miércoles, 12 de agosto de 2015

ENTRE LA PLUMA Y EL ESCALPELO - UN GINECÓLOGO EMBEBIDO EN LAS LETRAS*



Médicos escritores han sido más que los que imaginamos. Probablemente la mayoría han pasado desapercibidos. Ni el paciente supo de las ocupaciones literarias, ni el lector de las actividades médicas. Acaso porque sobresalieron tanto sus letras que para su gloria solo se tuvo noticia de la actividad literaria, o porque el ejercicio médico fue tan notorio que el producto de su pluma pasó prácticamente inadvertido. También, no pocas veces, la literatura ha resultado una actividad solitaria y casi clandestina.

Del largo listado de médicos escritores solo aludiré a unos pocos, cuya mención podrá sorprender, dando validez a mis afirmaciones. Médicos escritores fueron el francés François Rabelais (1494 -1553), el ruso Antón Chéjov (1860-1904), el escocés Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930), los españoles Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Pío Baroja (1872-1956), Gregorio Marañón (1887 -1960) y Pedro Laín Entralgo (1908-2001). Y entre nosotros César Uribe Piedrahita (1897-1951), Alfonso Bonilla Naar (1916-1978), Fernando Serpa Flórez (1928-2001), Manuel Zapata Olivella (1920-2004), y es Juan Mendoza Vega, actual presidente de la Academia Nacional de Medicina.

Mi vocación de la niñez a nuestros días
La vena literaria de mi padre me deslumbró siempre, y desde mi niñez quise emularla. Los centros literarios que se llevaban a cabo en el colegio el último día de la semana fueron mi tribuna. A veces me seducía la melodía de los versos, otras veces inflamaba mi pluma la imperiosidad de una crítica. Cincuenta años después descubro que sigo siendo el mismo, el arrobado con la literatura, con un blog bautizado Prosa y Poesía, y el exaltado con los sucesos diarios, que no puede dejar de opinar, con el blog titulado Reflexión y Crítica. Entre tanto, la atracción que ejerció la medicina desde mis años escolares me ha conducido por la ginecología, por la laparoscopia, por la colposcopia, y como actividad  médico filosófica por la bioética.

El médico bioeticista Pedro Sarmiento escribía en el prólogo de mi novela Seguiré viviendo que yo era médico por accidente, señalando la literatura como mi verdadera vocación. Debo decir al respecto que me siento por igual escritor que médico. Y que prevalece mi actividad médica solamente porque de ella derivo mi sustento. Con la literatura probablemente no habría sobrevivido. No soy mercantilista y no me imagino cobrando a mis lectores, no cuando siento que me honran cuando leen mis libros.

Extraña fascinación la mía. Escribo por necesidad, por la imperiosa necesidad de dejar un testimonio bien escrito  de mi relación intelectual o afectiva con el mundo.  Sin la constancia de mi pluma consideraría una invención, una mentira, mi paso por la tierra. Narcisista, quizá, disfruto leerme, pero poco pretencioso no demando lectores. De todas maneras siempre encuentro un receptor que se sintoniza con mi pensamiento.

La medicina no despertó, pero si estimuló mi pluma. Mi afición por las letras antecedió mi gusto por la medicina y me ha acompañado siempre. En Cartas a una amante, su protagonista –mi alter ego- lo proclama: “Mi oficio es escribir. No me concibo sin papel ni pluma, sin pensamientos, sin sentimientos, ni opiniones. La injusticia me inflama y únicamente escribiendo mi exaltación  se calma, el amor me conmueve hasta transformar las palabras en delicados mimos, la tristeza me arrebata el aliento, pero no le quita energía a mis palabras”.

Me agrada escribir lo que siento que puede degustar la razón o el sentimiento.  Lo dulce o tierno que embriaga el corazón, o lo reflexivo o polémico que inflama el entendimiento o enciende el debate. Hay en el fondo de todo un ejercicio filosófico, al punto que más que la trama, en mis novelas importan los asuntos filosóficos. Alguna vez alguien que hacía un análisis de Seguiré viviendo me contestó ante mi explicación de que no era una novela de acción, que sí lo era: “es de acción mental”, afirmó rotundo.    

Los motivos del médico escritor
Cada ser es un mundo ancho y profundo. Difícil pensar que los motivos que me animan a escribir sean los mismos que otros médicos han tenido, ni siquiera podría decir que la visión profesional que compartimos tenga una influencia similar en nuestras incursiones literarias. En mi caso, la práctica de la medicina me ha abierto las ventanas a un mundo que anhelo mostrar a mis lectores. Una novela sobre un moribundo, ya publicada, y dos en plena producción, representan en mi haber la conjunción entre la medicina y la literatura. Un libro sobre la historia de las enfermedades infecciosas y un ensayo sobre la deshumanización de la salud constituyen otras expresiones de mi temeridad con la pluma.

Esa pluma me ha servido para criticar, para ensalzar, para especular, para proponer, para imaginar, para desafiar, para bromear, para soñar. De pronto para hacer justicia por mi cuenta, como lo expresa por mí el protagonista de Seguiré viviendo: “para someter al que somete, condenar al que se niega a perdonar, herir al que hiere, torturar al que tortura, esclavizar al que esclaviza, para brindar satisfacción a los hombres maltratados; y casi nunca para satisfacer agravios personales”.

Motivos de inspiración
Me inspiran a inscribir el amor, las frustraciones, la tristeza, la injusticia, el indescriptible paraíso del amor correspondido como la ausencia insondable del desamor, la noche ansiada y soñadora, o la llena de sombras y agonía. La libertad, la muerte, la mujer, la infidelidad, la bondad y la perversidad del hombre. Mi pluma se anima con la ciencia y con la historia, y se expresa en multitud de géneros, más que por aptitud, por necesidad del pensamiento. De ahí que ronde la epístola, como el artículo científico, el texto crítico como el poema, el ensayo como la novela o el cuento.

Son temas reiterados en mis textos el instinto, la infidelidad, los celos, los amantes, el comportamiento sexual, el matrimonio, los hijos, la infancia, la mujer, la naturaleza humana, la ternura, el odio, la irresponsabilidad, el bien y el pecado, la injusticia, la autoridad, la delincuencia, el trabajo, la productividad desenfrenada, la deshumanización, la sociedad, el capital, las ideologías políticas, el puritanismo, los fundamentalismos, la muerte y la espiritualidad.

Los estados de ánimo modulan mi razón y la inclinación de mis escritos. Voy de la resignación al envalentonamiento, del dolor a la dicha, de la templanza a la pasión, del acatamiento a la rebeldía, de la indulgencia al castigo. Vaivenes propios de la naturaleza humana que propician la comunión o generan la ruptura entre quien lee y quien escribe.

Relación entre el autor y el personaje
El protagonista puede resultar un buen recurso para que el escritor exprese lo que piensa, para que lo atenúe o lo resalte, lo vuelva interesante y lo sumerja en una trama exquisita. No disfruto, sin embargo, que el personaje enmascare el pensamiento del autor. Me confieso protagonista de mis obras. En lo intelectual el protagonista y el autor se identifican. No pocas veces, debo confesar, he sentido celos de que el protagonista termine adueñándose de mis ideas y el lector le atribuya al personaje y no al autor la paternidad del pensamiento. En nadie como en mí el autor habla a través de sus personajes.

Mi cosecha literaria
Epistolario periodístico y otros escritos es resultado primordialmente de la crítica directa, explícita, incluso beligerante, al mundo que me tocó vivir. Como médico inevitablemente dedico algunas cartas al juicio de nuestro sistema de salud. Otras veces la opinión la formulo a través de un personaje, es lo que ocurre en mis novelas (Cartas a una amante, Seguiré viviendo y dos en elaboración).

En mis poemarios (Del amor de la razón y los sentidos, Poemas de amor y ausencia, Intermezzo poético y Este no es mi mundo) el estímulo para escribir proviene del amor en todas sus expresiones (del pasional al filial y al patrio), de la nostalgia, la muerte, de la naturaleza, las angustias existenciales, la maldad y la sandez humana. 

La atracción por la historia también espolea mi pluma. Así nació Del oscurantismo al conocimiento de las enfermedades infecciosas, sobre las conquistas en el conocimiento de las infecciones.

Cartas a una amante es una novela epistolar que teje una historia de amor a través de cartas y con el propósito de presentar mis reflexiones sobre la vida de pareja.

En Seguiré viviendo, a través de un moribundo que  enfrenta su final con ánimo hedonista, especulo sobre la muerte y reflexiono sobre la sociedad y el mundo.

Que en un médico escritor no sirva la pluma para expresar sus preocupaciones y sus angustias y lo que su ojo crítico percibe en el ejercicio de su profesión sería inconcebible. Epistolario periodístico ya albergaba algunos pensamientos, pero como obra totalmente dedicada a la profesión surgió La deshumanización en la salud, consideraciones de un protagonista, ensayo en el que tras treinta años de ejercicio profesional me deslumbro con el progreso de la ciencia y me desencanto con la pérdida de la humanidad.

La influencia del médico en el escritor y del escritor en el médico 
El buen médico es profundo conocedor del ser humano, conoce sus desdichas físicas y afectivas, sus sentimientos y debilidades, sus fortalezas y flaquezas morales, y llega hasta a ver con indulgencia sus descarríos, interpretándolos como consecuencia de la enfermedad, más que como resultado de su perversión. A mí, además, la gineco-obstetricia me abrió un nuevo frente de reflexión: la alegría de perpetuar la vida, y la ternura reflejada en la dicha de la madre y en el milagro del hijo.

El médico conoce las tribulaciones de la pobreza, y sin importar la clase social de la que provengan sus pacientes, de todos conoce el dolor, la angustia y la desdicha. Esto, aunado a todas sus vivencias, hace que no falten motivos para inspirar al médico que tenga la vocación de escribir. De otra parte considero que el  médico inmerso en el arte y la literatura, el médico humanista, tiene más motivos que exalten su sensibilidad y más satisfacciones con el ejercicio de su profesión, aunque, también, más motivos para que lo atormente la angustia que produce la búsqueda de la perfección. 

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.

1. Escrito para la tertulia “Tienes la palabra”, para un foro sobre las motivaciones del médico escritor.  

miércoles, 1 de julio de 2015

LA PAZ DE LA HABANA, UN CONCEPTO DEGRADADO

Debe haber honor entre enemigos que pactan la paz. Pero las Farc carecen de dignidad y de nobleza. Los cimientos de la concordia van resultando débiles y perecederos, y la razón solo percibe una guerrilla embaucadora y perversa, un gobierno suplicante y burlado, y un pueblo ilusionado y candoroso. Solo unos cuantos colombianos albergamos el temor de una paz fraudulenta. Nos llaman los “enemigos de la paz” porque no nos deslumbramos con las noticias que llegan de La Habana.
Los “amigos”, en cambio, vuelan oleoductos, contaminan el ambiente, dejan poblaciones enteras sin energía y sin agua, queman vehículos, dinamitan carreteras en demostración auténtica de “voluntad de paz”. El Presidente, por no dejar, los llama cínicos, pero no es capaz de conminarlos. Se le ve la premura de ceder al desescalamiento de las acciones de las Fuerzas Militares por el que las Farc presionan intensificando sus acciones terroristas. Volverá el país a doblegarse ante el temor a los violentos y una nueva lección demostrará que todo se puede por la fuerza, que la autoridad se puede desafiar sin consecuencias y que a más agresividad menor el riesgo. Que solo el delincuente apocado está perdido.
La paz se ha convertido en la palabra mágica que adormece la razón del pueblo. Dejó de ser una noción al ser transformada en puro sentimiento. Nombrarla restituye la tranquilidad perdida y hace de Colombia un paraíso. ¡Cuánto candor! Efectivamente esa sí es la paz, pero no es la que nos ofrecen los diálogos de Cuba.
La paz es más que la firma de un documento, debe ser un compromiso que asegure permanentemente la tranquilidad perdida, que garantice la concordia duradera, que se erija en el deber moral de no hacer daño. Implica ante todo un empeño benévolo y un sentimiento honesto. ¿Es esto lo que deducimos del accionar de la guerrilla?
Qué poco intuyen los peligros los defensores del proceso. Los jefes de las Farc obtendrán los beneficios que han buscado, pero el país no conseguirá el sosiego. Conseguirán curules en el parlamento, el perdón y evadirán la cárcel, y normas que les aseguren la manipulación del pueblo para que florezca su proyecto comunista: el Socialismo del Siglo XXI con el que Chávez arrasó con Venezuela. 
Claro que con la firma de la paz desaparecerán las Farc como grupo y como guerrilla armada. ¡Entelequia apenas! ¿Acaso olvidan los colombianos que también las autodefensas como grupo desaparecieron y que inclusive fueron extraditadas a Estados Unidos sus cabezas? Ya no son tales, porque hasta la ideología anticomunista abandonaron. Pero hoy son multitud de bandas criminales responsables de la inseguridad en campos y ciudades. De igual manera tras la firma del acuerdo con las Farc los miles de bandidos que las integran quedarán acéfalos y asolará al país una nueva generación de pandillas ducha en la comisión de los delitos más atroces.
Para que la paz se diera tendría que obtenerse un compromiso honesto y sincero de cada guerrillero. Tarea imposible, más que por su considerable número, por su corazón torcido, sin sombra de dolor por sus acciones, sin la contrición que induce el perdón del ofendido.
¿Compatriotas ingenuos, dónde veis el remordimiento que desarme de maldad a la guerrilla? ¿No veis a los comandantes de las Farc refutando sus faltas y justificando o negando sus acciones? Si no hay noción de falta no hay remordimiento. ¿Y si no hay remordimiento para qué el perdón? En tales circunstancias la indulgencia es vana. No se necesitaban más de dos años de diálogos si la idea era perdonar por perdonar. Bien hubiéremos podido ir perdonando cada acto terrorista a medida que lo perpetraban, y dándoles con cada perdón la bendición para el nuevo atentado o para el siguiente asesinato.
Entendamos que hoy la paz es un concepto degradado, huérfano de las virtudes en que debía asentar,  desfigurado, oscuro, alejado  de los réditos con que el Presidente pretende convencernos. Se firmará por la terquedad presidencial y el empecinamiento cándido de una mayoría poco analítica. Pero paz no habrá porque la delincuencia y la violencia seguirán campantes y políticamente se abrirá el camino para que la peor de todas las izquierdas se instale en el poder como hizo el chavismo en Venezuela. 

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.

miércoles, 27 de mayo de 2015

LA MATERNIDAD, MÁS QUE UN DOLOR DE PARTO


Haber asistido por casi siete lustros al milagro de la gestación y el nacimiento consolidó mi fe. El prodigio de la vida demanda la intervención divina. El azar no explica el mundo que yace bajo el microscopio, el que a simple vista perciben los sentidos, ni el descomunal que delata el telescopio.

La vida se da sin mayor intervención del hombre. Sabemos los obstetras que la vida comienza en un descuido, que son más los esfuerzos de la humanidad por impedir la gestación que por consentir el natural florecimiento de la vida. La creación está llamada a perpetuarse a pesar de la intención humana.

Como científico con alma de poeta y como poeta en la ciencia sumergido encuentro una  contradicción interior, que es tanto como la oposición entre el corazón y el raciocinio. La ciencia es objetiva y estricta, la poesía subjetiva y lisonjera. Como poeta ensalzaría a todas las madres y a todos los padres de la tierra, pero la razón me dice que es una ligereza. Por la vida alabo a Dios. ¡Es su proeza! Al humano escasamente le aplaudo que no siegue la vida: en una sociedad que desprecia los embriones y los fetos tenemos que aplaudirlo.

Sin criatura la maternidad no existe. Sin el hermoso y tierno don del crío carece el humano del aliento que impulse su aventura paternal. Cada alabanza a los progenitores debe ser un reconocimiento al fruto que los hizo padres. Y todo buen padre sabe que la misión comienza pero no termina; que carece de límites porque el bienestar del hijo demanda un mundo sin fronteras; un universo de amor y sacrificios; de angustias sin ambición de recompensa.

Celebremos, desde luego, la maternidad; pero no aquella que se acredita con un dolor de parto, sino la que el afecto, los desvelos, el ejemplo y la crianza certifica. Que se avergüencen quienes se graduaron en el alumbramiento, que se envanezcan quienes con las sienes plateadas siguen cumpliendo la tarea.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.

martes, 20 de enero de 2015

LOS RACIOCINIOS LIGEROS

Un desfile en traje de baño de niñas menores de 12 años, durante el desarrollo de  Miss Tanguita en Barbosa, Santander, escandalizó a Colombia. 
Después de tantos años de convivir con el reinado algún malicioso desveló un abuso, casi que una trata de menores consentida por los padres. Una humanidad con poco seso le hizo el coro y el suceso se volvió noticia. Y la sociedad, que es maliciosa, comenzó a dudar de que los padres sean los naturales protectores de sus hijos. Investigaciones penales anunció la Fiscalía y pérdida de la patria potestad el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en auténtico circo de la satanización de autoridades que no controlan los verdaderos males. 
Pero en un país que lo trasgrede todo, que no se moviliza contra los crímenes más escalofriantes, la causa resulta nada coherente y poco convincente. 
El concurso será superfluo, banal –y la banalidad es el sello de la época- pero no llego a imaginar que pervertido. 
Casos como estos parten de ese pensar mal, cada vez más arraigado, propio de nuestra idiosincrasia. Del producto de la propia malicia que en los demás detectan quienes la proyectan. Porque suele ser la malicia un mal interior que más que en los demás anida en quienes la perciben. Producto han de ser, también, de un actuar impulsivo y sin análisis. 
Es propio de los niños imitar a los adultos: Aún guardo la foto de mis seis años con disfraz de médico. Y veo la de otros infantes con muñeco en brazos simulando ser padres de un bebé de caucho. Hasta de policías y ladrones han jugado por siglos los pequeños sin que indefectiblemente se vuelvan delincuentes. El juego, esta vez, era ser modelo. Es la lúdica infantil que la picardía del adulto desdibuja. 
De todo puede ocurrir en torno a Miss Tanguita si, como dicen, hay en juego oscuras pretensiones de acusadores y culpados. Yo creo en la ingenuidad de los padres que llevaron a sus hijas al concurso. Pensar que ellos prostituyen a sus hijas es un descomunal dislate. 
La respuesta no es doblegarse ante los fundamentalistas que también en esta patria están brotando, puritanos que hace tiempo perdieron su pureza. Es prudente una reflexión sin fanatismo. Creo, por ejemplo, que la mano del adulto en el concurso vuelve serio lo que debería ser juego. Si es de niñas, que sean ellas, bajo la supervisión de sus padres, las que lo organicen. Nada como la espontánea organización por las pequeñas para hacer del reinado algo realmente infantil y trasparente, alejándolo de ajenos intereses.  
La reacción es toda una inocentada, propia para el 28 de diciembre, pero ocurrió en enero. Una tormenta en un vaso de agua que refleja la superficialidad del pensamiento. 
Superficialidad que es cotidiana entre las multitudes y de la que no se salvan las personalidades. Un buen ejemplo, de moda en estos días, es la identificación exorbitante con la víctima: es ser la víctima. 
“Je suis Charlie Hebdo”, grita la multitud contra el abominable atentado al semanario parisino1. Yo me uno al rechazo contra esos engendros del mal que en su imbecilidad creen que Dios acepta el crimen como demostración de fe, pero no so soy Charlie, porque mi pensamiento –además alejado de la izquierda- no es el suyo; porque un ser humano puede ser parecido a otro, pero nunca idéntico. Yo soy yo, Charlie es Charlie. Y sigo siendo con el semanario igual de solidario. Más que ser Charlie: ¡Estamos con Charlie! 
Y otra ligereza mental de un mundo con ligerezas a granel corre por cuenta de una acción buena de nuestra policía; y no por liviandad suya, sino de quienes la juzgaron. 
Para una ciudad, como Bogotá, con las vías destrozadas por la desidia de su administración, todo arreglo debería recibirse con agrado. Sin embargo, una imagen de unos policías arreglando la tronera de una calle no fue unánimemente festejada. Desdeñando el beneficio patente de la acción, no faltó quien en vez de agradecerla se quejara, y tildara de indigna la acción cívica de los policías. Acaso más encomiable le parezca verlos a la caza indolente de inexistentes infracciones para llenar con comparendos las arcas de la Secretaria de la Movilidad. 
A diario y en todas partes brotan los ejemplos de los errores de expresión y de interpretación. Todos cometemos ligerezas producto de la impulsividad, el dogmatismo, el sesgo ideológico, el desconocimiento o la ingenuidad, que un poco de reflexión podría remediar haciéndonos atinados. Y podría reducir las controversias y las contiendas al llevar mediante el uso de la razón a similares conclusiones. La convivencia sería más amena. Entonces sí tendría sentido considerar al ser humano una criatura inteligente. 

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD. 

1 El 7 de enero del 2015 dos fundamentalistas musulmanes ingresaron a la sede del semanario armados con fusiles y asesinaron a varios de los periodistas en venganza por las caricaturas satíricas publicadas contra Mahoma y el islam. 

jueves, 18 de diciembre de 2014

LA MATERNIDAD, MÁS QUE UN INSTINTO

La vida, que se da silvestre y que tan fácil brota, en su continuo florecer encierra la deslumbrante esencia del milagro. Las miles de gestaciones que he cuidado, los miles de nacimientos que he observado en tantos años de ejercer la medicina, no han podido aminorar mi asombro ante el prodigio de la vida. ¡La maternidad es un milagro!
No es mejor el hombre, porque subutiliza o desprecia los dones que le dieron, pero biológicamente es prueba fehaciente de una creación casi perfecta. De dos primordios diminutos en evolución admirable surge la réplica de un hombre en miniatura, una obra colosal que cabe en nuestras manos, el niño que tierno nos doblega. Y que en transformación constante, de criatura frágil se convierte en recia y vigorosa. ¿Cómo no rendirse ante la semilla que en el vientre de la mujer germina?  ¿Cómo no, ante la mujer que luego edificará la obra?
Porque la criatura que embriaga y enciende pasiones, y es también el refugio de las almas en trance de encarnarse, se encumbra con el instinto maternal tras el paso del hijo por su vientre. 
No es moralmente madre la mujer -ni padre el hombre- por trasmitir la vida. Engendrar es una proeza de Dios, no, una hazaña de los hombres. ¿Cuántas veces no es producto de un acto irreflexivo?
El instinto maternal, en cambio, a pesar de innato, parece por  su benignidad un fruto del espíritu. No busca, en lo biológico, la supervivencia egoísta del individuo sino la conservación generosa de la especie. Y trascendiendo lo natural e instintivo se ennoblece con el amor, la ternura, la dedicación y el cuidado hasta adquirir el carácter de una misión sublime. No es la vida el acto de amor, es la crianza, la formación, cuando a ella se aplican todas las virtudes. Por ello, “madre” es un título excelso que no se debería otorgar a toda mujer por el solo hecho de reproducirse.
Madre es la mujer que se desvive por el tesoro de su vientre. Madre es la mujer que pincela el porvenir del hijo con tintes de esperanza y baja del cielo el sol que lo ilumina. Madre es la mujer que depara felicidad a su criatura e imprime virtud en el libro inédito de su existencia. Madre es la mujer que pone en boca del hijo el alimento que debería saciarla. Madre es quien por cuidarle el sueño se desvela. Madre, es, en fin, quien hasta en el sacrificio por el hijo encuentra recompensa.
LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.

martes, 18 de noviembre de 2014

EL EMBELECO DE LA PAZ DE SANTOS

Gran contrariedad ha debido sentir el presidente Santos al anunciar la suspensión del diálogo de La Habana con los subversivos. Sabemos que no es ese su talante. Apenas 24 horas atrás su intención era ampliar la lista de los delitos conexos con los políticos para satisfacer a una guerrilla cínica, ávido de beneficios y sin vocación de paz. El secuestro del general Rubén Darío Alzate por el frente 34 de las Farc torció sus planes, y su magnanimidad con los bandidos impuso un alto indeseado, por ende transitorio. Si liberan al general y a sus dos acompañantes se reanudarán los diálogos, ha hecho saber el presidente.
Suspender la negociación con una organización criminal diezmada es una necesaria manifestación de autoridad. Es demostrar que se tienen las riendas, que se tiene el poder y que se ejerce, que la tolerancia tiene límite y que quien va en pos de beneficios puede perderlos todos. Eso demanda una postura enhiesta, determinación y temple. Mensaje contundente que pueda doblegar al adversario. No es el del presidente Santos, que parece actuar sin convicción, solo por la fuerza de las circunstancias.
Si obrara su determinación, hace tiempos hubiera suspendido el diálogo. Nada justifica la barbarie en medio de una negociación para alcanzar la paz. Lo hubiera suspendido cuatro días atrás, cuando el 13 de noviembre secuestraron las Farc a dos soldados en Arauca; o el  5 de noviembre, cuando dos indígenas nasa fueron asesinados; el 26 de septiembre cuando once vehículos, incluida una ambulancia fueron incinerados; mejor aún, el 16 de septiembre cuando en una emboscada en Montelíbano fueron asesinados siete uniformados. ¿Por qué no el 21 de agosto cuando las Farc mataron a tres policías en la vía Panamericana? ¿O tras el ataque a civiles en Miranda, que cobró la vida de una niña de dos años? Hubiera sido tras el asesinato, en julio, de la hija de tres años de un patrullero en Arauca. Quizás, tras el derrumbamiento de torres eléctricas y la voladura del oleoducto Bicentenario que los antecedieron. Y solo he mencionado algunos hechos criminales de las Farc en los últimos cuatro meses.
Forzoso hubiera sido mucho antes, el 20 de julio del 2013, por ejemplo, cuando en plena fiesta patria esa guerrilla dio muerte en Arauca a 15 militares, o el 24 de agosto de ese año, cuando en el mismo departamento las Farc asesinaron a 14 soldados.
Si el diálogo solo se rompe por el efecto del peso de soles y galones, qué poco vale para el Presidente el sufrimiento de la tropa, qué poco la desolación de los civiles. 
Hemos perdido el norte: en aras de la paz ni se razona. Ante la mención de  la paz la gente se doblega. Estamos dispuestos a claudicar ante el agresor para agradarlo, para que tenga piedad y no nos crucifique. Ni siquiera nos acordamos de que las Farc estaban perdiendo la batalla. Ni digna, ni lógica, ni efectiva resulta esta conducta. Sin descifrar y desarmar las intenciones oscuras del interlocutor, el país va camino de su rendición y no del suceso victorioso que avizora.
Perdonar a quien se arrepiente tiene sentido, moralmente es un deber. Sobre la base del arrepentimiento sí se puede construir la paz. Es desmontar el conflicto por el derecho, desarmándolo desde sus raíces. El arrepentimiento a pesar de llevar consigo la comisión de una falta, tiene algo, acaso mucho, de filantropía.  Si es auténtico, reconoce el daño causado y lo deplora. Su autor se apena y se aflige. No pide, ofrece, quiere resarcir, convence de su buena intención, da certeza de que no repetirá la falta. Termina por ganarse el perdón. ¿Pero qué de todo esto hemos percibido tras dos años de conversaciones en La Habana? Solo observo unos bandidos en pos de privilegios, consentidos por el Gobierno, que siguen exigiendo y sembrando el terror; unos cínicos sin asomo alguno de remordimiento. ¿A esos el país rebajará todas sus faltas, premiará con curules y saciará la totalidad de sus demandas? ¡Qué insensatez! ¡Qué riesgo! ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Qué despilfarro de energía!
Seamos claros: las Farc no representan a nadie, Colombia las detesta. ¿Qué sentido tiene entonces discutir con ellas modelos sociales, paradigmas políticos, estructura del Estado? ¿Más cuando se hace bajo la coacción del terrorismo y de las armas? Para debatir los problemas del país los subversivos son insignificantes, no dejan de ser unos pocos miles de facinerosos con tesis obsoletas, fracasadas, bajo las que subyacen sus verdaderos intereses: negocios ilícitos como el del narcotráfico. Cuando los colombianos queramos cambios los conseguiremos en las urnas.  
Cuanto se les rebaje a las Farc o con cuántos años de cárcel se las penalice resultaría secundario si hubiera arrepentimiento sincero y fehaciente. No habría tampoco desconfianza en los acuerdos que el Gobierno presenta como inofensivos. Todos hablaríamos de paz con la misma certidumbre.
No hay enemigos de la paz sino de la falacia. Colombianos no dispuestos a un perdón inaceptable. Los crímenes han sido demasiado graves para que sin asomo de arrepentimiento se perdonen. Salvo el perdón generoso -ingenuo pienso- de quienes realmente han sido víctimas, la indulgencia proviene de quienes nada han padecido. ¡Qué fácil es invitar a perdonar las faltas que contra otros con se cometen!
El mundo entero nos conmina a apoyar los diálogos, cual si fuera por culpa de los colombianos ofendidos y no de los tozudos guerrilleros, que siguen ofendiendo, que la paz no se consigue. Rotundamente me niego a su pedido.
La negociación con un rival sin vocación de paz no es digna de confianza. El arrepentimiento es la condición primordial en que el perdón se funda, y el arrepentimiento se demuestra con hechos de paz y no de guerra. No hay condiciones para la firma de la paz. Si se hace es un engaño. Y tras del engaño los miembros de las Farc seguirán delinquiendo bajo otra denominación, como ocurrió con los paramilitares.
Si los diálogos se acaban no será realmente mucho lo perdido.

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO MD.