidos a estos experimentos, a sus familias y a sus comunidades”.  
Era el 3 de octubre de 1995, y el presidente Clinton daba con estas palabras testimonio de que después de Mengele, y en un mundo libre y democrático, respetuoso, por ley, de los derechos humanos, aún seguían cometiéndose flagrantes violaciones en nombre de la ciencia. 
Fueron miles de experimentos secretos, unos cuatro mil,  los que hicieron ruborizar a la administración estadounidense. Comenzaron en 1944, se llevaron a cabo durante tres décadas y fueron patrocinados por el mismo gobierno. 
Su necesidad surgió con el proyecto Manhattan que desarrolló la bomba atómica. Resultó ineludible tras salpicaduras por material radioactivo y otros accidentes sufridos por los trabajadores del proyecto, conocer el comportamiento de la radiación en el cuerpo humano.
Durante varios días después de tragar accidentalmente plutonio, y  a pesar del lavado gástrico practicado, el aliento del químico Don Mastick  aún movía las agujas del contador de radioactividad, y se dice que varios años después su orina siguió siendo radioactiva. 
Preocupado con el accidente de Mastick, el médico encargado de la seguridad de los trabajadores en el laboratorio de Nuevo México, Louis Hempelmann, sugirió entonces -agosto de 1944- a Julius Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan, el desarrollo de un método para medir los niveles de plutonio en el organismo. Oppenheimer autorizó el estudio. Debía hacerse en animales y eventualmente en humanos. Así nació la experimentación que finalmente lamentó el presidente Clinton. 
Los experimentos concluyeron  en 1974, y hubieran pasado desapercibidos si la periodista  Eileen Welsome no los descubre accidentalmente 13 años después de terminados.
Fue un mismo proyecto con múltiples ensayos llevados a cabo en varios hospitales y universidades del país que tuvieron en común la administración de isótopos radioactivos a los sujetos de experimentación violando su autonomía. Tras ello se midieron los niveles de radioactividad en diferentes muestras y secreciones, en la orina, lo más habitual, pero también en fragmentos de tejidos, y en últimas, en restos exhumados.
La mejor documentada de las violaciones fue la que descubrió Welsome, de  18 enfermos supuestamente terminales que recibieron plutonio  sin su conocimiento, ni su consentimiento, con el fin de establecer  la velocidad de eliminación de plutonio del cuerpo.  El experimento se llevó a cabo de abril de 1945 a julio de 1947 en el Oak Ridge Hospital de Tennessee (1 paciente), la Universidad de Rochester (11 pacientes), la Universidad de Chicago (3 pacientes) y la Universidad de California (3 pacientes). 
La periodista Eileen Welsome contratada como cronista de barrio por el Albuquerque Tribune, un pequeño periódico vespertino, se encontró, con la chiva, y sin buscarla, en un estropeado archivo, en la base Kirtland de la Fuerza Aérea. Otra era la razón de su visita a esa base que había sido parte del proyecto Manhattan más de cuatro décadas atrás. 
La nota descubierta revelaba la inyección de plutonio a las 18 personas mencionadas. Welsome siguió la pista, entrevistó personas, hizo peticiones, estudió documentos y reconstruyó la escandalosa historia. Los claves CHI- 2, HP-9, CAL- 3, y muchas más, se convirtieron con su empeño en nombres de seres reales. El código CAL correspondía a pacientes de California, CHI a los de Chicago. 
CAL-3 fue el primer paciente identificado, era Elmer Allen, muerto en 1991, y la decimoctava víctima. Entró al proyecto el 18 de julio de 1947. 
La víctima más joven, codificada como CAL-2, fue un niño australiano, Simeon Shaw, de 5 años, trasladado de su patria a California para recibir un supuesto tratamiento filantrópico para un cáncer óseo. Realmente recibió una inyección experimental de plutonio y un año después murió en Australia. Ni sus médicos australianos fueron informados de la radiactividad que el menor llevaba dentro. 
Se escogieron pacientes terminales, pero ni siquiera esto fue suficientemente documentado, al punto que pacientes sin esta condición fueron incluidos en el estudio y vivieron varios años bajo los efectos de la radiación. 
El albañil negro Ebb Cade fue el primer conejillo en este experimento. Fue inyectado con plutonio el 10 de abril de 1945 en el Hospital Militar de Oak Ridge. No tuvo idea de qué se trataba ni para qué servía la inyección administrada. Quiso su doble mala suerte que un grave accidente automovilístico lo llevara a pedir asistencia donde no debía; y que por error se confundiera con los enfermos terminales buscados para el estudio. La condición de paciente terminal era la aconsejada por el proyecto, a fin evitar a los sujetos el largo sufrimiento que podrían implicar el cáncer y otros efectos de la radiación. Su sangre, sus secreciones, muestras de sus huesos y hasta más de una docena de dientes que le fueron extraídos fueron objeto del análisis. Cade murió ocho años después, aunque no por efectos de la radiación.
Wellsome descubrió la mayoría de las identidades, -le faltó la de CHI-3-, sus edades, la fecha de la inyección del plutonio… la fecha de muerte. Fue un trabajo exigente, demorado, realizado solo  en horas libres, con muchos intermedios, y que solamente recibió el impulso definitivo en 1991, cuando el periódico le permitió trabajar casi exclusivamente en el proyecto.  El epílogo fueron tres entregas que comenzaron a aparecer en el Albuquerque Tribune el 15 de noviembre de 1993, con revelaciones que retumbaron por todo el planeta. 
Tras la denuncia el presidente Clinton creó una comisión para investigar los hechos, y se descubrió que no habían sido 18 los sujetos vulnerados. Se contaban por miles, pues fueron muchos los estudios realizados. Algunos con rayos X, otros con uranio, otros con yodo radioactivo; unos con niños retardados, administrándoles leche radioactiva; otros con embarazadas, administrándoles, como a 829, en Tennesee, hierro emisor de radiaciones. Cáncer, malformaciones y muertes se contaron en el desenlace de la investigación.
El comité asesor del presidente  Clinton determinó una indemnización para los sobrevivientes o sus familiares. No la recibieron todos, pues la ausencia de registros que documentaran el abuso impidió beneficiarlos. El dinero, como es habitual en este mundo, sosegó las conciencias y las penas. 
En 1994, seis años después de su descubrimiento en la base Kirtland, Eileen Welsome recibió el Premio Pulitzer. Su serie en el Albuquerque Tribune: "The Plutonium Experiment" o “Historias que relatan las experiencias de civiles estadounidenses que fueron utilizados, sin saberlo, en experimentos del gobierno con plutonio hace casi 50 años", había sido laureada.
Pese al boom de la publicación, el Albuquerque Tribune un día de febrero del 2008 dejó se circular. Welsome, en cambio, siguió con su trabajo, y en 1999 publicó el libro “Los archivos de plutonio”, que puso al descubierto nuevos experimentos y más revelaciones.  
VIOLACIONES ÉTICAS, UN LISTADO INTERMINABLE
Los casos presentados son reducida muestra de todas las trasgresiones que reúne la literatura; por lógica, inferiores a las cometidas.  Fácilmente el espectro puede acrecentarse. 
Hubiera podido detenerme, también, en la inoculación de prisioneros, en Filipinas en 1906, con el vibrión colérico; o con plasmodium, en reclusos en 1942, para estudiar el paludismo; o en el estudio en mujeres embarazadas, en Vanderbilt, con hierro radioactivo, para conocer sus efectos en ellas y en los fetos; o en el de yodo radioactivo en gestantes, en Iowa, para adquirir detalles de su paso por la barrera placentaria al estudiar los fetos abortados; o en la administración de uranio radioactivo en Rochester (1946), por la simple curiosidad de conocer la dosis lesiva a los riñones; o en la inyección, en los años cincuenta, en Brooklyn y en Ohio, de células cancerosas a presos, ancianos y mujeres negras para estudiar la respuesta inmunológica; o en la Operación MKUltra, investigación secreta de la CIA, en plena guerra fría, para el lavado de cerebro y controlar la mente humana, con drogas alucinógenas, radiación, estimulación eléctrica y multitud de fármacos. 
Detenerme hubiera hecho el recuento interminable.
HITOS EN LA CONSOLIDACIÓN DE UN MARCO ÉTICO
Violaciones tan flagrantes hicieron reaccionar al mundo y tras el rechazo hubo una respuesta normativa que abarcó lo ético como lo jurídico. Hoy el ser humano no está desprotegido. El mundo está atiborrado de legislación y la ignorancia ya no puede invocarse en los abusos. 
La índole histórica de esta exposición me obliga a destacar tres documentos, los primeros y más conocidos, que han puesto marco ético a la investigación en seres humanos. Me referiré, por tanto, al Código de Núremberg, al Informe Belmont y a la Declaración de Helsinki. Los tres son documentos  eslabonados, con una misma inspiración, con un mismo propósito y en los que el consentimiento informado se alza como el más elemental y primordial de los principios.  
CÓDIGO DE NÚREMBERG (1947)
Este código fue  el primer documento de carácter universal que buscó proteger a los sujetos de investigación estableciendo las pautas para la experimentación en humanos. Fue inevitable consecuencia de las atrocidades develadas en los juicios de Núremberg. Su expedición, el 20 de agosto de 1947, fue la respuesta a unos criminales que en su defensa adujeron la inexistencia de una norma internacional que enmarcara la investigación científica en seres humanos, pretexto apenas de un razonamiento perverso que ha debido intuirlo.
Antecedió al Código de Núremberg el documento de los doctores Leo Alexander y Andrew Conway Ivy, “Permissible Medical Experiment” (“Experimento médico permisible”), decálogo que sentaba los principios éticos para la experimentación en humanos; y la propuesta de seis puntos que Leo Alexander  entregó al Consejo para los Crímenes de Guerra, seis meses atrás. Estos principios serían convertidos por los jueces de Núremberg en el famoso código, y llenarían el vacío de normas invocado como atenuante de las graves violaciones juzgadas. 
 El Código de Núremberg:
1.    Consagra el consentimiento voluntario fundado en el conocimiento y comprensión de los diferentes aspectos relacionados con la investigación.
2.    Determina que todo experimento debe ser necesario y benéfico para la sociedad.
3.    Establece que la experimentación  debe basarse en resultados previos que la justifiquen.
4.    Estipula que los ensayos deben evitar el sufrimiento físico y mental innecesario.
5.    Establece que no deben practicarse experimentos en los que se presuma que puede sobrevenir la muerte o incapacidad del sujeto de experimentación.
6.    Prescribe que el riesgo no debe superar el beneficio humanitario previsto.
7.    Determina que deben tomarse todas las precauciones posibles para proteger de daños a los sujetos de experimentación.
8.    Estipula que el experimento debe ser conducido por personas científicamente calificadas.
9.    Dispone que el sujeto debe gozar de libertad para abandonar la investigación en cualquiera de sus fases.
10. Y especifica que el investigador debe estar preparado para interrumpir el experimento si encuentra razones para pensar que puede causar la discapacidad o muerte del sujeto.

LA DECLARACIÓN DE HELSINKI (1964-2013)
La Declaración de Helsinki, se define sí misma como “una propuesta de principios éticos para investigación médica en seres humanos”.  Fue promulgada en 1964 por la XVIII Asamblea Médica Mundial de la Asociación Médica Mundial, en la ciudad de la que derivó su nombre.
Su inspiración fue el Código de Núremberg, cuya influencia rebasó con creces, al punto de haberse convertido en la guía más importante para la investigación médica y el sustento más tomada en cuenta en la legislación mundial. Sus siete revisiones la mantienen vigente. Actualizada en 1975 en Tokio, en1983 en Venecia, en1989 en Hong Kong, en 1996 en Somerset West (Sudáfrica), en el 2000 en Escocia, en el 2008 en Seúl, tuvo su última modificación en octubre del 2013 en Fortaleza (Brasil). 
Quedando claro que “el progreso de la medicina se basa en la investigación, que en último término debe incluir estudios en seres humanos”, la Declaración de Helsinki se adentra a través de sus 37 artículos en los aspectos esenciales de esta labor científica. 
Establece, así, el propósito de la investigación médica, el respeto y cuidado por las personas que participan en los estudios, la supremacía de los estándares ético sobre cualquier norma nacional o internacional que los disminuya, esclarece el perfil del investigador y del sujeto, y estipula la garantía de compensación y tratamiento en caso de daño. 
Contempla en sus apartados los riesgos, costos y beneficios de la investigación, estableciendo que aquellos deben ser siempre menores y reducidos al mínimo; se ocupa de la investigación en grupos y personas vulnerables, justificándola cuando son ellos la población objeto de los beneficios del ensayo; determina los requisitos científicos en los que se deben fundamentar los ensayos y la necesidad de un protocolo, cuyo contenido determina. 
Se ocupa, también, de los comités de ética de investigación, como instancias que deben aprobar y vigilar el desarrollo de las investigaciones y resolver los dilemas que se presenten en el curso del estudio, y define sus características. 
La Declaración de Helsinki consagra la privacidad y la confidencialidad, y la obligación ineludible del consentimiento informado, definiendo su contenido, sus requisitos y sus características. En sus apartados finales se refiere al placebo y las condiciones para su empleo, y a las obligaciones éticas relacionadas con el cuidado, disponibilidad, publicación y divulgación de los resultados. Su artículo final delimita el  uso de investigaciones no probadas en la práctica clínica.  
EL INFORME BELMONT (1979)
El documento ”Principios éticos y pautas para la protección de los seres humanos en la investigación”, más conocido como  Informe Belmont, aparecido en abril de 1979, fue la culminación del trabajo iniciado cinco años antes, tras las revelaciones del caso Tuskegee, por la Comisión Nacional –de Estados Unidos- para la Protección de los Sujetos Humanos ante la Investigación Biomédica y de Comportamiento, que abordó los peligros en la investigación en seres humanos en busca de los principios a tener en cuenta. 
Sus páginas, tras distinguir entre investigación y práctica, discurren por los principios primordiales para la protección de los seres objeto de investigación, y establece tres principios básicos bioéticos: autonomía, beneficencia y justicia.
Su aplicación propende porque la participación de los sujetos obedezca a la libre decisión fundada en la información veraz; porque las investigaciones busquen el máximo beneficio con el mínimo riesgo; porque se recurra a procedimientos razonables, analizando quien debe sufrir sus cargas y quien recibir los beneficios; porque las cargas y beneficios sean justamente distribuidos; porque no se explote en los experimentos a los sujetos vulnerables; y porque exista justicia e imparcialidad en la selección de los pacientes y se proscriba toda discriminación.
Aspecto fundamental del Informe es la correcta ponderación del riesgo y el beneficio en la justificación de la investigación; y el consentimiento informado, como expresión del principio de autonomía, al cual fija sus características y requisitos.
EPÍLOGO
El progreso científico tiene un fundamento noble. En él centra esperanzado el hombre el alivio de sus dolencias y su felicidad. Pero la consecución de ese justificable bienestar no puede ser ensombrecida por la ilicitud moral de los métodos empleados. La investigación científica debe ser humana en la buena acepción de la palabra (lo humano también es lo imperfecto). El ideal de la ciencia es noble, los únicos culpables de sus desvaríos son sus actores.
Volver los ojos a una historia aciaga como la que estas líneas contiene no es un quehacer superfluo. La historia tiende a repetirse. Conocer los hechos nos vacuna. Tanto más se conoce, más puede prevenirse. 
El análisis de los hechos de este complejo mundo de la ciencia nos introduce en reflexiones cada vez más exigentes y exigencias cada vez mayores en procura de que no exista en la experimentación la más mínima mancha. Esa vista escrutadora sobre los aspectos éticos, hace pensar que el exceso de celo y moralismo puede entorpecer el progreso de la ciencia. Sin embargo la escrupulosidad de la experimentación entraña la apertura a la mirada escudriñadora, que a la vez que crea obstáculos redunda en garantías.  
En aras del conocimiento un ser humano no puede ser expuesto a riesgos sustanciales, no puede ser sometido a tratos crueles, ni puede experimentarse sin su conocimiento; tampoco se puede sacrificar a unos miembros de la especie en beneficio de ella. Son principios inherentes a la experimentación humana. Su aplicación es mucho más compleja. 
¿Hasta qué punto –por ejemplo- la voluntad del sujeto hace permisible un ensayo que lo somete a riesgos? ¿Cuál es entonces el peligro tolerable? La experimentación indudablemente con las normas se restringe. A la vez que gana en seguridad sus metas se limitan. ¿Qué pasa si deslumbrado por el éxito de la experimentación sesga el investigador el inventario de los riesgos y los beneficios? Ha de haber en estas circunstancias un ente que asesore; ha de haber un árbitro que profiera un fallo salomónico. Hoy esa misión a la bioética le ha sido encomendada.  
La bioética, que ya no es extraña a nuestro mundo, es la respuesta a los posibles desafueros de la ciencia y de la tecnología. Ella encamina el poder y el saber del hombre en su propio beneficio, alejándolo de su propia destrucción; y entraña la interrelación armónica entre el progreso científico y los valores éticos. 
Corresponde a los hombres de bien, defensores de la bioética, investigadores o simples ciudadanos, velar porque no se transgreda en la experimentación lo moralmente permitido. Los seres vulnerables, aquellos que por sus condiciones de inferioridad no siempre defienden sus derechos, deben ser particularmente protegidos. En la larga historia de abusos en la investigación presos, niños, ancianos, enfermos mentales y terminales, minorías raciales, población segregada, embriones, han sido blanco primordial de transgresiones. Y aunque no haga parte de este escrito, debo mencionar, para reprobarlos, los tratos crueles a los que el mundo animal es sometido en aras de acrecentar el conocimiento humano. 
El progreso no debe alcanzarse sin el rigor de la ciencia y sin la humanidad de la ética. Ciencia y principios deben ir de la mano, en trabajo mancomunado por el bien del individuo, por el de la especie… por el bien de la vida.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD
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